El
monte Fuji es uno de los símbolos de Japón, este volcán de 3776 metros se puede
encontrar en cualquier rincón del país en forma de postal, camiseta, grabado o
forjado en hierro encima de un semáforo (adjunto imagen), especialmente ocurre
en los lugares más cercanos a la montaña donde explotan su valor icónico a
turistas tanto extranjeros como nacionales.
| Como veis el Fuji también junto a un semáforo (aquí son semáforos horizontales) |
Para
ver el Fuji elegimos acercarnos a la localidad de Kawaguchiko, a casi dos horas
en autobús desde Tokyo. Otra opción hubiera sido intentar ascender a la cumbre
o a algunas de las estaciones intermedias del Fuji, pero en vez de realizar
semejante esfuerzo nos decantamos por verlo desde un privilegiado mirador en
una zona de lagos y bosques. Al menos eso pensábamos, sin embargo la realidad
no fue como la imaginaba puesto que había mirador, había bosques, había lagos
pero rodeados de esa especie de personaje que se repite en muchos lugares del
mundo: los domingueros. Gente que va a pasar el fin de semana a una zona con
agua o campo, con el coche monovolumen y la familia al completo. Me dio la
sensación que Kawaguchiko es una ciudad muy apta para los domingueros que
tienen la mejor de sus áreas en las zonas cercanas a los lagos. Con ellos,
turistas (como nosotros) y veraneantes que para eso estamos a primeros de
agosto hemos conformado el paraje humano del día de hoy en la zona.
| El lago Kawaguchiko desde el teleférico |
Los
lagos, sobre todo cuando se alejan de la zona urbana, son de postal; lo eran
hoy que hacía un día de poco sol y bastante nublado, así que debe ser
impresionante la fotografía diaria cuando los rayos lleguen con mayor nitidez.
Recorrimos dos de ellos con un servicio de autobús parecido al turístico de las
ciudades, de esos en los que te puedes subir y bajar cuando quieras, claro que
la frecuencia era bastante mala y no daba para muchas florituras. Interesante
es la visita a alguna de las cuevas de lava que hay en la zona, en alguna de
ellas se conservan grandes bloques de hielo que hace descender la temperatura
hasta los cero grados. Menos mal que llevábamos los chubasqueros verdes de la
“Escuela pública” que nos sirvieron para no quedarnos pajarito y poder aguantar el paseo subterráneo.
Las
nubes no nos impidieron subir al mirador a través de un teleférico tuneado con
personajes parecidos a los dibujos animados, ya en él había conejitos y osos de
plástico y unos altares estilo sintoísta con más conejos en piedra, tras ver
esto uno se plantea que igual Kipling tenía razón cuando decía eso de que los
japoneses son un pueblo infantil. Esta anécdota no me separa de lo realmente
interesante: la vista del Fuji. Pues bien, no lo vimos. Las nubes no nos
dejaban ni intuirlo. Una pena.
Con esa
espina nos fuimos de Kawaguchiko, pero ahí no acababa el día porque el trayecto
de vuelta se hizo realmente pesado porque no anduvimos muy espabilados en
elegir el día y el medio de locomoción para salir de la gran urbe, la
inesperada operación retorno y los dichosos domingueros nos hicieron vivir
desde dentro un atasco tokiota de unos cien kilómetros. Ahí es nada.
Sin
embargo, no podíamos volver al hotel con un sabor de boca tan amargo. Ya que
estábamos en la zona de Shinjuku decidimos subir a uno de los edificios más
altos del lugar, las torres gemelas donde se encuentra el gobierno de la
ciudad, vamos nuestro Ayuntamiento, y no puedo decir otra cosa que nos quitamos
la espina. Una ciudad inmensa y espectacular a nuestros pies desde un piso 45.
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