La revolución industrial del siglo XIX y sus consecuencias han convertido al ser humano en dioses de sí mismos. Hoy somos reflejo, ciertamente algo lejano, de aquellos que fueron capaces de moverse cientos y cientos de kilómetros sin necesidad de energía animal y que empezaron a conectar mundos, en muchos casos con el propósito malintencionado de hacer notar en los otros la superioridad tecnológica propia. La arquitectura de entonces nos deja templos dedicados a esas nuevas deidades y en Bombay los ingleses construyeron la verdadera catedral de los ferrocarriles a la que llamaron Estación Victoria. Como es lógico no se trataba de poner un altar al caballo de hierro, era algo así como un "aquí estoy yo" o un "mira qué grande soy, indio". Por eso no es de extrañar que, como ha pasado en otros casos, los indios ya independizados hayan cambiado el nombre al edificio y ahora se denomine Chhatrapati Shivaji Terminus. Sin embargo, sigue siendo el más grande de estilo neogótico victoriano no religioso del mundo en el que gárgolas, arcos, vidrieras, torreones, rejas... te transportan por los raíles de la imaginación al mundo de Harry Potter, eso sí con toques muy indios como la representación de las castas en algunas de sus esculturas. La Universidad de Bombay, la Corte Suprema de Justicia, la Escuela de Arte y arquitectura o los colleges de Dadabhai Naoroji Road son pistas muy reales de la grandeza urbanística que los ingleses quisieron dar a la ciudad.
| Mirada India con estación de fondo. |
Hoy es domingo y algunas actividades están a medio gas, una de ellas es el comercio. Muchas tiendas de los bazares callejeros estaban cerradas y los puestos del mercado Crawford tenían menos afluencia de lo habitual, por eso los vendedores se cebaban con nosotros que éramos los únicos turistas del lugar. Ha sido el único sitio de Bombay, junto con la Puerta de la India, en el que me he sentido perseguido hasta el cansinismo, sin embargo la ciudad nos ha tratado bien, como si fuéramos elementos necesarios de un cosmopolitismo orientalizante.
La visita al mercado de pescado, poco activo porque llegamos más tarde de las 11, nos dejó un olor más que profundo y muchas ganas de hacernos vegetarianos temporales. Pero el lugar más curioso de la jornada ha sido la mayor lavandería humana del mundo: Dhobi Ghat.
Los Dhobi pertenecen a una subcasta de los intocables y su tarea principal es la de lavar ropa, para ello todos los días se juntan en un lavadero, alquilan su correspondiente piedra y dejan las cosas como los chorros del oro usando sosa cáustica, luego tienden sin usar pinzas porque agarran la ropa a las trenzas de la cuerda. Hoy apenas había puestos activos, pero la imagen de la ropa tendida (sábanas posiblemente de hospitales y todo tipo de prendas) y la atmósfera del lugar nos dejó la sensación de estar en un rincón regido por otro reloj. Y si no deja de ser medieval la división de castas, legal pero existente, más lo es cuando solo lavan hombres.
| Puesta de sol junto a la bahía. |
Por las tardes, y más si es domingo, muchos bombaitíes se van a Marine Drive, algo así como un paseo marítimo al que se asoman para ver la puesta de sol y pasear en familia o se hacen fotos con la ciudad de fondo. La calle rodea la Back Bay y se llena de coches, muchos de ellos camino a la playa... y allí que fuimos. A pesar de la toxicidad del agua de la que advierten las guías turísticas decenas de chicos y alguna chica se refrescan con la ropa puesta. Otros se sientan en la arena o bien se acercan a los chiringuitos a cenar sentados en taburetes, en bancos corridos o descalzos en unas esterillas a modo de nuestras terrazas... y allí que cenamos siendo la atracción, no es fácil encontrar a europeos haciendo esos "sacrificios". Un placer compartirlo.
Mañana dejamos la ciudad y hemos encontrado su encanto (y bien que lo tiene), sigue sin ser el paraíso de la canción, pero no deja de engancharte porque no deja de sorprenderte. Como siempre que llega el adiós a las grandes ciudades, hoy puedo decir eso de "soy (un poquito) bombaití".
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