domingo, 6 de agosto de 2017

Bombay, muchas indias.

Bombay, ciudad fantasma.
A Bombay (oficialmente Mumbai) le recubre una sobrecogedora nube que la convierte en un fantasma si te alejas por el mar, esa sensación he tenido hoy cuando el barco que nos ha llevado a la Isla Elefanta empezó a surcar las aguas. La bruma, el calor y la pésima calidad del aire nos regaló la imagen de un sky line indefinido y borroso, es como si olvidáramos de un plumazo la civilización y quisiéramos cambiar de mundo buscando un escenario diametralmente opuesto a las calles llenas de actividad urbana.
Bombay, ya de mañana, se nos había mostrado sorprendente, siempre con la mezcla como protagonista. Colleges tan británicos como los  británicos, iglesias católicas tan católicas como las ibéricas, pobreza tan pobre como la de los últimos de la última casta y riqueza como la de la élite más asquerosamente insoportable. Entre la historia y la economía se han encargado de pulir una sociedad perversamente compleja en la que puedes pasar en un abrir y cerrar de ojos de un slum al hotel Taj Mahal, un emblema de la ciudad, repleto de mármol y platas, con tiendas de lujo ofensivo y ceremoniosidad en el trato a la clientela. Allí se hospeda una India que, como buena imitadora de lo occidental o foráneo ultradesarrollado, se pone el antifaz para no ver a la hermana que pasa penurias.
En un edificio universitario los muchachos hacían cola para echar su matrícula, los vimos varias veces porque recorrimos varios bancos en busca de cambio. Los muchachos (y muchachas) miraban los papeles con ilusión, en las oficinas bancarias se amontona personal sin más función que la de mirar o estar por ahí. Otras dos indias, la que se ilusiona y la que no quiere cambiar.
Conseguimos cambio en una oficina de viajes en la que pedir la vez consistía en que un señor con una escopeta te mandara sentarte y luego te ordenara acudir a uno de los mostradores, entre turno y turno toqueteaba su móvil como todo hijo de vecino obviando la presencia del arma que sostenía más por inercia que por otra cosa. El pésimo cambio y las dichosas comisiones solo se entienden como necesidad de repartir beneficios con escopeteros y demás fauna.

Mono inspector de basuras.

A la Isla Elefanta se tarda una hora en llegar, recibe el nombre por las esculturas de elefantes que descubrieron al llegar a ella los portugueses, ahora hay muy pocos habitantes, parece que una comunidad de pescadores y algunos comerciantes dedicados al turismo viven en ella. Si Bombay tiene solo un 3% de zonas verdes, la isla por momentos se hace salvaje y ofrece una vegetación  espectacular (más contrastes); sin embargo, son sus templos cueva con relieves de unos 1000 años de antigüedad los que suponen el mayor atractivo del lugar, destacando la escultura de Trimurti-Sadashiva, una imagen que representa a las tres deidades principales del hinduismo. Hermoso lugar que tiene precio: 30 rupias para los indios y 500 para los foráneos. También pudimos ver un par de cañones, ya sin uso, situados estratégicamente para la defensa costera y decenas de monos muy avispados para quitar cualquier cosa a los descuidados turistas y si no consiguen su botín ya rebuscan en la basura botellas o cualquier otro premio.
Después del barco de vuelta tocó comer o cenar (?) y lo hicimos en un restaurante local. Sí, aquí todo (o casi todo) pica, os lo aseguro, pero mereció la pena: el arroz con verduras diversas, las salsas (todas en sus justa medida) y, especialmente, las pakoras saben a gloria.


Mañana toca seguir en esta India que son muchas indias.

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