| El famoso Pabellón Dorado de Kioto, obsérvese a la derecha la manada de turistas. |
Hoy ha
sido un día de templos. No es raro en Kioto ya que, como dije anteriormente,
hay alrededor de dos mil entre templos budistas y santuarios sintoístas, en
muchas ocasiones conviven unos junto a otros o se encuentran a escasos metros.
La
manera de hacer las rutas que utiliza casi todo turista es a base de autobuses
públicos, porque aunque el billete sencillo es caro (supera el precio del de Madrid) si compras uno para todo el día te cuesta 500 yenes que al cambio son 4 euros. En tres viajes ya lo has amortizado, además el metro en Kioto no tiene una red muy densa ya que hacer obras subterráneas es complicado entre otras cosas por la existencia de restos arquelógicos, con lo cual es más fácil que un autobús te deje cerca del objetivo turístico que deseas.
Hemos visto tres templos o santuarios, bueno hemos visto más pero de forma especial hemos visto tres. En todos los casos he de decir que eran turistódromos. El primero de ellos es el de Kiyomizu, que no es un templo, en realidad es un complejo de edificios religiosos rodeados de árboles ya que está en la ladera de una de las montañas que rodean la ciudad. Allí se conjuga el negocio con la tradición y la superstición, decenas de tiendas comparten espacio con fuentes cuyas aguas te proporcionan longevidad, piedras que al tocarlas a oscuras te conceden deseos o te sirven para lograr tus objetivos amorosos. En una de las salas estaba uno de esos grandes recipientes metálicos que al golpearlos con una madera hacen el gongggggg del que tanto gustan budistas y fauna diversa de la meditación oriental.
El segundo templo importante por el que hemos pasado es el de Ginkakuji del que destaco sus jardines repletos de arena a la que han pasado el rastrillo, con esos surcos tan característicos de la jardinería japonesa, y de bonsais espectaculares.
Y el tercero es el que ofrece una estampa archiconocida por todos: el pabellón dorado. Un edificio con una larga historia pero no precisamente por el que se puede ver, ya que en 1950 un monje entre pirado y pirómano lo destruyó por completo, lo que vemos en la actualidad data de 1955. Se ha convertido en un icono de la ciudad, diría que también del país. Sin embargo, siendo preciosa la estampa de la construcción y del lago junto al que se encuentra, con reflejos espectaculares incluídos, el lugar es como cualquier pasillo del metro tokiota en hora punta, los turistas paseamos como borregos, los guardas te marcan el camino, te paras en los mismos sitios para hacer las mismas fotografías intentando que todo salga perfecto y sin gente, lo cual es prácticamente imposible. Es lo que tiene ser icono.
Después de un merecido descanso, acabamos de cenar algo suave pero bien rico: un poquito de pulpo con salsa, una tempura de verduras que casi me hace llorar y una caballa a la plancha en su punto. Todo ello regado con una bebida, con algo de alcohol, típica de la zona de soda con lima. Y es que no todo va a ser patear, el estómago se merece también buenos momentos.
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