| Mercado de frutas y verduras en Pettah (Colombo). |
Y cambiamos de país. Dimos un aéreo y rápido salto desde la capital de Kerala hasta la ciudad más importante de Sri Lanka. Colombo no es la capital de la antigua Ceilán, pero sí su epicentro económico y tiene unos 800.000 habitantes, siete veces más que el centro político del país que es Sri Jayawardenapura Kotte. Fue subirse a la furgoneta, taxi ilegal como rápidamente nos daríamos cuenta, que nos trasladó del aeropuerto al hotel y entender que estábamos en un país con una diferente forma de vivir la relación entre coches y el resto del universo. En Colombo, y por extensión en Sri Lanka, existen semáforos y se les hace caso, los pasos de cebra son pasos de cebra de verdad, se ven menos motos con tres o más ocupantes y los que las usan entienden que el casco es una medida necesaria de protección. Era imposible no comparar con el gran vecino del norte.
Desde el aeródromo al centro de la ciudad hay algo menos de una hora si vas por una autopista de peaje, conforme te vas acercando toma cuerpo la silueta con un pequeño ramillete de edificios de relevante altura y su torre de comunicaciones, aún sin finalizar, que recibe el nombre de Lotus Tower. El lago Beira atempera un paisaje de bloques anodinos y sin mucho sentido estético, salvo algún edificio oficial con influencia colonial. Portugueses, holandeses e ingleses han controlado el territorio esrilanqués, no es de extrañar por tanto huellas arquitectónicas, lingüísticas o de otro tipo de esa presencia.
La zona sur del puerto es la más activa, en ella se encuentran los barrios de Fort, que es el verdadero centro económico-administrativo, y de Pettah donde el comercio es el rey con decenas de puestos y tiendas de ropa, calzado, juguetes, telas,... También está el llamado Museo Holandés, una antigua casa colonial que desde 1982 se abrió como museo para explicar la influencia neerlandesa en el lugar. Desgraciadamente lo están reformando y no lo pudimos visitar. Sin embargo, el bullicio de esas calles repletas de gente que porteaban mercancías, de compradores en busca de lo necesario e innecesario, con ausencia de turistas, nos dejó la sensación de ciudad muy viva. El paseo por Pettah lo acabamos en su mercado de frutas y verduras, una verdadera explosión de color y olor, con los productos, algunos desconocidos para nosotros, perfectamente ordenados y sensación de amabilidad más que de atosigamiento por parte de los tenderos.
Por la tarde, la lluvia nos recordó dónde estábamos y nos pilló de lleno. Daban igual paraguas y chubasqueros, en esas circunstancias es mejor pasarse al enemigo y mojarse sin ninguna prudencia. Tras una buena comida y el regreso de la calma meteorológica nos fuimos a ver la playa.
| Cometas y bandera: playa de Colombo. |
| Paseo playero con sari. |
El mar hace a la gente feliz y Colombo no iba a ser menos. La vida en la especie de paseo marítimo o directamente en la arena se llena de placidez y sonrisas, jovialidad hasta en la gente mayor que disfruta de la brisa como antídoto del calor y la humedad que reinan cuando el sol aprieta. Los niños jugaban a no ser atrapados por los restos de la espuma del último golpe de la ola, los mayores ejercían el control sin presumir de él dentro del agua, sabedores posiblemente de las corrientes traicioneras que se esconden en los límites del Arábigo y el Índico, unos y otros surcaban los vientos con decenas de cometas. Nada de ropa corta de mujer, un concepto que se mueve entre la indecencia y el delito, pero nadie se escandaliza de ver el torso desnudo de un hombre. La tradición y el puritanismo se ceban con las mujeres. En los puestos de comida, algunos casi restaurantes a pie de playa, trabajan verdaderos meteorólogos que conocen perfectamente el ritmo de las lluvias, miran al cielo y deciden en pocos segundos si hay que coger o no los plásticos para tapar el género, las mesas o los mostradores, saben que por estas fechas casi siempre se trata de unos minutos, el chaparrón y el descanso. No fallaron y tras verles preparar el tinglado para no sufrir la tormenta, empezó de nuevo a caer agua como si no hubiera un mañana. Algunos buscaron los edificios del otro lado de la calle, otros los coches, nosotros tuvimos la suerte de encontrar un hueco bajo un improvisado toldo de madera y plástico en el que las gotas hacían un ruido amenazante, pero solo era eso, ruido, nada más que ruido. Volvieron unos tímidos rayos de sol y Colombo nos regaló un arco iris maravilloso. Se hizo de noche y nos acostamos con la sensación de que aquella parada que parecía innecesaria porque las guías turísticas y los foros de internet dicen que la ciudad no tiene nada, no había sido inútil.
| El arco iris se deja ver en Colombo. |
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