| El edificio de madera más grande del mundo |
Nara fue la capital de Japón durante casi
todo el siglo VIII y es una de las joyas de este país, entre otras cosas
gracias a sus templos que se acumulan en un espacio de apenas nueve kilómetros cuadrados. Las visitas de
este viaje podrían parecer desde la lejanía una concatenación de excursiones
monótonas: templos, templos y más templos, en realidad no es así, puesto que
cada uno de ellos tiene sus elementos específicos, su historia y su entorno. En
el caso de la visita de hoy de nuevo hemos hecho una ruta de unos seis
kilómetros parando en puntos espectaculares, el primero de ellos ha sido el
Kofuku-ji un templo que en la época dorada de Nara que llegó a tener 175
edificios, hoy en día tiene muchos menos pero sus rincones de figuras de Buda
rodeados de guerreros con cara de mal genio nos han abierto la puerta a la
magia de unas creencias con sus gong incluidos.
| El saludo del Buda |
Ya en alguna ocasión he hablado de las
coincidencias entre las diversas religiones, aquí las campanas y las vela nos
recuerdan a ese cristianismo medieval que marcaba sus momentos a partir de los
campanarios o a la Semana Santa de cirios y velones.
Mundo religioso y arquitectónico el de la
segunda parada en el Todai-ji que es el edificio de madera más grande del
mundo, ahí es nada. Fue reconstruido entre finales del siglo XVII y principios
del XVIII y hoy en día solo tiene dos tercios de altura con respecto al
original. Impresionan sus columnas, sus guardianes esculpidos en madera para defender
al budismo y, sobre todo, el gran Buda que nos espera bajo su techo. El
Daibutsu-den es una cosa bárbara de 16 metros y fabricada en oro (130 kg) y en
bronce (437 kg). Su mano derecha levantada como todo Buda que se precie, parece
dar la bienvenida a los viajeros que no paran de hacerse fotos con él y de
buscar con sus objetivos cualquiera de
los rincones de su rostro. Detrás de él, en una columna de las que sostiene el
templo, hay un orificio exactamente igual que los de la nariz del Buda. Dicen
que pasar por él supone lograr la iluminación, decenas de niños y algún adulto
lo intentan, los padres de los primeros aguardan cámara en ristre la
consecución por parte del vástago de su objetivo. De los adultos más de uno (y
de una) parecen no entender aún las limitaciones o, mejor dicho, los excesos de
su propio cuerpo. No penséis que quien esto escribe habla por su propia
experiencia, no, que uno ya sabe perfectamente en el tema budismo lo más
parecido que puedo ofrecer es la barriguita feliz de estilo buda nivel
medio-bajo.
Después paseamos hasta llegar al santuario de
Kasuga Taisha, este edificio ya es sintoísta y está adornado con centenas de
farolillos metálicos que cuelgan por cada una de las fachadas del edificio,
especialmente en las del patio interior. Muchos más, hasta 3000, fabricados en
piedra están a las afueras del templo, especialmente en el recinto que le
conecta con su jardín botánico. Más tarde nos acercamos a las calles de Nara
que aún conservan casas de estilo Edo, casas de madera que guardan la historia
y la tradición de una ciudad con seis de sus muchos templos Patrimonio de la
Humanidad.
| Esperando al turista que compre galletas... |
Pero Nara también ofrece al visitante un
detalle animal ya conocido en la isla de Mijayima: los alces o ciervos, que uno
no sabe ni diferenciarlos. Hermosas criaturas que acampan en cualquier rincón,
ofreciendo sus lomos a las caricias de los turistas y sus mandíbulas a
cualquier cosa. Seres de indudable inteligencia puesto que saben situarse en el
sitio adecuado para que el visitante les ofrezca una galleta hecha
especialmente para los de su especie. Galletas que se venden a unos 150 yenes el paquete y junto a los tenderetes
que las expenden se agolpan los animales sabiendo que algo caerá. Negocio que
explotan los lugareños y que parecen contar con la complicidad de cornudos Bambis,
esposas e hijos.
Abandonamos Nara viendo a los operarios
municipales colocar velas y formando letras con ellas, estamos en plenas
fiestas y aquí las celebraciones a base de luces parecen contar con indudable
tirón. Cansados pero nunca derrotados recuperamos fuerzas a base de buen sushi y
en el baño tradicional del ryokan. Como Dios manda, uys… como Buda manda.
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