martes, 6 de agosto de 2013

Entokiados

Un lago, una casa de té, tranquilidad en la ciudad.
El primer lunes en Japón sirvió para descansar porque no conviene ir concatenando excesivas jornadas de palizón, que luego el cuerpo se resiente y las últimas etapas pueden convertirse en verdaderos infiernos. A última hora de la mañana salimos hacia la estación central para hacer todas las gestiones posibles con respecto a nuestros posteriores viajes, he de decir que el modo de organizarse en este país nos hizo tramitar en media hora casi todo lo que teníamos planificado para las próximas semanas. Cosas de las que aprender.

Después decidimos ir a ver una exposición con lo mejor del “mundo flotante”,  la corriente artística de algunos de los mejores pintores y grabadores que ha dado Japón desde mediados del siglo XIX. La desgracia se apoderó de nosotros puesto que era el día de la semana en el que cierra y puesto que finaliza el día 11 y ya no estamos en la capital no la podremos ver. Habrá buenas alternativas.

La primera parada turística de la jornada fue el Jardín de Hama-rikyu que, aunque reconstruido, proviene de la época Tokugawa que era la antigua familia gobernante. Su estanque está conectado directamente a la bahía con lo cual se convierte en el único del lugar con agua salada, en medio de él se encuentra el salón de té, una casita de madera que hace esa función, eso sí pagando unos tres euros y medio por un té verde tradicional y una especie de dulce muy parecido a las famosas yemas de Ávila. Mereció la pena porque el paraje es realmente precioso, de nuevo mezclando lo tradicional y la tranquilidad del jardín con el bullicio que se podía percibir de fondo donde los grandes edificios reinan.


Una de las vistas desde las torres del gobierno municipal tokiota
Tras el verde del parque nos fuimos hacia la Torre de Tokyo, una hermana de color rojo de la Torre Eiffel pero algo más alta y más moderna puesto que data de 1958. Sinceramente para lo que es el tema torres mucho mejor París. No subimos puesto que hicimos una nueva parada en las torres de las oficinas municipales en Shinjuku aunque con algo más de luz y vida inferior que en el día anterior y de nuevo pudimos disfrutar de unas más que impresionantes vistas. Tras las alturas volvimos a  la calle para pasear por el distrito, uno de los más activos, modernos  y comerciales de Tokyo. Su barrio de tiendas electrónicas, o barrio eléctrico (no confundir con la calle eléctrica), con enormes letreros iluminados nos dejan una de las típicas fotos tokiotas, o los típicos cruces junto a la estación de Shinjuku que por las mañanas concentran a miles de uniformados oficinistas que al cambio de semáforo se cruzan como hormiguitas en busca del hormiguero laboral. Por la noche es un derroche lumínico que le sirve para competir con el Time Square neoyorquino. La estación es la más concurrida del mundo y como la central da la sensación que se ha construido como excusa para poner en marcha un enorme centro comercial, claro que ninguno como el que visitamos por la noche para cenar: el Roppongi Hills en el distrito de Roppongi y que son varios edificios conectados con más de 200 tiendas, un montón de restaurantes, una emisora de televisión, un museo, unos cines, una cascada, una copia de la araña de Louise Bourgeois del Guggenheim bilbaino… necesitas casi de una guía para poder moverte por la zona.

Hoy es 6 de agosto, se cumplen 68 años del lanzamiento de la primera bomba atómica en Hiroshima donde dormiremos mañana tras pernoctar hoy en Nikko (ahora mismo vamos de camino). Con el recuerdo a todas las víctimas innecesarias de aquel episodio os  dejo  para disfrutar de las vistas desde el tren bala. Sayonara.

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