miércoles, 30 de agosto de 2017

Un viaje en tren (Colombo-Galle).

Vegetación en la ventana.

Nos alejamos de Colombo en un tren casi puntual que había llegado repleto a la estación de Fort. Hubo que hacer un ejercicio de rápida estrategia para lograr asiento y no pasar las casi tres horas de viaje hasta Galle de pie y agarrado para que el traqueteo no te haga perder el equilibrio. Llueve y el calor se aguanta aunque se cierren las ventanas, ahora los ventiladores hacen correctamente su trabajo. De vez en cuando una mujer esquiva viajeros en el pasillo yendo de un lado a otro cantando y pidiendo dinero, lo hace con las manos marcadas por la lepra y la vida por el dolor. A la izquierda de nuestro sentido vemos calles y casas, a la derecha las construcciones se alternan con el océano y la vegetación. Cuando la lluvia afloja se suben las ventanas.

Mirando al mar desde el tren.
Mi sitio da al pasillo y miro a la contra del sentido de la marcha, frente a mi un señor somnoliento y de 60 años sostiene una bolsa de plástico desgastada por el tiempo, en su tez oscura clarea la plata de las canas, en su muñeca izquierda un reloj morado y azul le da un toque estrambótico; una camisa, el dhoti y unas chanclas son su indumentaria. Pegado a nosotros un matrimonio ocupa los sitios de la ventana, ella con cara seria habla con su esposo, han comido algo en el tren y después él ha aprovechado para tomarse un cargamento de pastillas. En el otro lado una niña clava sus ojos en el mar. Vuelve a llover y el ciclo ventana abajo-ventana arriba vuelve a empezar.

No hay asientos para todos.
Un grupo de jóvenes se sientan cerca, tendrán unos dieciséis años, por edad podrían ser mis alumnos en cualquier instituto. Hay dos parejas que se turnan, una se sienta mientras la otra se va al espacio que hay entre vagón y vagón para pegarse el lote, en un catálogo de recomendaciones para viajeros leímos que las señales de afecto en público son mal vistas en la zona, pero los trenes siempre han tenido una estrecha relación con la libertad. La pareja que descansa en el banquillo aprovecha para sacar chucherías y enseñarse dibujos, le echo el ojo a uno en el que aparece un karateka. Miro al chico, presumible autor, con señal de aprobación y una sonrisa que me devuelve con cierto rubor. Es difícil quitarse el uniforme de profesor.
La única que no forma parte de las parejas tal vez sea un año mayor, está algo gordita y lleva una enorme caja de cartón que bien pudiera contener una tarta de cumpleaños, teoría mucho más viable que la posibilidad de que fuese una pamela como las que se usan en Ascot. 

Más verde.
Las paradas se van sucediendo y el vagón va perdiendo, poco a poco, viajeros. No hay asientos vacíos pero los pasillos ya no están atestados; eso sí, han subido algunos turistas que como nosotros buscan llegar a Galle por el menor precio (el billete apenas nos costó un euro). Los jóvenes se bajan y les sustituyen dos mujeres con un quinteto de niños, dos de los varones llegan corriendo para estar junto a la ventana, las niñas son más tranquilas y formales, una parece llevarlo de serie, es la más mayor y a veces hace la tarea de tranquilizar a los otros. La más pequeña nos mira, los blanquitos somos una atracción; la miro y juego a hacer tonterías para obligarla a reír. Lo logro por partida doble porque la madre también se percata de la gracia. Falta poco para el destino y para evitar las prisas, bajamos las maletas y nos preparamos.
Final de trayecto, Galle nos espera.

martes, 29 de agosto de 2017

Colombo, donde los coches te dejan pasar.

Mercado de frutas y verduras en Pettah (Colombo).

Y cambiamos de país. Dimos un aéreo y rápido salto desde la capital de Kerala hasta la ciudad más importante de Sri Lanka. Colombo no es la capital de la antigua Ceilán, pero sí su epicentro económico y tiene unos 800.000 habitantes, siete veces más que el centro político del país que es Sri Jayawardenapura Kotte. Fue subirse a la furgoneta, taxi ilegal como rápidamente nos daríamos cuenta, que nos trasladó del aeropuerto al hotel y entender que estábamos en un país con una diferente forma de vivir la relación entre coches y el resto del universo. En Colombo, y por extensión en Sri Lanka, existen semáforos y se les hace caso, los pasos de cebra son pasos de cebra de verdad, se ven menos motos con tres o más ocupantes y los que las usan entienden que el casco es una medida necesaria de protección. Era imposible no comparar con el gran vecino del norte.
Desde el aeródromo al centro de la ciudad hay algo menos de una hora si vas por una autopista de peaje, conforme te vas acercando toma cuerpo la silueta con un pequeño ramillete de edificios de relevante altura y su torre de comunicaciones, aún sin finalizar, que recibe el nombre de Lotus Tower. El lago Beira atempera un paisaje de bloques anodinos y sin mucho sentido estético, salvo algún edificio oficial con influencia colonial. Portugueses, holandeses e ingleses han controlado el territorio esrilanqués, no es de extrañar por tanto huellas arquitectónicas, lingüísticas o de otro tipo de esa presencia.
La zona sur del puerto es la más activa, en ella se encuentran los barrios de Fort, que es el verdadero centro económico-administrativo, y de Pettah donde el comercio es el rey con decenas de puestos y tiendas de ropa, calzado, juguetes, telas,... También está el llamado Museo Holandés, una antigua casa colonial que desde 1982 se abrió como museo para explicar la influencia neerlandesa en el lugar. Desgraciadamente lo están reformando y no lo pudimos visitar. Sin embargo, el bullicio de esas calles repletas de gente que porteaban mercancías, de compradores en busca de lo necesario e innecesario, con ausencia de turistas, nos dejó la sensación de ciudad muy viva. El paseo por Pettah lo acabamos en su mercado de frutas y verduras, una verdadera explosión de color y olor, con los productos, algunos desconocidos para nosotros, perfectamente ordenados y sensación de amabilidad más que de atosigamiento por parte de los tenderos.
Por la tarde, la lluvia nos recordó dónde estábamos y nos pilló de lleno. Daban igual paraguas y chubasqueros, en esas circunstancias es mejor pasarse al enemigo y mojarse sin ninguna prudencia. Tras una buena comida y el regreso de la calma meteorológica nos fuimos a ver la playa.
Cometas y bandera: playa de Colombo.

Paseo playero con sari.

El mar hace a la gente feliz y Colombo no iba a ser menos. La vida en la especie de paseo marítimo o directamente en la arena se llena de placidez y sonrisas, jovialidad hasta en la gente mayor que disfruta de la brisa como antídoto del calor y la humedad que reinan cuando el sol aprieta. Los niños jugaban a no ser atrapados por los restos de la espuma del último golpe de la ola, los mayores ejercían el control sin presumir de él dentro del agua, sabedores posiblemente de las corrientes traicioneras que se esconden en los límites del Arábigo y el Índico, unos y otros surcaban los vientos con decenas de cometas. Nada de ropa corta de mujer, un concepto que se mueve entre la indecencia y el delito, pero nadie se escandaliza de ver el torso desnudo de un hombre. La tradición y el puritanismo se ceban con las mujeres. En los puestos de comida, algunos casi restaurantes a pie de playa, trabajan verdaderos meteorólogos que conocen perfectamente el ritmo de las lluvias, miran al cielo y deciden en pocos segundos si hay que coger o no los plásticos para tapar el género, las mesas o los mostradores, saben que por estas fechas casi siempre se trata de unos minutos, el chaparrón y el descanso. No fallaron y tras verles preparar el tinglado para no sufrir la tormenta, empezó de nuevo a caer agua como si no hubiera un mañana. Algunos buscaron los edificios del otro lado de la calle, otros los coches, nosotros tuvimos la suerte de encontrar un hueco bajo un improvisado toldo de madera y plástico en el que las gotas hacían un ruido amenazante, pero solo era eso, ruido, nada más que ruido. Volvieron unos tímidos rayos de sol y Colombo nos regaló un arco iris maravilloso. Se hizo de noche y nos acostamos con la sensación de que aquella parada que parecía innecesaria porque las guías turísticas y los foros de internet dicen que la ciudad no tiene nada, no había sido inútil.
El arco iris se deja ver en Colombo.

sábado, 26 de agosto de 2017

Por tierras de Kerala

Tres días y cuatro noches son poco tiempo para conocer un lugar como Kerala, pero sí sirven para dar unas pinceladas de un estado que, como quedó dicho anteriormente, ofrece cierta diversidad con respecto a otros territorios de India. Ya hablé de la cuestión política y del peso que tiene el comunismo en la región: en Kerala llegó y está en el gobierno, siendo el primer estado en el que caía derrotado el archipoderoso Partido del Congreso. La estructura religiosa también ofrece peculiaridades a pesar de la superioridad del hinduismo que sigue el 55% del total de los aproximadamente 35 millones de habitantes de Kerala, los musulmanes representan el 26% y los cristianos el 18%. En este estado nos encontramos con los datos más altos de alfabetización del país con más del 92% y con una economía que empieza a volcarse hacia el turismo gracias a playas como las de Varkala o Kovalam, a los paseos por los backwaters o al boom de las modas ayurvédicas. Sin embargo, la industria sigue siendo débil y el comercio se centra en la red de establecimientos y puestos minoristas que aparecen en cualquier rincón de las calles.
Un grupo de niñas va a la escuela. Con un 92% Kerala tiene la mayor tasa de alfabetización de India.
La primera gran ciudad que visitamos fue Cochin (o Kochi), un lugar que es como un gran rompecabezas compuesto por islas y barrios costeros, los más interesantes coronan una punta de tierra en la que se dan la mano las aguas del Mar Arábigo y las del Lago Vembanad que es el verdadero corazón acuático de toda Kerala. Tres son los puntos más visitables de la ciudad: Ernakulam, Fort Cochin y Mattancherry. El primero es el más moderno y en él se encuentran la mayoría de los hoteles, el segundo y tercero son los más antiguos y en ellos hay varias iglesias como la de St. Francis donde reposaron los restos de Vasco de Gama hasta su traslado definitivo a Lisboa, un cementerio holandés o un extraordinario barrio judío con la Sinagoga Pardesi cuyos primeros restos datan del siglo XVI. Hoy solo quedan cinco ciudadanos judíos en el lugar que se dedican al cuidado del edificio y al comercio. En Fort Cochin también podemos asistir a dos espectáculos repletos de tradición. Por un lado visualizamos una forma de pescar que data del 1400, se trata de los conocidos como "Chinese fishing nets": un entramado de mástiles de madera sirven para sumergir grandes redes en el agua, en apenas unos segundos las redes vuelven a salir a la superficie gracias al contrapeso realizado por piedras y varios pescadores, el resultado suele ser pobre en cada batida (dos o tres peces), pero pez a pez se logra dar empaque a los cercanos puestos de venta. La otra tradición es asistir a una representación de teatro Kathakali en el que el maquillaje y el sorprendente uso de los gestos faciales son los verdaderos protagonistas.
Pescando. Poco a poco.
Tras Cochin nos acercamos a Alleppey con el propósito de realizar una ruta en barco por las famosas zonas pantanosas de Kerala, los conocidos backwaters. Era el 15 de agosto, día de la independencia en India, y las banderas del país aparecían por todos los rincones y vehículos, además hoteles, estaciones, comercios y los diferentes organismos izaban la enseña a primera hora de la mañana para conmemorar la festividad. Por la noche veríamos la cara más reivindicativa en las concentraciones y mítines de partidos de izquierda, nos colamos en algún acto en donde no entendíamos ni papa pero era evidente el descontento con la evolución social, política y económica del país, el discurso (para mi muy coherente) de la mirada crítica frente al boato de la mera celebración.
Pero la vida del turista, por mucho que busque experiencias sociales, está protagonizada por las turistadas como el ansiado paseo acuático. Una maravilla de plácido recorrido con miradas hacia tierra firme en la que la gente lavaba sus ropas y enseres en las aguas del lago, cruzándonos con enormes barcos-casa tradicionales, hoteles que surcan los canales naturales, verdaderas venas de Kerala. Colegios junto al mar con barcazas que son transporte escolar, canoas que se deslizan dejando el rastro de los colores de las telas que visten sus ocupantes, vegetación incontestable, niños que juegan al balón a escasos metros del abismo, tranquilidad de una puesta de sol invisible por el gris y ajetreo de los ocupantes de otros barcos cuando el agua se convierte en autopista.
Deslizándose por las aguas. Mirando a cámara.
Después nos fuimos a la capital, una ciudad fea y de impronunciable nombre: Thiruvananthapuram, también conocida (supongo que para facilitar las cosas) como Trivandrum. Lugar de negocios y asuntos administrativos;  con un templo con pinta estupenda, el Shri Padmanabhaswamy, pero al que solo pueden entrar los hindúes. Nos conformamos con ver a lo lejos su majestuosa torre e intuir relieves parecidos a los de Madurai. Fue muy cerca de ahí, en otro templo llamado Ganapathy, donde presencié una de las escenas más horribles del viaje. Un mendigo tirado en el suelo, enfermo y confuso, junto a él un grupo de señores seguidores del templo con una tela en forma de faldón como única vestimenta le increpaban por estar ahí, por mendigar (diría morir) junto a aquel edificio. Uno de esos escrupulosos hombres de fe sacó una vara de madera y le propinó varios golpes al pobre indefenso. No sé cómo acabaría aquello, el miedo a los varazos y a entrometerse en las tradiciones de los descerebrados fue mayor que el instinto de protección hacia el débil. Lo siento. Cuando se habla de la "espiritualidad" en India se dibuja un país que yo jamás conocí.

sábado, 19 de agosto de 2017

Con la mirilla (parte 2)

EL TÉ

Sigo contando algunas impresiones del viaje entre Madurai y Cochin de hace unos días, en él cruzamos la frontera que separa los estados de Tamil Nadu y Kerala. La primera localidad importante del segundo de los estados es Munnar y de ella destacan sus campos cultivados de té.
Dicen que los ingleses introdujeron el té en India a mediados del siglo XIX, parece que las cosas con esta planta en China no le iban demasiado bien y prefirieron llevarla al territorio que cada vez controlaban de manera más férrea. El capitalismo comercial siempre ha buscado facilidades aunque fuera llevando de aquí para allá los caprichos, como lo es ese tan británico de tomarse la tacita de té a media tarde. Y desde Darjeeling hasta Ceilán buscaron los lugares idóneos para el cultivo.
Los campos de té de Munnar se acuestan sobre las laderas de unas montañas con el hermoso nombre de Montañas Cardamomo, lo normal es que el olor ya nos invite a pensar en infusiones y especias, pero nuestro viaje fue el domingo 13 de agosto, en pleno puente del día de la independencia que es el 15, algo así como nuestro puente de la Constitución, y la carretera se llena de vehículos buscando lugares donde cambiar la rutina. No es una generalidad, la mayoría de la gente bastante tiene con ir tirando en el día a día, no está para viajecitos, pero en India son muchos y una operación salida aunque sea limitada supone que una enorme cantidad de personas se muevan. Y cambia el olor de los campos de té por el de la goma quemada de frenos y neumáticos, o por el del humo apestoso de los tubos de escape. La gente se para a hacer fotos a los cultivos, masas verdes agrietadas como si reprodujeran la superficie de un brócoli, también buscan las caídas de agua y no hay indio que se precie que no busque un selfie con alguna catarata detrás. En algunos momentos el verde del té y nosotros entramos en las nubes, casi se colaban al coche si bajábamos las ventanillas. Y esa India de contraste se transforma en el cultivo monótono de cuento de los campos de Munnar. Os podría poner una foto de la carretera atestada, prefiero que veáis las nubes porque ellas también tienen derecho, como si fueran británicas, a un caprichito de té.

EL COMUNISTA

Los indios engañan con su físico y su edad: de la misma persona puedes decir que tiene unos 50 o ya ronda los 70. Muchos están estropeados más por la dureza del trabajo y de la vida que por los años. Aquel señor estaba ya en Kerala, íbamos en pleno descenso de las Montañas Cardamomo y las hoces y los martillos empezaban a tomar las paredes. De vez en cuando los carteles reproducían la mítica imagen del Che Guevara y junto a él siglas y más siglas. En 1957 Kerala se convirtió en el primer lugar del mundo en el que el Partido Comunista llegaba al poder de forma absolutamente democrática, provocando los celos del archipoderoso Partido del Congreso. Y desde entonces ha repetido en diversas ocasiones, en la actualidad un frente de grupos de izquierda (¡lo que a la izquierda le gusta dividirse!) dirige un lugar donde las calles están algo más limpias de lo normal, el analfabetismo desciende como en ningún otro estado o se promueven asociaciones LGTBI. Aquel señor que salía de esa caseta adornada con la hoz y el martillo igual tenía simpatía por alguna de las siglas del frente, puede que hasta mirase con cierto desprecio a los de las otras siglas, pero es más que probable que supiera que ir juntos es mejor que ir solitos. 

lunes, 14 de agosto de 2017

Con la mirilla (parte 1)

De Madurai a Cochin hay algo menos de 300 km. pero tardamos en coche más de 9 horas. Varias razones hay para tales cifras: el estado de la carretera, el modo de conducción local que permite parar el vehículo donde plazca, las vacas que deciden que su sitio está en la carretera, los atascos al cruzar cualquier localidad de tamaño medio y, la mejor de todas, la necesidad de cruzar las Montañas Cardamomo trazando curvas a diestro y siniestro. El resultado para cualquier visitante puede ser un mareo o una vomitona, afortunadamente preferí otro, ocupar un poco más la memoria de mi teléfono con decenas de imágenes.

EN MOTO









En 2016 se vendieron en India casi 17 millones de motocicletas, ya quedó dicho aquí el valor que tiene este vehículo cuya posesión te puede impedir la obtención de ayudas sociales. El camino por carretera era un constante chorreo de motoristas, algunos solos, otros en pareja, muchos en familia ¡hasta cinco ocupantes llegamos a ver en una! Cuando es una pareja me fijo mucho en la cara y en el modo en el que pone las manos quien ocupa la parte trasera, veo ternura, sumisión, rechazo, inseguridad. Durante un buen rato fuimos casi en paralelo con una, el chico conducía y la chica le agarraba por los hombros, llevaba un vestido de color marfil, un bolso negro de esos en los que le entrará de todo y no encontrará nada, le colgaba una trenza de flores de jazmín en el pelo. Casi nunca miraba al frente, permanecía ajena a la velocidad porque su cabeza estaba en otro lado. Tal vez pensando en lo que dejaba atrás, tal vez dudando sobre lo que podría encontrar delante.


COMERCIO
En India se vende todo. Una carretera es una sinuosa línea de lugares de venta. Lo que en economía se denomina sector terciario ocupa a un 25 por ciento de la población activa, pero se habla mucho de la informática y la tecnología cuando el mayor servicio al que accede la población es al conjunto de tiendecitas, tienduchas, puestos y puestecillos en los que medio país vende a otro medio país. Me encantan los establecimientos en los que se ofrecen tarteras y diversos recipientes metálicos que cuelgan del techo o relucen en las estanterías, donde la falta de luz se compensa con el reflejo de cualquier rayo, vimos muchos, pero recuerdo a ese señor mayor vigilante a la operación de venta que realizaba su señora o la dependienta o la hija... a las palabras alegres que intercambiaba con el joven y moreno comprador quien miraba a cámara sabiéndose espiado, puede que dudando entre finalizar la compra o adquirir la tartera de cuatro pisos, una garantía en cualquier despensa.











domingo, 13 de agosto de 2017

El templo y el supermercado

Parvati es la consorte de Shiva, el destructor del universo para los seguidores del hinduismo. Es una de las pocas deidades femeninas que tienen un gran templo en su honor y está en Madurai, es el de Meenakshi Amman. En realidad Meenakshi es uno de los nombres por los que también se conoce a Parvati. La construcción actual data del siglo XVII, aunque se encuentra donde antes hubo otras con la misma finalidad, y cuenta con más de 30.000 esculturas. Esa cifra ya os puede hacer una idea de la ambición decorativa de los constructores. El templo realmente es un recinto compuesto por varios edificios y estructuras de entre las que destacan los torreones que marcan sus entradas, esas torres están repletas de relieves que son periódicamente policromados y son la principal atracción de la ciudad. Sería el equivalente en el sur a lo que es el Taj Mahal en el norte, y si os soy sincero a mi me ha causado mejor impresión, tal vez sea porque el día que vi la joya de Agra el sol jugaba al escondite y sin su presencia el edificio no puede formalizar la comunión dorada y casi perfecta entre belleza artificial y luz. El templo de Madurai está repleto de vida, al pisarlo (y lo pisas de verdad porque debes quitarte hasta los calcetines) entras en la dimensión paranoica y obsesiva de las religiones que se mimetiza con un pasar el rato con los tuyos, la gente va de un lado hacia otro depositando ofrendas en forma de ceniza o flores, hace cola para entrar en los espacios reservados exclusivamente para hindúes, visita el museo que hay dentro, compra recuerdos, comida o las propias ofrendas, se sienta en las escaleras que dan al lago de uno de sus patios. Parece que hacen allí la vida, por momentos parecemos estar en un parque de atracciones o un zoológico en el que un elefante, que habrá recibido muchos mandobles para ser debidamente adiestrado, te coloca la trompa en la cabeza en forma de bendición siempre y cuando le hayas dado un billete, así como os lo cuento: le das al elefante el billete, el paquidermo a su dueño y seguidamente te da un golpecito en la cabeza. Alrededor mucha curiosidad, algún llanto de los más pequeños, leves carcajadas y mucho dichoso selfie. De vez en cuando una especie de procesión simula el encuentro entre Meenakshi y  Shiva, te das cuentas de los parecidos razonables. Al salir estaba lloviendo y nuestros pies desnudos y cubiertos de agua hasta los tobillos dijeron adiós a uno de esos rincones excelsamente tocados por la belleza y la irracionalidad humanas.
Entrando al templo por la puerta norte

Niño aterrado a punto de recibir elefantina bendición.

Para mi Madurai también es un supermercado en el que presencié en varias ocasiones un sistema de gestión de recursos humanos tan poco operativo como estanco. El comprador entra al local, imaginen por ejemplo al que esto escribe deseoso de dos botellas de agua mineral de litro, busca en el estante correspondiente el producto deseado y lo deposita, guardando el debido turno, en la línea de caja donde se da cuenta que es línea pero no es caja, porque el chico o chica que le atiende le da el ticket con el precio de la compra pero no la compra. Después con el ticket tienes que ir a un mostrador donde un señor examina el documento, te cobra (las dos botellas eran 35 Rps o 45 cts al cambio), te sella en dos ocasiones el papel y tacha en un cuadrante repleto de números el correspondiente a la operación realizada (vamos, eso creo yo), luego hay que volver a la línea de "no caja" para que el chico que te ha atendido revise otra vez el ticket, lo vuelva a sellar por dos veces, te meta la compra en una bolsa y te de tu ticket y las gracias con el gesto tan indio de movimiento lateral de la cabeza. No contentos con eso, antes de salir y en un nuevo mostrador, otro señor te pedirá el justificante debidamente sellado (recordad que son cuatro veces ya) para revisarlo y perforarlo con un rústico taladrador de papel similar al sacabocados de los zapateros para que quede claro que ya no puedes usarlo para intentar engañar a tal maquiavélica telaraña de operarios. Si tenemos en cuenta que hay varios puestos de cobro, varias líneas de "no caja" con diversos mozos en cada una de ellas, unos cuantos empleados cerca de los estantes (digo yo que para reponer) y un número indeterminado de personas apoyadas permanente en los mostradores que no se mueven de allí bien por dar palique, bien por tener algo que ver en el negocio, la suma de gente que está para no comprar supera de largo la veintena. Una manera como otra cualquiera de generar empleo y usar la psicología: si ves un sitio lleno es que es bueno.

Salvo el muchacho de barba, el resto trabaja en la frutería del supermercado, a la derecha
la "no cajera" orgullosa de ser la más guapa. 

Colindante al supermercado está la frutería, en este caso atendida básicamente por mujeres pero con el mismo sistema, allí a uno de nosotros se le ocurrió decir a una "no cajera" que era muy guapa, ella totalmente orgullosa se lo espetaba con risita tonta y sin disimulo a sus compañeras "el turista me ha dicho que soy muy guapa", las otras con cara de envidia de las malas de Bollywood refunfuñaban. Hubo que intervenir para que constara que todas eran guapas. Dio igual "a mi me lo ha dicho primero, a mí me lo ha dicho primero,..." Todo en correcto tamil, idioma que como supondréis domino a la perfección.

sábado, 12 de agosto de 2017

El botones del bigote y la sonrisa perpetua

Se llama Mutú y es el botones del hotel de Madurai donde nos hospedamos. No pude escribir esto antes porque el wifi nos ha funcionado regular y había otras prioridades como la de ver los maravillosos templos locales o conocer calles de una verdadera ciudad india en la que los turistas extranjeros somos rara avis. Aquí la gente te quiere ayudar, los establecimientos son más auténticos y, a pesar del calor (afortunadamente seco), los paseos se hacen agradables dentro de la limitada escala que tenemos los blanquitos para medir el confort. Obviamente el bullicio no para en Madurai y más ayer que fue festivo y la gente sale a la calle para celebrar el día junto a los templos.
Pero os hablaba de Mutú. Al entrar al hotel, y os aseguro que no entramos con buen pie, vi en él gesto de buena persona, al principio lo asocias a la profesionalidad de un botones que trata de agradar para obtener propina, después cuando la sonrisa se mantiene y el gesto nunca se tuerce a pesar de la ausencia de "tips" te das cuenta de que hay algo más que interés legítimo. Mutú en el hall de entrada del hotel ve a los clientes como la gallina que tiene que cuidar de los pollitos pero de forma discreta, milimétrico en los gestos, totalmente alejado de sus colegas de profesión que confunden sequedad con respeto o que llevan la pomposidad de sus uniformes hasta la máxima expresión; él lleva el suyo, aclimatado al país en el que estamos,  Mutú podría dirigir el hotel siendo un botones solo con su mirada de buena persona, su sonrisa de humanidad y el inevitable sentido común que emana de cada uno de sus actos. Da igual que sea encender el ventilador junto al sofá en el que te has sentado, o quitarlo cuando te vas, o llevarte el papel higiénico (que buena falta hace cuando el picante hace efecto), o llamar al tuctuc. Da lo mismo. Está y no se le ve hasta que necesitas algo. Hubo un momento de cierta tensión que presencié, los encargados de recepción parecían bloqueados pero Mutú dijo dos o tres cosas, siempre al oído de sus superiores y éstos ya sabían lo que tenían que hacer, servía con hacerle caso. Y ahí sigue él sin sus medallas, pero creciendo de forma incontestable.
Albondiguilla con gafas y Mutú.
Hace un rato me acerqué a él, le pedí con cierto disimulo que se hiciera una foto conmigo, él sonrió y me dijo "after" porque andaba llevando maletas a otros clientes. Cuando pudo se acercó, le dije en mi inglés casi inexistente que en su ojos había visto que era buena persona, lo agradeció sin estridencias, posamos: yo con cara de albóndiga con gafas y él mitigando la sonrisa para dar aire de prestigio al momento. Le di propina, sé lo que cuestan determinadas cosas aquí y lo que unas rupias pueden ayudar, lo agradeció pero no me equivoco si digo que si no le hubiera dado nada me hubiera vuelto a sonreír y seguiría siendo Mutú, el botones de bigote con sonrisa perpetua.

martes, 8 de agosto de 2017

LisGoa

Eran casi las siete de la tarde y hasta entonces habíamos aprovechado perfectamente el día recorriendo Old Goa, la ciudad donde se concentran los edificios católicos más importantes de toda la India, un grupo de iglesias que conforman un exquisito y curioso lote patrimonio de la humanidad. La antigua capital de esta región cuando era portuguesa ya no es lo que fue, de hecho desde mitad del siglo XIX perdió la condición capitalina a manos de Panaji, un siglo antes el cólera y la malaria fueron despoblando un lugar que hasta entonces tenía más habitantes que Lisboa e incluso que Londres. La Basílica del Bom Jesus, la Sé o Catedral (edificio católico más grande de Asia), iglesias como las de San Cayetano y San Francisco de Asís, conforman un conjunto que hace que el lugar reciba el pretencioso nombre de "la Roma del Este". Desde el templo Nuestra Señora de la Montaña se puede contemplar la exuberancia vegetal mezclada con la religiosa, esta última sale perdiendo ante el despliegue tropical de la naturaleza.
Las iglesias de Old Goa rodeadas de la inmensidad de la naturaleza.
También habíamos visto una plantación de especias donde nos explicaron cómo eran los árboles y plantas que dan origen al clavo, canela, vainilla, café o cardamomo. Una interesante turistada muy bien organizada que incluía la comida, intensos olores y muchos sudores. Entramos en templos hindúes en los que se veneraban a deidades regionales y sin presencia en otros lugares. Parecían recién hechos, con un color blanco como el de las tartas de boda, y es que lo eran porque eran reconstrucciones de otros más antiguos, algo que se explica por la obsesión portuguesa de borrar la competencia al catolicismo. Y eso en la India es complicado.
Sonia Sirshat en pleno ensayo, el público al otro lado de la cortina. 
Pero casi eran las siete. Faltaban ocho minutos para ser exactos. Estábamos paseando por el barrio de Fontinhas que es donde nos hospedamos y que junto al de Altinho conforma el conjunto más original de Panaji. Las casas, algunas extraordinariamente pintadas, tienen puesto el apellido de sus dueños, apellidos portugueses que dan al lugar un toque muy cercano para nosotros, vecinos de una Portugal que siempre suele tratar bien al que a ella se acerca. Un señor hacía ejercicios con un violín mientras buscábamos una escalera para ir a la zona alta. Pasamos delante de un callejón que nos atrapó porque de él salía una voz potente y melódica que regalaba un fado al viento y a nuestros oídos. Sin saber si era una realidad o un cd nos adentramos hasta encontrar una puerta semiabierta junto a la que unos azulejos indicaban que los de allí se apellidaban Meneses. Una mujer morena salió a nuestro encuentro y nos explicó "estáis escuchando a una cantante de Fado, la mejor de la India", valdría con haber dicho que era la mejor de Goa o podría haber dicho que era la mejor de Asia (Macao?). "Pasado mañana canta en Margao y está ensayando, podéis pasar", y pasamos. Un par de sillas y un banquito en el vestíbulo de entrada fueron nuestras butacas, detrás de una cortina se abría un cuarto de estar, de frente estaba la fadista rodeada de tres guitarras (una de ellas portuguesa), una muchacha retiró la cortina para que viésemos mejor porque oír mejor era casi imposible. Estábamos ante una de esas sorpresas inesperadas con las que un viaje te soborna para que nunca te olvides de él. Sonia Sirshat nos cantó parte de su repertorio durante 40 minutos, tristeza y melancolía en un callejón de Goa que bien pudiera haber sido un rincón de Lisboa.


lunes, 7 de agosto de 2017

El valor de tener una lavadora

Estamos en Goa, aquí las palmeras y demás vegetación nos ha devuelto el verde a los ojos. El pasado portugués, muy reciente puesto que los lusos se fueron en 1961 de la región, se nota en muchas calles que se llaman ruas, en los nombres de esas mismas vías o de los comercios: Fernandes, Teixeira, Bento,... Aquí las farmacias se llaman farmacias y en muchos restaurantes y licorerías se vende oporto. Sus edificios, de colores los mejor conservados, nos trasladan al mismísimo Brasil colonizado o nos transmiten la misma decadencia de la Lisboa más melancólica (bueno, sin pasarse). El mundo hippie encontró en Goa un paraíso, ahora a partir de noviembre es un nido de turistas locales y extranjeros que buscan playas y buena vida. También los hay que se enganchan al juego porque en el lugar se instalan varios casinos. La capital del estado es Panaji y en ella nos encontramos hospedados en una preciosa y bien cuidada casa histórica que recibe la denominación de hospedería. Ya hemos probado el pescado (hemos abandonado la propuesta de hacernos vegetarianos) y conocemos el mercado principal, las calles de la zona nueva donde la arquitectura se afea y aparecen tiendas muy occidentales, y la catedral, herencia de la semilla cristiana que dejaron los portugueses.

Mercado de Panaji: frutas, verduras, especias,...

Aquí hay muchas motos, por la noche hay calles en las que el espacio para que pase un coche es mínimo porque a un lado y a otro las motos se aparcan en batería haciendo que las aceras queden incomunicadas de la calzada. Lo de tener una moto no es baladí, en la India es sinónimo de posesión valiosa, incluso si eres dueño de una, además de un frigorífico y una lavadora, ya estarías excluido como receptor de ayudas sociales. Lo mismo ocurre si puedes permitirte un coche o un simple equipo de aire acondicionado. Saber que en muchas ciudades la mitad de la población podría recibir, otra cosa es que lo haga, esas ayudas no deja de poner a cada uno en su sitio, y lo digo en primera persona del singular. Valorar lo que se tiene no está reñido con el conformismo y es un ejercicio sano, como también lo es asumir que las prioridades propias pueden estar muy alejadas de las ajenas.

Transporte escolar.

domingo, 6 de agosto de 2017

Descubriendo rincones

La revolución industrial del siglo XIX y sus consecuencias han convertido al ser humano en dioses de sí mismos. Hoy somos reflejo, ciertamente algo lejano, de aquellos que fueron capaces de moverse cientos y cientos de kilómetros sin necesidad de energía animal y que empezaron a conectar mundos,  en muchos casos con el propósito malintencionado de hacer notar en los otros la superioridad tecnológica propia. La arquitectura de entonces nos deja templos dedicados a esas nuevas deidades y en Bombay los ingleses construyeron la verdadera catedral de los ferrocarriles a la que llamaron Estación Victoria. Como es lógico no se trataba de poner un altar al caballo de hierro, era algo así como un "aquí estoy yo" o un "mira qué grande soy, indio". Por eso no es de extrañar que, como ha pasado en otros casos, los indios ya independizados hayan cambiado el nombre al edificio y ahora se denomine Chhatrapati Shivaji Terminus. Sin embargo, sigue siendo el más grande de estilo neogótico victoriano no religioso del mundo en el que gárgolas, arcos, vidrieras, torreones, rejas... te transportan por los raíles de la imaginación al mundo de Harry Potter, eso sí con toques muy indios como la representación de las castas en algunas de sus esculturas. La Universidad de Bombay, la Corte Suprema de Justicia, la Escuela de Arte y arquitectura o los colleges de Dadabhai Naoroji Road son pistas muy reales de la grandeza urbanística que los ingleses quisieron dar a la ciudad.
                                       Mirada India con estación de fondo.                                                

Hoy es domingo y algunas actividades están a medio gas, una de ellas es el comercio. Muchas tiendas de los bazares callejeros estaban cerradas y los puestos del mercado Crawford tenían menos afluencia de lo habitual, por eso los vendedores se cebaban con nosotros que éramos los únicos turistas del lugar. Ha sido el único sitio de Bombay, junto con la Puerta de la India, en el que me he sentido perseguido hasta el cansinismo, sin embargo la ciudad nos ha tratado bien, como si fuéramos elementos necesarios de un cosmopolitismo orientalizante. 
La visita al mercado de pescado, poco activo porque llegamos más tarde de las 11, nos dejó un olor más que profundo y muchas ganas de hacernos vegetarianos temporales. Pero el lugar más curioso de la jornada ha sido la mayor lavandería humana del mundo: Dhobi Ghat.

El lavadero de los Dhobi.
                                                    
Los Dhobi pertenecen a una subcasta de los intocables y su tarea principal es la de lavar ropa, para ello todos los días se juntan en un lavadero, alquilan su correspondiente piedra y dejan las cosas como los chorros del oro usando sosa cáustica, luego tienden sin usar pinzas porque agarran la ropa a las trenzas de la cuerda. Hoy apenas había puestos activos, pero la imagen de la ropa tendida (sábanas posiblemente de hospitales y todo tipo de prendas) y la atmósfera del lugar nos dejó la sensación de estar en un rincón regido por otro reloj. Y si no deja de ser medieval la división de castas, legal pero existente, más lo es cuando solo lavan hombres.
 Puesta de sol junto a la bahía.
                             
Domingueros, playeros y de Bombay.

Por las tardes, y más si es domingo, muchos bombaitíes se van a Marine Drive, algo así como un paseo marítimo al que se asoman para ver la puesta de sol y pasear en familia o se hacen fotos con la ciudad de fondo. La calle rodea la Back Bay y se llena de coches, muchos de ellos camino a la playa... y allí que fuimos. A pesar de la toxicidad del agua de la que advierten las guías turísticas decenas de chicos y alguna chica se refrescan con la ropa puesta. Otros se sientan en la arena o bien se acercan a los chiringuitos a cenar sentados en taburetes, en bancos corridos o descalzos en unas esterillas a modo de nuestras terrazas... y allí que cenamos siendo la atracción, no es fácil encontrar a europeos haciendo esos "sacrificios". Un placer compartirlo.
Mañana dejamos la ciudad y hemos encontrado su encanto (y bien que lo tiene), sigue sin ser el paraíso de la canción, pero no deja de engancharte porque no deja de sorprenderte. Como siempre que llega el adiós a las grandes ciudades, hoy puedo decir eso de "soy (un poquito) bombaití". 

Bombay, muchas indias.

Bombay, ciudad fantasma.
A Bombay (oficialmente Mumbai) le recubre una sobrecogedora nube que la convierte en un fantasma si te alejas por el mar, esa sensación he tenido hoy cuando el barco que nos ha llevado a la Isla Elefanta empezó a surcar las aguas. La bruma, el calor y la pésima calidad del aire nos regaló la imagen de un sky line indefinido y borroso, es como si olvidáramos de un plumazo la civilización y quisiéramos cambiar de mundo buscando un escenario diametralmente opuesto a las calles llenas de actividad urbana.
Bombay, ya de mañana, se nos había mostrado sorprendente, siempre con la mezcla como protagonista. Colleges tan británicos como los  británicos, iglesias católicas tan católicas como las ibéricas, pobreza tan pobre como la de los últimos de la última casta y riqueza como la de la élite más asquerosamente insoportable. Entre la historia y la economía se han encargado de pulir una sociedad perversamente compleja en la que puedes pasar en un abrir y cerrar de ojos de un slum al hotel Taj Mahal, un emblema de la ciudad, repleto de mármol y platas, con tiendas de lujo ofensivo y ceremoniosidad en el trato a la clientela. Allí se hospeda una India que, como buena imitadora de lo occidental o foráneo ultradesarrollado, se pone el antifaz para no ver a la hermana que pasa penurias.
En un edificio universitario los muchachos hacían cola para echar su matrícula, los vimos varias veces porque recorrimos varios bancos en busca de cambio. Los muchachos (y muchachas) miraban los papeles con ilusión, en las oficinas bancarias se amontona personal sin más función que la de mirar o estar por ahí. Otras dos indias, la que se ilusiona y la que no quiere cambiar.
Conseguimos cambio en una oficina de viajes en la que pedir la vez consistía en que un señor con una escopeta te mandara sentarte y luego te ordenara acudir a uno de los mostradores, entre turno y turno toqueteaba su móvil como todo hijo de vecino obviando la presencia del arma que sostenía más por inercia que por otra cosa. El pésimo cambio y las dichosas comisiones solo se entienden como necesidad de repartir beneficios con escopeteros y demás fauna.

Mono inspector de basuras.

A la Isla Elefanta se tarda una hora en llegar, recibe el nombre por las esculturas de elefantes que descubrieron al llegar a ella los portugueses, ahora hay muy pocos habitantes, parece que una comunidad de pescadores y algunos comerciantes dedicados al turismo viven en ella. Si Bombay tiene solo un 3% de zonas verdes, la isla por momentos se hace salvaje y ofrece una vegetación  espectacular (más contrastes); sin embargo, son sus templos cueva con relieves de unos 1000 años de antigüedad los que suponen el mayor atractivo del lugar, destacando la escultura de Trimurti-Sadashiva, una imagen que representa a las tres deidades principales del hinduismo. Hermoso lugar que tiene precio: 30 rupias para los indios y 500 para los foráneos. También pudimos ver un par de cañones, ya sin uso, situados estratégicamente para la defensa costera y decenas de monos muy avispados para quitar cualquier cosa a los descuidados turistas y si no consiguen su botín ya rebuscan en la basura botellas o cualquier otro premio.
Después del barco de vuelta tocó comer o cenar (?) y lo hicimos en un restaurante local. Sí, aquí todo (o casi todo) pica, os lo aseguro, pero mereció la pena: el arroz con verduras diversas, las salsas (todas en sus justa medida) y, especialmente, las pakoras saben a gloria.


Mañana toca seguir en esta India que son muchas indias.

viernes, 4 de agosto de 2017

Bombay no es un paraíso

Bombay no es el paraíso de la canción de Mecano. Apenas llevo unas horas en la ciudad y ya me he dado cuenta de ello, el tráfico y la contaminación dejan el suspiro de Ana Torroja en un quejido constante en forma de claxon de vehículo. Bombay es, como toda urbe monstruosa, una amalgama de olores, sonidos y colores, y eso que solo la he visto de noche porque el vuelo que nos debería haber traído de Delhi nos dejó en tierra y la alternativa más honrosa partía 4 horas más tarde.
Hemos cruzado la ciudad en taxi y de norte a sur, una curiosa experiencia del mundo al revés que diría Galeano: el norte es más pobre que el sur. Primero vimos las chabolas, después algo un poco más arregladito y, por último, la zona de Colaba donde el turismo (poco en realidad) se mezcla con los autóctonos menos autóctonos. Eso sí, los pasos de cebra son pura decoración salvo aquellos en los que un guardia hace que el código de circulación sea una orden.
Orden, justo lo contrario de lo que aquí hay. Resulta curioso encontrar en un periódico La foto del primer ministro indio con la canciller Merkel bajo el siguiente titular: "India y Alemania: hechos el uno para el otro". Doña Ángela no duraba aquí ni un cuarto de hora, o tal vez prefiera esto al orden natural teutón. Igual sería su paraíso.
Camino al sur (de Bombay).

jueves, 3 de agosto de 2017

Insert coin

La India siempre esperó bastantes años pero, en realidad, nunca puede esperar. Un país con tantas realidades y distintos metrónomos merece ser retratado desde diferentes ángulos. Ahora toca el sur y Sri Lanka, esa lágrima que no mereció el cambio de nombre ya que el sugerente Ceilán evoca a maravillosas historias de viajes y leyendas imposibles. Allí vamos en  busca de los contrastes, con la misión de encontrarnos con un sur de colores y recuerdos resquebrajados en las paredes y los caminos pero vivos en el ambiente.
Primero toca Bombay, luego Goa, Madurai, Kerala y el ya veremos, con la compañía del Malarone, siempre con la duda del qué hacer con él, y de la seguridad de la diarrea del viajero. Casi es lo único que queda de viajero, la diarrea, ya somos todos iguales o casi. Mismas fotos y mismos sitios. 
Insert coin.
Mapa del sur de la India y Ceilán realizado por
Emanuel Bowen en 1744.