| Contrastes |
El jet lag es una verdadera cabronada, casi que uno hubiera preferido que Colón no hubiera tenido razón y la tierra fuera plana. Espero haberlo vencido en la primera noche de estancia y en breve regularizar el horario biológico. Hoy tocó levantarse a las 10:30, hora tardía para el viajero pero es que la vida no está hecha para sufrir por sufrir. Tras el desayuno austero (fruta, galletas y té) tocó iniciar la ruta para empezar a conocer esta ciudad. Decidimos dejar de lado los transportes públicos y privados, y nos propusimos dar un enorme paseo urbano con primera parada en la estación central de ferrocarriles. En el paso de cebra que hay delante de una de sus entradas principales se agolpan decenas de uniformados con camisa blanca y pantalón oscuro, casi todos con una tarjeta asida con un cordoncillo que rodea el cuello y que no es otra cosa que la identificación personal en la empresa de turno, ayer decía que todos van y vienen, y lo hacen con la misma uniformidad con la que visten, casi parecen un ejército marchando al mismo ritmo al cruzar cada calle. Si detrás de cada uno se escondiera un experto tecnológico obviamente no servirían para nada los ejércitos.
La estación central esconde bajo tierra un enorme y laberíntico centro comercial repeleto de tiendas y restaurantes, Tokyio tiene una ciudad nueva bajo su asfalto y sus vías, ese espacio economizado se convierte en oro en el subsuelo.
| En el mostrador delantero hay ranuras para echar dinero (poesía) |
Desde allí nos acercamos a Chiyoda lugar en el que se encuentra el Palacio Imperial y sus jardines, el primero escondido entre vegetación, decepción para quien lee dos palabras de tan importante alcurnia unidas, los segundos realmente interesantes, con restos amurallados y múltiples variedades de plantas que hicieron algo agradable un paseo acompañado por el calor y los dichosos sudores. El caso es que los japoneses no tienen "tortillas" o "camachas" esos rodales mojados de sudor bajo las axilas, no sé cómo lo hacen. Ellos y, sobre todo, ellas llevan un paño como los nuestros de cocina para secarse el sudor de la cara, incluso las hay que portan un parasol para evitar el golpe de los rayos solares. Todo un catálogo de opciones para hacer frente a los elementos.
Tras ver los jardines, nos acercamos al Museo de Arte Moderno en cuya colección permanente se repasan los últimos 150 años de arte japones, especialmente pintura, y quedan claras las influencias europeas. Y es que la era Meiji no sólo acercó formas políticas y técnicas occidentales, también fueron las artísticas las que se mezclaron con las formas autóctonas. Con curiosidad nos acercamos a la calle de las librerías, muchas de ellas dedicadas al libro usado y antiguo, y en las que también vendían reproducciones de las estampas realizadas por los artistas del mundo flotante y que hicieron el camino contrario en cuanto a las influencias artísticas llegando a la Europa impresionista con la intención de quedarse.
En la búsqueda de esos lugares vimos dos interesantes "concentraciones": una de (creo yo) luchadores de sumo, todos con la coleta de guerrero samurai, con el kimono, con unos bolsos muy específicos y, por supuesto, todos ellos (los luchadores) de grandes dimensiones, eso sí que nadie espere inmensas moles como las que aparecen en televisión, parecían más bien de una segunda o tercera categoría. Eso sí, alguno tuvo que hacerse fotos con los presentes en uno de los distribuidores de la estación. Fans de un deporte repleto de divinidad. No mucho más tarde un concierto o algo por el estilo en un pabellón deportivo congregaba a cientos, diría que miles, de jovencitas disfrazadas con ropas infantiles a las que los guardias tenían que poner en fila para evitar desmanes innecesarios. Salimos por patas del lugar, que algunos ya estamos hartos de adolescentes diarios, para acercarnos a un templo sintoísta donde la tranquilidad reinaba, eso sí un lugar con bastante tufillo nacionalista en referencia a los caídos por la patria. Y es que la patria y la religión suelen ser malos compañeros. Incluso diría que ambas sueltas también tienen lo suyo.
El paseo final fue por la zona de Kanda, lugar agradable que combina edificios más bajos de lo habitual con tiendas diversas (muy curiosas las específicas de un deporte: esquí, ciclismo, pesca...) y los grandes edificios de oficinas que nos acabaron indicando el camino a la estación. Casi donde empezábamos acabábamos el día con una suculenta tempura de pescado con arroz, comida sana donde las haya.
Pedro, te tienes que dedicar a escribir libros de viajes. Da gusto leer tus crónicas. Que os lo paseis muy bien.
ResponderEliminar