jueves, 8 de agosto de 2013

Hirosima, lecciones de historia

El pasado día 6 fue el 68 aniversario de "ese día". Flores y silencio de recuerdo.

Lo intentaron pero no pudieron hacerlo. Tras la caída de la primera bomba atómica de la historia americanos y británicos trataron de esconder la realidad llegando incluso a arrancar las páginas de libros y otras publicaciones que hablaban del terrible episodio, la intención era evidente: ocultar una decisitón premeditada que acabaría con miles de vidas, de consecuencias incalculables y que representa, sin lugar a dudas, una de las más negras páginas de la historia de la humanidad.
Maqueta de Hirosima antes de las 8:15 del 6 de agosto del 45
Hirosima tiene por historia una fecha, la del 6 de agosto de 1945, ese día (sus habitantes asi se refieren para evitar pronunciar el dato exacto) a las 8:15 de la mañana un B-52 del ejército estadounidense, el Enola Gay, dejaba caer una bomba atómica que explotó a 600 m del suelo y que de forma instantánea acabó con 100.000 vidas, digo bien: de forma instantánea. Después murieron muchos más y otros miles quedaron gravemente heridos y marcados para siempre. La ciudad quedó totalmente destrozada, apenas un puñado de edificios se mantuvieron en pie, el resto que especialmente eran viviendas endebles quedó arrasado por el fuego y las radiaciones.
Maqueta de Hirosima tras la bomba atómica
Llegar a Hirosima es algo especial, solo el nombre ya infunde respeto y te sobrecoje tanto como lo puedan hacer otros como Auswitch o Mauthausen. Nada es histórico, la ciudad de por sí ya era bastante joven cuando sufrió su herida casi mortal, fue fundada a finales del siglo XIX, después de la bomba hubo que rehacerla. Hasta entonces tenía como principales funciones ser un centro educativo, especialmente de formación secundaria, y cierto valor militar por estar aquí ubicada una división de la armada japonesa. El primer paseo fue ayer, ya de noche, por el Parque de la Paz que es una pequeña isla situada casi en el epicentro de la explosión, muy cerca de ella está la famosa cúpula que se ha convertido en símbolo de la barbarie y en testigo mudo de lo que nunca debe volver a ocurrir. Pertenece a un edificio semiderruido y que era sede de comercio de la prefectura, un arquitecto checo lo había construido en 1915 y destacaba por el verde que desprendía la cúpula, otros edificios relativamente nuevos en el 45 como la sede en la ciudad del Banco de Japón o una escuela elemental quedaron en pie. Todo esto se explica perfectamente en el Museo de la Paz también situado en el parque. Vidas de las víctimas y muertes de los que sobrevivieron, frialdad extrema para elegir los objetivos, supervivientes oficiales y supervivientes extraoficiales, ropas sin piel porque la piel la levantó los miles de grados de temperatura que generó el artefacto mortal, lluvia negra y cartas sin respuesta. Estas últimas las del alcalde de Hirosima que desde mediados de los sesenta cada vez que hay una prueba nuclear manda una al dirigente del país que la organiza. Curioso que de las diez últimas nueve tengan como destinatario a un premio Nobel de la Paz.
También vimos el castillo con su torre en forma de pagoda de cinco pisos y el precioso jardín Shukkelen, pero que nadie se alarme: son reconstrucciones (eso si, bien logradas) de los que la bomba machacó, que nadie piense que un artilugio tan moderno vaya a quedar en evidencia ante un edificio de madera y unos cuantos árboles.
En uno de los paneles explicativos del museo había un texto titulado "Lecciones de historia" en el que se decía que para todos lo ocurrido en agosto del 45 era una lección para no olvidar, pero que los primeros en aprenderla tenían que ser los propios japoneses que durante décadas habían demostrado un enorme ardor guerrero y militarista. Las catanas se dieron la vuelta, la humanidad no puede olvidar.

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