Tres días y cuatro noches son poco tiempo para conocer un lugar como Kerala, pero sí sirven para dar unas pinceladas de un estado que, como quedó dicho anteriormente, ofrece cierta diversidad con respecto a otros territorios de India. Ya hablé de la cuestión política y del peso que tiene el comunismo en la región: en Kerala llegó y está en el gobierno, siendo el primer estado en el que caía derrotado el archipoderoso Partido del Congreso. La estructura religiosa también ofrece peculiaridades a pesar de la superioridad del hinduismo que sigue el 55% del total de los aproximadamente 35 millones de habitantes de Kerala, los musulmanes representan el 26% y los cristianos el 18%. En este estado nos encontramos con los datos más altos de alfabetización del país con más del 92% y con una economía que empieza a volcarse hacia el turismo gracias a playas como las de Varkala o Kovalam, a los paseos por los backwaters o al boom de las modas ayurvédicas. Sin embargo, la industria sigue siendo débil y el comercio se centra en la red de establecimientos y puestos minoristas que aparecen en cualquier rincón de las calles.
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| Un grupo de niñas va a la escuela. Con un 92% Kerala tiene la mayor tasa de alfabetización de India. |
La primera gran ciudad que visitamos fue Cochin (o Kochi), un lugar que es como un gran rompecabezas compuesto por islas y barrios costeros, los más interesantes coronan una punta de tierra en la que se dan la mano las aguas del Mar Arábigo y las del Lago Vembanad que es el verdadero corazón acuático de toda Kerala. Tres son los puntos más visitables de la ciudad: Ernakulam, Fort Cochin y Mattancherry. El primero es el más moderno y en él se encuentran la mayoría de los hoteles, el segundo y tercero son los más antiguos y en ellos hay varias iglesias como la de St. Francis donde reposaron los restos de Vasco de Gama hasta su traslado definitivo a Lisboa, un cementerio holandés o un extraordinario barrio judío con la Sinagoga Pardesi cuyos primeros restos datan del siglo XVI. Hoy solo quedan cinco ciudadanos judíos en el lugar que se dedican al cuidado del edificio y al comercio. En Fort Cochin también podemos asistir a dos espectáculos repletos de tradición. Por un lado visualizamos una forma de pescar que data del 1400, se trata de los conocidos como "Chinese fishing nets": un entramado de mástiles de madera sirven para sumergir grandes redes en el agua, en apenas unos segundos las redes vuelven a salir a la superficie gracias al contrapeso realizado por piedras y varios pescadores, el resultado suele ser pobre en cada batida (dos o tres peces), pero pez a pez se logra dar empaque a los cercanos puestos de venta. La otra tradición es asistir a una representación de teatro Kathakali en el que el maquillaje y el sorprendente uso de los gestos faciales son los verdaderos protagonistas.
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| Pescando. Poco a poco. |
Tras Cochin nos acercamos a Alleppey con el propósito de realizar una ruta en barco por las famosas zonas pantanosas de Kerala, los conocidos backwaters. Era el 15 de agosto, día de la independencia en India, y las banderas del país aparecían por todos los rincones y vehículos, además hoteles, estaciones, comercios y los diferentes organismos izaban la enseña a primera hora de la mañana para conmemorar la festividad. Por la noche veríamos la cara más reivindicativa en las concentraciones y mítines de partidos de izquierda, nos colamos en algún acto en donde no entendíamos ni papa pero era evidente el descontento con la evolución social, política y económica del país, el discurso (para mi muy coherente) de la mirada crítica frente al boato de la mera celebración.
Pero la vida del turista, por mucho que busque experiencias sociales, está protagonizada por las turistadas como el ansiado paseo acuático. Una maravilla de plácido recorrido con miradas hacia tierra firme en la que la gente lavaba sus ropas y enseres en las aguas del lago, cruzándonos con enormes barcos-casa tradicionales, hoteles que surcan los canales naturales, verdaderas venas de Kerala. Colegios junto al mar con barcazas que son transporte escolar, canoas que se deslizan dejando el rastro de los colores de las telas que visten sus ocupantes, vegetación incontestable, niños que juegan al balón a escasos metros del abismo, tranquilidad de una puesta de sol invisible por el gris y ajetreo de los ocupantes de otros barcos cuando el agua se convierte en autopista.
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| Deslizándose por las aguas. Mirando a cámara. |
Después nos fuimos a la capital, una ciudad fea y de impronunciable nombre: Thiruvananthapuram, también conocida (supongo que para facilitar las cosas) como Trivandrum. Lugar de negocios y asuntos administrativos; con un templo con pinta estupenda, el Shri Padmanabhaswamy, pero al que solo pueden entrar los hindúes. Nos conformamos con ver a lo lejos su majestuosa torre e intuir relieves parecidos a los de Madurai. Fue muy cerca de ahí, en otro templo llamado Ganapathy, donde presencié una de las escenas más horribles del viaje. Un mendigo tirado en el suelo, enfermo y confuso, junto a él un grupo de señores seguidores del templo con una tela en forma de faldón como única vestimenta le increpaban por estar ahí, por mendigar (diría morir) junto a aquel edificio. Uno de esos escrupulosos hombres de fe sacó una vara de madera y le propinó varios golpes al pobre indefenso. No sé cómo acabaría aquello, el miedo a los varazos y a entrometerse en las tradiciones de los descerebrados fue mayor que el instinto de protección hacia el débil. Lo siento. Cuando se habla de la "espiritualidad" en India se dibuja un país que yo jamás conocí.
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