martes, 13 de agosto de 2013

Nara, una joya



El edificio de madera más grande del mundo
Nara fue la capital de Japón durante casi todo el siglo VIII y es una de las joyas de este país, entre otras cosas gracias a sus templos que se acumulan en un espacio de apenas  nueve kilómetros cuadrados. Las visitas de este viaje podrían parecer desde la lejanía una concatenación de excursiones monótonas: templos, templos y más templos, en realidad no es así, puesto que cada uno de ellos tiene sus elementos específicos, su historia y su entorno. En el caso de la visita de hoy de nuevo hemos hecho una ruta de unos seis kilómetros parando en puntos espectaculares, el primero de ellos ha sido el Kofuku-ji un templo que en la época dorada de Nara que llegó a tener 175 edificios, hoy en día tiene muchos menos pero sus rincones de figuras de Buda rodeados de guerreros con cara de mal genio nos han abierto la puerta a la magia de unas creencias con sus gong incluidos.


El saludo del Buda
Ya en alguna ocasión he hablado de las coincidencias entre las diversas religiones, aquí las campanas y las vela nos recuerdan a ese cristianismo medieval que marcaba sus momentos a partir de los campanarios o a la Semana Santa de cirios y velones.

Mundo religioso y arquitectónico el de la segunda parada en el Todai-ji que es el edificio de madera más grande del mundo, ahí es nada. Fue reconstruido entre finales del siglo XVII y principios del XVIII y hoy en día solo tiene dos tercios de altura con respecto al original. Impresionan sus columnas, sus guardianes esculpidos en madera para defender al budismo y, sobre todo, el gran Buda que nos espera bajo su techo. El Daibutsu-den es una cosa bárbara de 16 metros y fabricada en oro (130 kg) y en bronce (437 kg). Su mano derecha levantada como todo Buda que se precie, parece dar la bienvenida a los viajeros que no paran de hacerse fotos con él y de buscar con sus objetivos  cualquiera de los rincones de su rostro. Detrás de él, en una columna de las que sostiene el templo, hay un orificio exactamente igual que los de la nariz del Buda. Dicen que pasar por él supone lograr la iluminación, decenas de niños y algún adulto lo intentan, los padres de los primeros aguardan cámara en ristre la consecución por parte del vástago de su objetivo. De los adultos más de uno (y de una) parecen no entender aún las limitaciones o, mejor dicho, los excesos de su propio cuerpo. No penséis que quien esto escribe habla por su propia experiencia, no, que uno ya sabe perfectamente en el tema budismo lo más parecido que puedo ofrecer es la barriguita feliz de estilo buda nivel medio-bajo.

Después paseamos hasta llegar al santuario de Kasuga Taisha, este edificio ya es sintoísta y está adornado con centenas de farolillos metálicos que cuelgan por cada una de las fachadas del edificio, especialmente en las del patio interior. Muchos más, hasta 3000, fabricados en piedra están a las afueras del templo, especialmente en el recinto que le conecta con su jardín botánico. Más tarde nos acercamos a las calles de Nara que aún conservan casas de estilo Edo, casas de madera que guardan la historia y la tradición de una ciudad con seis de sus muchos templos Patrimonio de la Humanidad.


Esperando al turista que compre galletas...
Pero Nara también ofrece al visitante un detalle animal ya conocido en la isla de Mijayima: los alces o ciervos, que uno no sabe ni diferenciarlos. Hermosas criaturas que acampan en cualquier rincón, ofreciendo sus lomos a las caricias de los turistas y sus mandíbulas a cualquier cosa. Seres de indudable inteligencia puesto que saben situarse en el sitio adecuado para que el visitante les ofrezca una galleta hecha especialmente para los de su especie. Galletas que se venden a unos  150 yenes el paquete y junto a los tenderetes que las expenden se agolpan los animales sabiendo que algo caerá. Negocio que explotan los lugareños y que parecen contar con la complicidad de cornudos Bambis, esposas e hijos.

Abandonamos Nara viendo a los operarios municipales colocar velas y formando letras con ellas, estamos en plenas fiestas y aquí las celebraciones a base de luces parecen contar con indudable tirón. Cansados pero nunca derrotados recuperamos fuerzas a base de buen sushi y en el baño tradicional del ryokan. Como Dios manda, uys… como Buda manda. 

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