sábado, 24 de agosto de 2013

Últimos días

El famoso paso de cebra junto a la estación de Shibuya
Ya en Madrid, casi recién aterrizado y sin que el sueño aún sepa a qué hora debe aparecer, doy cuenta de los últimos días en Japón. Tokio y Narita fueron las ciudades que nos despidieron, en la capital aprovechamos para visitar la zona de Ueno donde estaba nuestro ryokan y donde se sitúan los más importantes museos del país. También usamos la línea JR Yamamote, que es una línea circular de tren que une los principales puntos de la ciudad, para ir a Akihabara el barrio que tiene la famosa calle eléctrica repleta de establecimientos relacionados con la tecnología, fotografía, música, videojuegos o el karaoke... y en la que decenas de jóvenes con ropas estilo muñeca de estilo victoriano, como si fueran de porcelana o "lolitas" de hay en día, se utilizan como reclamo para cafeterías atendidas por chicas vestidas de criadas. Otro barrio interesante es Shibuya cuya concurrida estación y sus calles aledañas repletas de luces, pantallas, anuncios de colores lo convierten en el Times Square tokiota. Akihabara y Shibuya son dos lugares que parecen válvulas de escape de una sociedad que opta por el silencio pero que allí entra en el pleno bullicio, en la diversión, en el frikismo e incluso en la locura colectiva de la que hace partícipe a cualquier visitante. Sientes que son seña de identidad de Tokio, una modernidad exacerbada y que está a un paso de cualquier precipicio opuesto a la intensa tradición de la que siempre vivió el país. Es el Japón que nació tras la II Guerra Mundial, el que rompe con ese pasado para irse al extremo y que convive con los vestigios imborrables del ayer.
Uno de los faroles del Sensoji
En Ueno, como dije arriba, están los principales museos japoneses, visitamos el de más renombre: el Nacional de Tokio, compuesto por varios edificios que ya por sí solos son museos independientes. Uno de ellos se dedica exclusivamente a piezas artísticas e históricas de Japón, desde la prehistoria hasta el período Edo. Se pueden ver desde trajes de samurais hasta algunas de las más impactantes estampas del Mundo Flotante, ese estilo artístico que tanto influyó en los impresionistas europeos. Otro edificio se dedica a la historia de Asia, haciendo especial hincapié en China, Korea y la India. Pasear por un edificio que es pasear por un continente.
El adiós tokiota fue en Asakusa, un barrio en el que todavía se conservan casas bajas, algo que teniendo en cuenta el precio del suelo en la ciudad es realmente insólito. Vimos el templo Sensoji que tiene en sus puertas unos enormes faroles que los convierten en los más grandes de todos los templos japoneses, alguna
Rezando en el templo y ante "la gran hucha"
vez dije que en los templos parece que se mueve espiritualidad y, sobre todo, dinero; este es el ejemplo más evidente porque la caja que hay a la entrada de cada templo para que los fieles hagan aporte económico era enorme, pero también las ventanillas donde te vendían unos cupones para poder saber cuál iba a ser tu suerte futura. La sensación que uno se lleva es que todo es un gran negocio. Tras las oportunas compras en la calle Denbouin repleta de puestos para que los turistas hagan de las suyas, nos fuimos a Narita que es la ciudad junto a la que se encuentra el aeropuerto del mismo nombre.
Parque-bosque en Narita

Narita pareció un lugar bastante agradable, con otro conjunto de templos realmente impactante y, sobre todo, con un parque-jardín de estilo japonés que estando dentro te hacía parecer un enanito dentro de un bosque. Una de las cosas que he sacado en claro de este viaje es el afán japonés por controlar la naturaleza sin que se note, un parque que parece un bosque, terremotos controlados, rutas por la montaña con escalones perfectamente ensamblados y con aseos públicos en cualquier rincón... Y pasamos nuestra última tarde, con el cansancio acumulado de más de tres semanas pero con la sensación de querer quedarse más tiempo. Japón es un país que no se cansa de darte sorpresas.

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