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| Vegetación en la ventana. |
Nos alejamos de Colombo en un tren casi
puntual que había llegado repleto a la estación de Fort. Hubo que hacer un
ejercicio de rápida estrategia para lograr asiento y no pasar las casi tres
horas de viaje hasta Galle de pie y agarrado para que el traqueteo no te haga perder el
equilibrio. Llueve y el calor se aguanta aunque se cierren las ventanas, ahora
los ventiladores hacen correctamente su trabajo. De vez en cuando una mujer
esquiva viajeros en el pasillo yendo de un lado a otro cantando y pidiendo
dinero, lo hace con las manos marcadas por la lepra y la vida por el dolor. A
la izquierda de nuestro sentido vemos calles y casas, a la derecha las
construcciones se alternan con el océano y la vegetación. Cuando la lluvia afloja se suben las
ventanas.
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| Mirando al mar desde el tren. |
Mi sitio da al pasillo y miro a la
contra del sentido de la marcha, frente a mi un señor somnoliento y de 60 años
sostiene una bolsa de plástico desgastada por el tiempo, en su tez oscura
clarea la plata de las canas, en su muñeca izquierda un reloj morado y azul le
da un toque estrambótico; una camisa, el dhoti y unas chanclas son su
indumentaria. Pegado a nosotros un matrimonio ocupa los sitios de la ventana,
ella con cara seria habla con su esposo, han comido algo en el tren y después
él ha aprovechado para tomarse un cargamento de pastillas. En el otro lado una
niña clava sus ojos en el
mar. Vuelve a llover y el ciclo ventana
abajo-ventana arriba vuelve a empezar.
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| No hay asientos para todos. |
Un grupo de jóvenes se sientan cerca, tendrán unos dieciséis años,
por edad podrían ser mis alumnos en cualquier instituto. Hay dos parejas que se
turnan, una se sienta mientras la otra se va al espacio que hay entre vagón y
vagón para pegarse el lote, en un catálogo de recomendaciones para viajeros
leímos que las señales de afecto en público son mal vistas en la zona, pero los
trenes siempre han tenido una estrecha relación con la libertad. La pareja que
descansa en el banquillo aprovecha para sacar chucherías y enseñarse dibujos,
le echo el ojo a uno en el que aparece un karateka. Miro al chico, presumible
autor, con señal de aprobación y una sonrisa que me devuelve con cierto rubor.
Es difícil quitarse el uniforme de profesor.
La única que no
forma parte de las parejas tal vez sea un año mayor, está algo gordita y lleva
una enorme caja de cartón que bien pudiera contener una tarta de cumpleaños,
teoría mucho más viable que la posibilidad de que fuese una pamela como las que
se usan en Ascot.
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| Más verde. |
Las paradas se van
sucediendo y el vagón va perdiendo, poco a poco, viajeros. No hay asientos
vacíos pero los pasillos ya no están atestados; eso sí, han subido algunos
turistas que como nosotros buscan llegar a Galle por el menor precio (el billete apenas nos costó un euro). Los jóvenes se bajan y les sustituyen dos mujeres con un quinteto de niños, dos de los varones llegan corriendo para estar junto a la ventana, las niñas son más tranquilas y formales, una parece llevarlo de serie, es la más mayor y a veces hace la tarea de tranquilizar a los otros. La más pequeña nos mira, los blanquitos somos una atracción; la miro y juego a hacer tonterías para obligarla a reír. Lo logro por partida doble porque la madre también se percata de la gracia. Falta poco para el destino y para evitar las prisas, bajamos las maletas y nos preparamos.
Final de trayecto, Galle nos espera.
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