Eran casi las siete de la tarde y hasta entonces habíamos aprovechado perfectamente el día recorriendo Old Goa, la ciudad donde se concentran los edificios católicos más importantes de toda la India, un grupo de iglesias que conforman un exquisito y curioso lote patrimonio de la humanidad. La antigua capital de esta región cuando era portuguesa ya no es lo que fue, de hecho desde mitad del siglo XIX perdió la condición capitalina a manos de Panaji, un siglo antes el cólera y la malaria fueron despoblando un lugar que hasta entonces tenía más habitantes que Lisboa e incluso que Londres. La Basílica del Bom Jesus, la Sé o Catedral (edificio católico más grande de Asia), iglesias como las de San Cayetano y San Francisco de Asís, conforman un conjunto que hace que el lugar reciba el pretencioso nombre de "la Roma del Este". Desde el templo Nuestra Señora de la Montaña se puede contemplar la exuberancia vegetal mezclada con la religiosa, esta última sale perdiendo ante el despliegue tropical de la naturaleza.
También habíamos visto una plantación de especias donde nos explicaron cómo eran los árboles y plantas que dan origen al clavo, canela, vainilla, café o cardamomo. Una interesante turistada muy bien organizada que incluía la comida, intensos olores y muchos sudores. Entramos en templos hindúes en los que se veneraban a deidades regionales y sin presencia en otros lugares. Parecían recién hechos, con un color blanco como el de las tartas de boda, y es que lo eran porque eran reconstrucciones de otros más antiguos, algo que se explica por la obsesión portuguesa de borrar la competencia al catolicismo. Y eso en la India es complicado.
Pero casi eran las siete. Faltaban ocho minutos para ser exactos. Estábamos paseando por el barrio de Fontinhas que es donde nos hospedamos y que junto al de Altinho conforma el conjunto más original de Panaji. Las casas, algunas extraordinariamente pintadas, tienen puesto el apellido de sus dueños, apellidos portugueses que dan al lugar un toque muy cercano para nosotros, vecinos de una Portugal que siempre suele tratar bien al que a ella se acerca. Un señor hacía ejercicios con un violín mientras buscábamos una escalera para ir a la zona alta. Pasamos delante de un callejón que nos atrapó porque de él salía una voz potente y melódica que regalaba un fado al viento y a nuestros oídos. Sin saber si era una realidad o un cd nos adentramos hasta encontrar una puerta semiabierta junto a la que unos azulejos indicaban que los de allí se apellidaban Meneses. Una mujer morena salió a nuestro encuentro y nos explicó "estáis escuchando a una cantante de Fado, la mejor de la India", valdría con haber dicho que era la mejor de Goa o podría haber dicho que era la mejor de Asia (Macao?). "Pasado mañana canta en Margao y está ensayando, podéis pasar", y pasamos. Un par de sillas y un banquito en el vestíbulo de entrada fueron nuestras butacas, detrás de una cortina se abría un cuarto de estar, de frente estaba la fadista rodeada de tres guitarras (una de ellas portuguesa), una muchacha retiró la cortina para que viésemos mejor porque oír mejor era casi imposible. Estábamos ante una de esas sorpresas inesperadas con las que un viaje te soborna para que nunca te olvides de él. Sonia Sirshat nos cantó parte de su repertorio durante 40 minutos, tristeza y melancolía en un callejón de Goa que bien pudiera haber sido un rincón de Lisboa.
| Sonia Sirshat en pleno ensayo, el público al otro lado de la cortina. |
No hay comentarios:
Publicar un comentario