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| Vistas desde el Museo del Té en Kandy. |
Kandy no es el nombre de una niña, no tiene nada que ver con esos famosos dibujos animados que marcaron a parte de mis compañeras de generación. La Kandy de la que os hablo no tiene pelo rubio con tirabuzones, sin embargo posee un diente archifamoso que es una de las principales reliquias del budismo.
Kandy es una ciudad que se encuentra en el interior de Sri Lanka, muchos la definen como la capital cultural del país y uno de los lugares más importantes para los seguidores de Siddharta Gautama. Todo ello porque tiene un enorme espacio religioso en el que se encuentran varios templos, entre ellos en el que parece que se guarda el famoso incisivo. Eso dicen, porque verse lo que es verse nada de nada, incluso si realmente está el pobre andará mareado de tantas vueltas que ha dado: que si lo encontraron en la pira funeraria, que si lo llevaron para acá, que si lo quitaron, que si lo volvieron a traer, que si los portugueses en su afán por imponer el catolicismo lo quisieron machacar, que si se evitó, que si ahora está en un cofre en el templo o que si no es verdad porque lo que hay es uno falso y el verdadero lo tienen a buen recaudo para evitar sustracciones, aunque tratándose de un diente, habría que decir mejor extracciones. Vamos, que si unos tienen la sangre de San Pantaleón o el brazo incorrupto de Santa Teresa, dando valor religioso al hematólogo y al traumatólogo, aquí le dan a la odontología sagrada.
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| Exterior del santuario principal del Dalada Maligawa. |
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| Uno de los espacios del templo del diente de Buda. |
El Dalada Maligawa, que así se llama el complejo, está repleto de gente que lleva ofrendas florales para honrar al piño de Buda. En las horas punta se camina apretujado, emulando los peores transbordos en los peores momentos del metro de Madrid. No solo se trata del diente, también hay espacios dedicados a Natha, Visnú o Pathini, e incluso a un elefante sagrado que murió hace unos años y que tienen embalsamado. Espacios abiertos se mezclan con los cerrados, en los primeros hay que tener cuidado con los monos que no entienden aquello del "no robarás" ni estando en un templo de tanta alcurnia dental, por tanto hay que estar ojo avizor a sus movimientos y a no dejar las flores aparcadas porque los pequeños simios te las levantan como el famoso
vaquilla hacía con el 14-30. Dicho esto, no puedo decir que el espacio me encandilara (enKandylar, siendo original en los juegos de palabras) por su belleza, pero sí por el valor sociológico de la visita, por estar observando un momento de religiosidad tan intenso como equiparable a los besos a un trozo de mármol en la Basílica del Pilar o al toquecito que desgasta el pie de San Pedro en el Vaticano. Tampoco puedo decir que no haya rincones sorprendentes: tejados y columnas de madera que contrastan con otros espacios más anodinos, la cubierta dorada del santuario donde está el diente o algunas de las piezas de madera y orfebrería que forman parte del museo principal.
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| Esquema con las distintas variedades de té. |
A unos tres kilómetros de Kandy, tras hacer una importante subida, llegamos al Museo del Té que, como suponéis, es el principal producto que exporta la antigua Ceilán, y lo hace desde hace más de un siglo y medio cuando los ingleses reconvirtieron el lugar en la mayor plantación del mundo, aprovechando las alturas del interior de la isla y el valor emprendedor, que diríamos hoy, de James Taylor y Thomas Lipton (el segundo os suena fijo... pues ese, el de las bolsitas de té). La antigua fábrica del primero se ha convertido en un ameno espacio en el que se suceden los distintos útiles que sirven para analizar el proceso que va desde la recolección de la planta hasta el consumidor de tan famosa infusión. Zonas de secado, máquinas para cribar, armarios para guardar las distintas variedades,... todo ello explicado en un correcto inglés. El recorrido culmina en la planta superior con unas extraordinarias vistas y con un presente muy predecible: una tetera repleta de té local que nos deja listos para la siguiente aventura.
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