lunes, 4 de septiembre de 2017

Paseando por Galle

Murallas, océano, cielo,...
Galle juega a ser una perla con forma de istmo amurallado. Ya en el siglo VI era un importante puerto, después portugueses (siglo XVI) y holandeses (siglos XVII y XVIII) la transformaron en una fortaleza casi inexpugnable con una doble muralla que envuelve a un conjunto urbano catalogado como Patrimonio Mundial. Los ingleses acabaron quedándose con el enclave y con toda la isla, desde 1802 hasta 1948 formó parte del imperio de la Pérfida Albión.
En la parte norte del cogollo histórico se extiende la ciudad nueva, un espacio que nada tiene que ver con la península fortificada, un estadio de críquet se convierte en frontera entre las dos zonas, podríamos decir que en este caso el norte vive del sur, porque el turismo se ha convertido en la ocupación principal de la ciudad. Desde hace varias décadas, Galle era parada de muchos hippies que hacían de su vida un viaje constante, hoy el dinero extranjero hace de la ciudad un catálogo de casas extraordinarias, verdaderos ejemplos de portada de revista de decoración, en las que se combina la estética de la tradición con muebles de maderas nobles, espacios diáfanos y con altísimos techos que se presentan al paseante con las ventanas abiertas, tal vez con la intención de estallar el termómetro de la envidia. El espectáculo en la noche de Galle consiste en pasear por sus calles poco iluminadas y parar junto a las viviendas que se abren a los ojos, solo a los ojos, del viandante. Ese Galle que está muy lejos del Galle del norte, e infinitamente alejado de la mayoría del país, es un espacio absolutamente artificial y en el que por el día te indica dónde estás solo con entrar a sus tiendas de artesanía o de ropa y mirar los precios del género expuesto. Galle es una burbuja que tiene una hermosa capa envolvente en forma de muralla construida inicialmente por los lusos y después por los holandeses, la fortaleza está en un estado impecable y tiene unos tres kilómetros de longitud que se recorren a pie disfrutando de la tranquilidad y del Índico que se hace infinito cada vez que alzas la vista. El paseo está salpicado de paradas en los diferentes bastiones, algunos con maravillosos nombres como Sol, Luna, Aurora, Tritón o Neptuno, y en algunos edificios adosados a la muralla como el antiguo hospital o el Museo Marítimo. En el entramado de calles surgen, además de las ya referidas casas, un par de iglesias con sabor holandés y hoteles para gente de bolsillos profundos.
Las rocas frenan al Índico, calma en la playa. Mientras, unos novios se someten a una sesión fotográfica.
Mientras paseábamos sin rumbo nos encontramos con diversas sesiones fotográficas de futuros esposos, algunas aprovechando los cuidados rincones de sus calles, otras la energía de las aguas chocando contra las rocas... y es que por un momento Galle pareció un decorado. Lástima que, a veces, no sea más que eso.

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