lunes, 2 de septiembre de 2013

Historias desde un Shinkansen

Una locomotora del "tren bala" japonés o Shinkansen
La extraordinaria red ferroviaria japonesa tiene como protagonista al famoso tren bala, en japonés Shinkansen. En algunos de ellos he tenido la suerte de subir y mientras cruzaba a toda máquina el país me han ido surgiendo ideas e historietas a golpe de locomotora, curiosidades de mi último destino.

El sonido de Japón en verano. Las cigarras japonesas son la banda sonora del día, en cualquier rincón del país con un poco de vegetación: árboles, jardincillos, parques... se manifiestan esos animales que con un "shrri shrri shrri" a veces agobiante, a veces mágico. Es el de los machos que llaman a las hembras, si fueran humanos lo harían a voces o tal vez a base de cánticos de ópera. Para muchos japoneses las cigarras representan los cambios de la vida y de las cosas.

Los baños comunitarios. Sin llegar al placer casi absoluto de los onsen (baños que utilizan el agua caliente que de forma natural sale del subsuelo volcánico) no se queda atrás el obtenido en los baños comunes que hay en muchos ryokanes y hoteles. Entras y te encuentras un vestuario con cestas o casilleros para dejar tu ropa, luego te metes en la zona de baño donde hay varios grifos de ducha con el "teléfono" incluido, eso sí a una baja altura, delante de cada uno de los grifos hay un taburete un un pequeño barreño para que te limpies utilizando jabón y champú, tras enjuagarte convenientemente hay que entrar en el baño, casi una piscina, de agua caliente y allí disfrutas del relax y dejas el cansancio aparcado. Hay que entrar desnudo (nada de bañadores), se debe hacer lo posible por no salpicar y en muchos sitios te dicen que si tienes tatuajes no puedes pasar, la razón es que los tatuajes son seña de identidad de la Yakuza, la mafia japonesa. 

Los vagones femeninos. En las horas punta del metro de Tokio hay vagones exclusivos para mujeres y sus hijos pequeños. La razón es la presencia de "tocones" que aprovechan las aglomeraciones para hacer de las suyas.

Fumar. En muchas calles de las principales ciudades japonesas no se puede fumar, incluso en el suelo de las aceras aparece el cigarro con la señal de prohibido. Las multas por incumplir esa norma puede llegar a los 2.000 yenes, algo así como 16€. Hay lugares específicos para que la gente fume, áreas de fumadores que están en un rincón de algunas calles, fuera de la vista. En ocasiones hay una hora a partir de la cual se puede empezar a fumar, por ejemplo las 20. En los restaurantes el criterio puede depender del dueño, aunque puede haber sitios reservados para fumadores o se puede fumar también a partir de un momento determinado. También en los trenes hay vagones para fumadores. La edad mínima para fumar son los 20 años.

"Kimonas" están.
Los kimonos y los yukatas. Aunque muchas personas piensen que es la ropa tradicional japonesa y que ya no se usa, la verdad no es esa. Lo normal es que los japoneses vistan con ropa occidental pero especialmente en la época festiva se ponen el kimomo. Especial importancia tiene el femenino que para ponérselo casi hay que hacer un curso, de hecho en youtube hay tutoriales al respecto. Fundamental es el cinturón o faja que también tiene su valor simbólico. En verano y para estar por casa es normal utilizar una prenda más sencilla llamada yukata.

Los aseos públicos. No es raro encontrarse en las calles o en los caminos aseos públicos, en ocasiones vemos los occidentales (modernizados con la tecnología y que los convierten en bidé con sus chorretes de agua dirigidos hacia donde convenga) en otras los que directamente son agujeros en el suelo. Pero casi siempre limpios como la patena.

Las máquinas de refresco. Cinco millones de máquinas de refrescos hay en Japón, además de marcas mundialmente conocidas, podemos adquirir té y café frío, zumos de frutas de la zona. El precio suele ser bastante aceptable, inferior al del euro por producto. La necesidad de refrescarse en verano cuando la humedad y el calor hacen estragos demuestran la utilidad de estas instalaciones que se complementan con las muchas fuentes de agua que hay especialmente en la capital y en las grandes ciudades.


sábado, 24 de agosto de 2013

Últimos días

El famoso paso de cebra junto a la estación de Shibuya
Ya en Madrid, casi recién aterrizado y sin que el sueño aún sepa a qué hora debe aparecer, doy cuenta de los últimos días en Japón. Tokio y Narita fueron las ciudades que nos despidieron, en la capital aprovechamos para visitar la zona de Ueno donde estaba nuestro ryokan y donde se sitúan los más importantes museos del país. También usamos la línea JR Yamamote, que es una línea circular de tren que une los principales puntos de la ciudad, para ir a Akihabara el barrio que tiene la famosa calle eléctrica repleta de establecimientos relacionados con la tecnología, fotografía, música, videojuegos o el karaoke... y en la que decenas de jóvenes con ropas estilo muñeca de estilo victoriano, como si fueran de porcelana o "lolitas" de hay en día, se utilizan como reclamo para cafeterías atendidas por chicas vestidas de criadas. Otro barrio interesante es Shibuya cuya concurrida estación y sus calles aledañas repletas de luces, pantallas, anuncios de colores lo convierten en el Times Square tokiota. Akihabara y Shibuya son dos lugares que parecen válvulas de escape de una sociedad que opta por el silencio pero que allí entra en el pleno bullicio, en la diversión, en el frikismo e incluso en la locura colectiva de la que hace partícipe a cualquier visitante. Sientes que son seña de identidad de Tokio, una modernidad exacerbada y que está a un paso de cualquier precipicio opuesto a la intensa tradición de la que siempre vivió el país. Es el Japón que nació tras la II Guerra Mundial, el que rompe con ese pasado para irse al extremo y que convive con los vestigios imborrables del ayer.
Uno de los faroles del Sensoji
En Ueno, como dije arriba, están los principales museos japoneses, visitamos el de más renombre: el Nacional de Tokio, compuesto por varios edificios que ya por sí solos son museos independientes. Uno de ellos se dedica exclusivamente a piezas artísticas e históricas de Japón, desde la prehistoria hasta el período Edo. Se pueden ver desde trajes de samurais hasta algunas de las más impactantes estampas del Mundo Flotante, ese estilo artístico que tanto influyó en los impresionistas europeos. Otro edificio se dedica a la historia de Asia, haciendo especial hincapié en China, Korea y la India. Pasear por un edificio que es pasear por un continente.
El adiós tokiota fue en Asakusa, un barrio en el que todavía se conservan casas bajas, algo que teniendo en cuenta el precio del suelo en la ciudad es realmente insólito. Vimos el templo Sensoji que tiene en sus puertas unos enormes faroles que los convierten en los más grandes de todos los templos japoneses, alguna
Rezando en el templo y ante "la gran hucha"
vez dije que en los templos parece que se mueve espiritualidad y, sobre todo, dinero; este es el ejemplo más evidente porque la caja que hay a la entrada de cada templo para que los fieles hagan aporte económico era enorme, pero también las ventanillas donde te vendían unos cupones para poder saber cuál iba a ser tu suerte futura. La sensación que uno se lleva es que todo es un gran negocio. Tras las oportunas compras en la calle Denbouin repleta de puestos para que los turistas hagan de las suyas, nos fuimos a Narita que es la ciudad junto a la que se encuentra el aeropuerto del mismo nombre.
Parque-bosque en Narita

Narita pareció un lugar bastante agradable, con otro conjunto de templos realmente impactante y, sobre todo, con un parque-jardín de estilo japonés que estando dentro te hacía parecer un enanito dentro de un bosque. Una de las cosas que he sacado en claro de este viaje es el afán japonés por controlar la naturaleza sin que se note, un parque que parece un bosque, terremotos controlados, rutas por la montaña con escalones perfectamente ensamblados y con aseos públicos en cualquier rincón... Y pasamos nuestra última tarde, con el cansancio acumulado de más de tres semanas pero con la sensación de querer quedarse más tiempo. Japón es un país que no se cansa de darte sorpresas.

lunes, 19 de agosto de 2013

Samurais, geishas y falsos ninjas

Kanazawa tiene casi medio millón de habitantes, pero entre que llegamos en sábado y que la comparamos con las visitas a sitios más grandes nos ha parecido un pueblo. Eso en las calles, porque cuando te acercas a sus centros comerciales o a su mercado la cosa cambia, se siente la actividad tanto de la ciudad como de sus gentes. Se encuentra a dos horas en tren al norte de Kioto, pegando al Mar de Japón y aunque ha apretado el calor aquí se notó menos humedad.

Vista del mercado de Kanazawa
He nombrado ya su mercado cuyo nombre es Omicho y en el que paramos el primer día no solo para visitarlo, también para comer. En concreto nos decantamos por platos de lo que sería comida rápida japonesa: una sopa de noodels fríos (muy típica en esta temporada), unos “filetes” empanados aunque uno era vegetal y el otro de pulpo, un gambón rebozado y de postre un trozo de piña. En total nuestro menú, exquisito, nos salió por unos cuatro euros y medio, aún no alcanzo a entender eso de que Japón es caro con el que tanto me dieron la barrila antes de salir, muy al contrario: lo que realmente es caro es Madrid.


Los jardineros trabajando para mantener bello el jardín
Después empezamos las visitas culturales de la primera jornada: un castillo recientemente remodelado junto al que hay unos extraordinarios jardines que están considerados entre los tres mejores del país y el Museo de Arte Contemporáneo del Siglo XXI. El Jardín Kenrokuen es un ejemplo de los jardines del periodo Edo y que fue de uso exclusivo de los señores de la zona hasta 1874 cuando acabado en Japón el sistema feudal pasó a abrirse al público. El museo es un edificio moderno, casi futurista, circular pero con varias secciones cuadradas y rectangulares que se pueden ver perfectamente en una fotografía aérea, es uno de esos museos que destacan más por lo que son que por lo que tienen, de hecho sus muestras son básicamente temporales.

Lo blanco de abajo es papel para ver la sombra desde dentro, arriba puertas que son trampas...
El segundo de los días en Kanazawa (ayer domingo) tuvo tres paradas de las mejores de todo el viaje y que solo por ellas merece la pena pasar al menos una jornada en la localidad. Primero nos dirigimos al templo Myoryuji, que también es conocido como Ninjadera. Ese segundo nombre os recordará a los famosos guerreros ninja y es porque el templo está repleto de trampas y trucos para que los monjes pudieran detectar a cualquier intruso que quisera espiar o hacer alguna fechoría. En la época Tokugawa estaba prohibido hacer templos de más de dos pisos y desde fuera parece que es lo que hay en este, pero no, en el interior entre pisos y entrepisos pudimos contar siete niveles, con escaleras que engañaban, con luces perfectamente situadas para poder controlar las sombras, con falsos suelos, una sala exclusiva para hacerse el harakiri a la que podías entrar pero si estabas ya en ella no podías abrir la puerta: no vale arrepentirse,... un prodigio tecnológico que podría haber hecho un ninja muy espabilado aunque, a pesar del sobrenombre, en el templo nunca hubo ninjas.

Una de las calles del "barrio de las geishas"
Después estuvimos en dos barrios muy interesantes, ambos muy bien cuidados por vecinos, comerciantes y municipio. Son los antiguos lugares donde vívían samurais y geishas. Son muy diferentes: grandes casas en el primero, más modestas en el segundo aunque siempre diseñadas para ofrecer buena estancia a los que buscaran la compañía de las geishas. El barrio samurai se llama Naga-machi Buke Yashiki y en él visitamos una casa restaurada, con dos jardines (era lo habitual) y múltiples espacios para el samurai y su familia, una casita muy bien preparada. En el otro barrio, Higashi Chaya gai, hicimos lo propio con una residendia de geishas que también nos muestra parte de la vida de esos personajes tan emblemáticos y, a la vez, herméticos de la historia japonesa. La mejor habitación siempre la del invitado, y supongo con ello el mejor té, la mejor compañía... eso sí, siempre para los pudientes señores.
Algunos llaman a Kanazawa la pequeña Kioto, en realiad no he visto tanto parecido, cierto que hay una zona de templos, museos... pero la gran ventaja de esta ciudad es ofrecer pequeñitas cosas muy bien orientadas, cuidadas y diferentes. Pequeños detalles que nos han cautivado.

jueves, 15 de agosto de 2013

Dragones y bambúes



El bosque de bambú en Arashiyama

Arashiyama es uno de los distritos de Kioto que más enseñan al visitante, otra vez nos hemos atiborrado a templos y santuarios, aunque tengo que decir que ya empezamos a seleccionar puesto que la monotonía y los 500 yenes de media de cada entrada hacen mella en el cansancio y en el bolsillo.

El distrito se encuentra a tres paradas de tren del centro de la ciudad y en autobús se tarda una media hora. El punto más importante del lugar es el Tenryuji, un templo cuyo nombre significa “dragón celestial” ya que parece que un sacerdote soñó una vez con un dragón que se dirigía al cielo desde el río Katsura que pasa por allí. La construcción primitiva data del siglo XIV, pero como casi todo en Japón ha sido reconstruido varias veces por culpa de incendios, terremotos u otros accidentes. Este templo ha sido pasto de las llamas en varias ocasiones y los edificios actuales son de principios del siglo XX. Incluso uno de los lugares que más se visitan es una sala con un dragón pintado en el techo, pues bien, la imagen (que puedes ver por el precio de 500 yenes) es de 1990. No os la muestro porque no se puede fotografiar, vamos ni que el dragón fuera a cabrearse…

Cierto es que si de algo puede presumir el templo es de jardines, se mezcla uno de tipo zen seco (grava y piedras) con los verdes de muchas otras plantas, lagos con carpas (animales muy bien considerados por aquí) y el fondo de montañas que hace del entorno del Ternyuji un lugar espectacular.

Lo artificial se mezcla con lo natural de forma perfecta

Después paseamos por un bosque de bambú. Los troncos, más bien cañas, parecen perderse entre las nubes, casi haciendo competencia al dragón que soñó el sacerdote del templo de al  lado. Los turistas con sus cámaras buscan huecos imposibles, en los que la luz del sol juegue con la naturaleza. Fotos y más fotos… y junto al bosque, por las propias calles de Arashiyama, por cualquier camino o carretera los ricksaws, esos vehículos de tracción humana con ruedas de bicicleta, invaden el espacio con gentes de todo el mundo subiditas mientras el esforzado chófer les da conversación o alerta al peatón de su paso. Chóferes con unas zapatillas con forma de pezuña que separan unos dedos de otros y les hacen ser una mezcla de animal de tiro y de deportista olímpico.


Centauros del mundo moderno
Tras agradecer las sombras del bambú tomamos camino a otro templo, el de Joujakkouji, mucho más tranquilo, lo cual se agradece tras ver la Gran Vía o la Quinta Avenida insertadas en pleno bosque. Allí volví a hacer propaganda de esa defensa constante de la escuela pública, espero que no se me tome por pesado, puesto que las grandes luchas han de ser constantes y en cualquier espacio. En este caso el mensaje quedó escrito en un emo, que es una de esas tablillas que se cuelgan en los templos para pedir deseos y qué mejor deseo que el de la escuela de tod@s y para tod@s.

De tod@s, para tod@s

Por último, cruzamos el puente Togetsukyo que cruza el río Katsura y desde el que las vistas son realmente espectaculares, aunque todo el mundo coincide que lo mejor es poder diferenciarlas en las distintas estaciones del año. Vamos que tendré que venir en invierno, otoño y primavera.

Ahora toca salir a cenar algo, posiblemente iremos a la zona de Ponto Cho, bastante animada y repleta de lugares para comer y beber un buen trago. Lo de ayer resultó algo decepcionante, no vimos a ninguna geisha aunque sí que nos topamos con unos tunos de Salamanca. Verlo para creerlo, como no hace calor en estas tierras vienen con los terciopelos de sus trajes. Me parto de risa solo de pensar en un posible cruce de geisha con tuno. Sayonara.

miércoles, 14 de agosto de 2013

Cortesía entre templos y cantos

El famoso jardín zen de Ryoanji

El japonés es ceremonial en sus formas, cuando uno pregunta cualquier cosa no solo responde también forma parte de un juego organizado de modo de comportamiento. La palabra mágica es "sumimasen" algo así como un comodín que significa por favor, disculpe, me permite... y a partir de que la pronuncias comienza el juego si tienes alguna duda. Y te intentan ayudar aunque no sepan qué quieres, incluso te ayudan haciéndote creer que te dicen lo correcto porque para ellos no contestar a alguna duda es fallar en ese ceremonial de cortesía. En muchas ocasiones son ellos los que detectan al que tiene el problema, por ejemplo te ven con un mapa intentando localizarte en la ciudad o localizando cualquiera de sus rincones, y allí va un japonés a intentar ayudarte. El nivel de inglés es más bien bajo, no lo digo como queja porque siendo de España no puede haber mucha queja al respecto, pero el interés por comunicarse es enorme aunque siempre sin romper las formas, sin invadir tu territorio, con la cautela oriental que rechaza lo excesivo.
Pagoda de cinco pisos en el Toji
Íbamos hoy buscando un lugar en el que comer, un rincón en forma de parque en el que poder dar cuenta de unos fideos de pasta fríos con empanadillas de arroz y los típicos cilindros de arroz con cualquier cosa dentro. Estábamos junto a un hermoso templo declarado Patrimonio de la Humanidad, pero en un barrio que casi parecía un polígono industrial pero sin industrias, unas calles desangeladas sin apenas vida y más ahora que estamos en fiesta. Y apareció el japonés de turno para indicarnos el rincón donde nos hemos alimentado disfrutando de una leve brisa que ha calmado el calor de las horas centrales del día.
Hasta ese momento habíamos conocido dos nuevos rincones de Kioto, el primero de ellos otro icono de estas tierras: el famoso jardín zen del templo Ryoanji, un rincón pequeño dentro de un lugar enorme. Los iconos nos están defraudando, no porque no sean hermosos, lo que pasa es que vemos tantas cosas diferentes y de verdadera postal que aquellos no sobresalen en absoluto, jardines llenos de verde con lagos repletos de nenúfares, construcciones de maderas diversas, olores a incienso y silencio si te alejas de las manadas de turistas. Ahora hay mucho visitante, especialmente de aquí mismo puesto que estamos en el momento de año en el que disfrutan de sus pocos días de vacaciones. Después destaco la comunidad italiana, no sé si por numerosos o por ser fácilmente localizables gracias a sus gestos, voces excesivas y la guía típica en italiano. Decía que el jardín zen de rocas y grava nos ha parecido tan interesante o menos que otras cosas. El segundo templo que vimos es ejemplo de esto que decía, es el de Nishi Honganji, es el templo del oeste que levantó muchas suspicacias al primero de los Tokogawa que creó otro no muy lejos al que llamaron Higashi Honganji, el del este, pero no tan especial como el primero en el que además de su imponente arquitectura escuchamos los cánticos de los monjes budistas. Y otra analogía con la tradición más cercana a las tierras propias ¿qué tal un concurso de voces entre éstos y los monjes de Silos con su gregoriano?
Después de la comida ya especificada al principio, fuimos al templo Toji que tiene como seña de identidad una pagoda de cinco pisos de casi sesenta metros de altura, posiblemente la más imponente de todo Japón. Además los tres edificios del templo guardan esculturas de Buda y de los guardianes del cielo que, como en todos los templos de confesión budista, hacen lo posible por lograr la derrota de los enemigos del budismo.
Tras la nueva ruta volvimos al ryokan a disfrutar de una siesta de media tarde y de una confortable sesión en el baño japonés que han mandado el cansancio al mismísimo carajo. Y ahora toca cenar en un barrio con bastante tradición en Kioto, concretamente el de Gion que es conocido por ser el lugar en el que con más facilidad se pueden contratar geishas, algunas verdaderas otras aprendices o simples disfrazadas que dan el pego a quien no controle del asunto.

martes, 13 de agosto de 2013

Nara, una joya



El edificio de madera más grande del mundo
Nara fue la capital de Japón durante casi todo el siglo VIII y es una de las joyas de este país, entre otras cosas gracias a sus templos que se acumulan en un espacio de apenas  nueve kilómetros cuadrados. Las visitas de este viaje podrían parecer desde la lejanía una concatenación de excursiones monótonas: templos, templos y más templos, en realidad no es así, puesto que cada uno de ellos tiene sus elementos específicos, su historia y su entorno. En el caso de la visita de hoy de nuevo hemos hecho una ruta de unos seis kilómetros parando en puntos espectaculares, el primero de ellos ha sido el Kofuku-ji un templo que en la época dorada de Nara que llegó a tener 175 edificios, hoy en día tiene muchos menos pero sus rincones de figuras de Buda rodeados de guerreros con cara de mal genio nos han abierto la puerta a la magia de unas creencias con sus gong incluidos.


El saludo del Buda
Ya en alguna ocasión he hablado de las coincidencias entre las diversas religiones, aquí las campanas y las vela nos recuerdan a ese cristianismo medieval que marcaba sus momentos a partir de los campanarios o a la Semana Santa de cirios y velones.

Mundo religioso y arquitectónico el de la segunda parada en el Todai-ji que es el edificio de madera más grande del mundo, ahí es nada. Fue reconstruido entre finales del siglo XVII y principios del XVIII y hoy en día solo tiene dos tercios de altura con respecto al original. Impresionan sus columnas, sus guardianes esculpidos en madera para defender al budismo y, sobre todo, el gran Buda que nos espera bajo su techo. El Daibutsu-den es una cosa bárbara de 16 metros y fabricada en oro (130 kg) y en bronce (437 kg). Su mano derecha levantada como todo Buda que se precie, parece dar la bienvenida a los viajeros que no paran de hacerse fotos con él y de buscar con sus objetivos  cualquiera de los rincones de su rostro. Detrás de él, en una columna de las que sostiene el templo, hay un orificio exactamente igual que los de la nariz del Buda. Dicen que pasar por él supone lograr la iluminación, decenas de niños y algún adulto lo intentan, los padres de los primeros aguardan cámara en ristre la consecución por parte del vástago de su objetivo. De los adultos más de uno (y de una) parecen no entender aún las limitaciones o, mejor dicho, los excesos de su propio cuerpo. No penséis que quien esto escribe habla por su propia experiencia, no, que uno ya sabe perfectamente en el tema budismo lo más parecido que puedo ofrecer es la barriguita feliz de estilo buda nivel medio-bajo.

Después paseamos hasta llegar al santuario de Kasuga Taisha, este edificio ya es sintoísta y está adornado con centenas de farolillos metálicos que cuelgan por cada una de las fachadas del edificio, especialmente en las del patio interior. Muchos más, hasta 3000, fabricados en piedra están a las afueras del templo, especialmente en el recinto que le conecta con su jardín botánico. Más tarde nos acercamos a las calles de Nara que aún conservan casas de estilo Edo, casas de madera que guardan la historia y la tradición de una ciudad con seis de sus muchos templos Patrimonio de la Humanidad.


Esperando al turista que compre galletas...
Pero Nara también ofrece al visitante un detalle animal ya conocido en la isla de Mijayima: los alces o ciervos, que uno no sabe ni diferenciarlos. Hermosas criaturas que acampan en cualquier rincón, ofreciendo sus lomos a las caricias de los turistas y sus mandíbulas a cualquier cosa. Seres de indudable inteligencia puesto que saben situarse en el sitio adecuado para que el visitante les ofrezca una galleta hecha especialmente para los de su especie. Galletas que se venden a unos  150 yenes el paquete y junto a los tenderetes que las expenden se agolpan los animales sabiendo que algo caerá. Negocio que explotan los lugareños y que parecen contar con la complicidad de cornudos Bambis, esposas e hijos.

Abandonamos Nara viendo a los operarios municipales colocar velas y formando letras con ellas, estamos en plenas fiestas y aquí las celebraciones a base de luces parecen contar con indudable tirón. Cansados pero nunca derrotados recuperamos fuerzas a base de buen sushi y en el baño tradicional del ryokan. Como Dios manda, uys… como Buda manda. 

lunes, 12 de agosto de 2013

De templos por Kioto


El famoso Pabellón Dorado de Kioto, obsérvese a la derecha la manada de turistas.
Hoy ha sido un día de templos. No es raro en Kioto ya que, como dije anteriormente, hay alrededor de dos mil entre templos budistas y santuarios sintoístas, en muchas ocasiones conviven unos junto a otros o se encuentran a escasos metros.
La manera de hacer las rutas que utiliza casi todo turista es a base de autobuses públicos, porque aunque el billete sencillo es caro (supera el precio del de Madrid) si compras uno para todo el día te cuesta 500 yenes que al cambio son 4 euros. En tres viajes ya lo has amortizado, además el metro en Kioto no tiene una red muy densa ya que hacer obras subterráneas es complicado entre otras cosas por la existencia de restos arquelógicos, con lo cual es más fácil que un autobús te deje cerca del objetivo turístico que deseas.
Hemos visto tres templos o santuarios, bueno hemos visto más pero de forma especial hemos visto tres. En todos los casos he de decir que eran turistódromos. El primero de ellos es el de Kiyomizu, que no es un templo, en realidad es un complejo de edificios religiosos rodeados de árboles ya que está en la ladera de una de las montañas que rodean la ciudad. Allí se conjuga el negocio con la tradición y la superstición, decenas de tiendas comparten espacio con fuentes cuyas aguas te proporcionan longevidad, piedras que al tocarlas a oscuras te conceden deseos o te sirven para lograr tus objetivos amorosos. En una de las salas estaba uno de esos grandes recipientes metálicos que al golpearlos con una madera hacen el gongggggg del que tanto gustan budistas y fauna diversa de la meditación oriental.
El segundo templo importante por el que hemos pasado es el de Ginkakuji del que destaco sus jardines repletos de arena a la que han pasado el rastrillo, con esos surcos tan característicos de la jardinería japonesa, y de bonsais espectaculares.
Y el tercero es el que ofrece una estampa archiconocida por todos: el pabellón dorado. Un edificio con una larga historia pero no precisamente por el que se puede ver, ya que en 1950 un monje entre pirado y pirómano lo destruyó por completo, lo que vemos en la actualidad data de 1955. Se ha convertido en un icono de la ciudad, diría que también del país. Sin embargo, siendo preciosa la estampa de la construcción y del lago junto al que se encuentra, con reflejos espectaculares incluídos, el lugar es como cualquier pasillo del metro tokiota en hora punta, los turistas paseamos como borregos, los guardas te marcan el camino, te paras en los mismos sitios para hacer las mismas fotografías intentando que todo salga perfecto y sin gente, lo cual es prácticamente imposible. Es lo que tiene ser icono.
Después de un merecido descanso, acabamos de cenar algo suave pero bien rico: un poquito de pulpo con salsa, una tempura de verduras que casi me hace llorar y una caballa a la plancha en su punto. Todo ello regado con una bebida, con algo de alcohol, típica de la zona de soda con lima. Y es que no todo va a ser patear, el estómago se merece también buenos momentos.

domingo, 11 de agosto de 2013

Kioto, historia viva de un país


Edificios del castillo, como veis nada tiene que ver con los medivales europeos.

De Kioto dicen que es la capital cultural de Japón,  su historia es la historia de los vaivenes políticos del país en el que durante mucho tiempo el poder de la familia imperial era simbólico y era uno de los señores feudales, el shogun, el que tomaba las decisiones importantes. Es precisamente el primero de los Tokugawa, Ieyasu, aquel cuyo mausoleo vimos en Nikko quien mandó construir uno de los lugares más hermosos de la ciudad: el Nijo-jo (Castillo de Nijo), en él hemos conocido cómo eran las ceremonias en las que los señores feudales, daimios, iban a presentar su respeto al shogun. La propia posición de los personajes en cada acto era ya un ejemplo de rango: el shogun siempre un escalón por encima, debajo todos los demás. Incluso en las ceremonias  que compartían shogun y emperador, éste último se sentaba por debajo. Durante la época Tokugawa el  papel del emperador era secundario y la capital teóricamente era Kioto pero, sobre todo al final, las grandes decisiones se tomaban en Edo (hoy Tokio). Sin embargo, templos y otros rincones hacen que Kioto sea, como dije arriba, un libro abierto de cultura e historia japonesas.

Empiezo con dos ejemplos de lo más moderno, primero la estación donde la arquitectura más actual tiene un buen ejemplo y desde la que podemos ver la ciudad ya que en la azotea hay un espléndido mirador que nos enseña la forma ortogonal de las calles, en cuadrícula, igual que los ensanches europeos del siglo XIX y es que Kioto tiene que adaptarse al espacio porque está rodeado de montañas y es en la zona plana donde se desarrolló la ciudad. Otro elemento moderno es el Museo del Manga, un ejemplo de la evolución de una de las señas de identidad del Japón de hoy en día y que impregna al mundo de la televisión y el cine con los famosos anime. Un museo situado en una antigua escuela elemental y en el que podemos encontrar una importantísima biblioteca de manga japonés así como publicaciones de otros muchos países.


Junto al río los árboles iluminados, estamos en fiestas.
De los ejemplos de historia me ciño a una cifra: en Kioto hay más de dos mil templos entre budistas y sintoístas. Una barbaridad que visitaremos con moderación. Sobre esto y otras muchas cosas más hemos hablado con Teruo, al que he conocido gracias  una compañera profesora de Madrid,  durante una estupenda cena que compartimos con él y su familia. Nos ha contado cómo la mezcla religiosa y la tradición hacen que despidan al año en un templo budista y reciban al nuevo en uno sintoísta, que las vacaciones de los que aquí viven no superan los 15 días y que hay mucha gente que tiene 5 ó 6, si es que tiene; que durante unos años los japoneses decidieron no gastar y, por eso, la economía se paró, que la mejor gastronomía nos la podemos encontrar en Kioto,… Una persona encantadora a la que le hemos abierto las puertas de nuestras casas si puede y decide ir a Madrid alguna vez. Claro que, si es posible, que su viaje a España dure más de 5 días.

Kioto está en fiestas y su río adornado con árboles que parecen los de navidad, nos dicen que lo más bonito tiene lugar el día 16 cuando en las montañas de alrededor hacen letras con fuego y se ven desde la ciudad. Lástima que sea ese el día que nos vamos. Mientras disfrutamos de las calles con casas que siguen el estilo arquitectónico tradicional, bajitas, de madera, reconvertidas en un ryokan, en una tienda o en un restaurante. Algunos diréis que qué eso del ryokan, pues es una especie de hotel tradicional japonés en el que las habitaciones están cubiertas de tatami y a las que solo podemos acceder con unas zapatillas de estar por casa que te proporcionan, además no se duerme en cama ya que se hace encima de un futón que, a modo de colchoneta, se tira en el suelo y te cubres con una especie de nórdico.  En el que estamos, además, hay un baño colectivo tradicional que incluye una especie de jacuzzi al que pienso entrar en unos minutos, nada más poner este escrito a vuestra entera disposición.

viernes, 9 de agosto de 2013

Miyajima: entre alces y sudores

Los alces son los reyes de Miyajima
"Atención ¡ha pasado! un alce se comió la JR Pass de un turista y este documento no se vuelve a hacer si se pierde o desaparece. Tengan cuidado." Algo así aparece escrito en uno de los folletos que nos han dado hoy al visitar la isla de Miyajima y, sinceramente, nos parecía bastante difícil que alguien no anduviera  con cuidado cuando un animal salvaje se acercara a sus pertenencias. Sin embargo, la realidad siempre supera a la ficción, básicamente porque los alces pasean por las calles cercanas al puerto de la isla de Miyajima como Pedro (precisamente Pedro) por su casa. Son como perros abandonados pero respetados por todos porque hacen lo les sale de la real gana, se tumban en las aceras, muerden cuerdas y telas de los puestos que ya están cerrando, husmean con sus hocicos en los bolsos y mochilas de los turistas... vamos unas lindas criaturas con carita de Bambi pero adiestrados para hacer fechorías. Hay que reconocer que lo rara de la situación hace que se lo perdonemos todo y sus acciones de bandoleros a cuatro patas quedan como anécdoas curiosas para el que las ve, igual no tanto para quien las sufre.
 

La Ohtorii rodeada de agua. Marea alta.
La isla en cuestión tiene como icono una ohtorii (puerta sagrada) que se sitúa en medio del mar porque a través de ella se accede al santuario de Itsukushima-Jinja que data del siglo XII, aunque obviamente está reconstruido. En la isla solamente podían estar los nobles dado que tiene carácter sagrado y los plebeyos solo podían entrar por vía marítima, los barcos pasaban para entrar en zona sacra por debajo de la torii, la actual estructura data de 1875 y tanto ella como el santuario están pintados en color bermellón para evitar la corrosión y ahuyentar a los malos espíritus. Dije que la puerta está en el mar, pero eso es solo cuando la marea está alta ya que cuando baja se puede acceder a su base caminando.
 

La Ohtorii rodeada de turistas cuando baja la marea.
Desde el santuario, junto al que hay otra pagoda de cinco pisos como en visitas anteriores, parten caminos que suben hasta un mirador en la cumbre del monte Misen a 535 m sobre el nivel del mar pasando junto a templos y santuarios, así como la conocida "llama eterna" encendida supuestamente hace 1200 años y de la que se prendió la que existe en el Parque de la Paz de Hiroshima, ciudad que está a apenas 10 minutos en barco. Sin ser un paseo tremendamente duro tiene en esta época un considerable problema: la humedad, jamás he sudado en mi vida como hoy, iba como si me hubieran echado un cubo de agua por encima y el calor se hacía insufrible. Menos mal que la mayor parte de la ascensión la hicimos en teleférico, pero la parte final y la bajada (decidimos hacerla a patita) fueron agotadoras. Pero el paseo, la puesta de sol junto a la torii, unas ostras recién hechas y un dulce local parecido a una magdalena con forma de hoja y con relleno merecieron la pena.
Ya regresábamos al puerto para subir al ferry de vuelta cuando un alce merodeaba por la especie de paseo maritimo que hay por la zona, una turista fotografiaba la puesta de sol y junto a ella su bolso, el animal totalmente conocedor de los descuidos humanos metió su hocico y sin muchas contemplaciones agarró un papel verde que sobresalía, la turista entre sorprendida y asustada intentó quitárselo pero el alce no cedía, pensábamos que era un simple folleto turístico, pero no, la pobre pero ingenua mujer empezó a ponerse nerviosa, a intentar usar un periódico como reclamo para ver si el Bambi de turno soltaba el papel, no hubo forma y se lo acabó comiendo. La turista se quedó llamando por teléfono convenciendo a alguien de que un documento cualquiera, parece que de bastante importancia, estaba en el estómago de un alce. Sin duda ¡ha pasado!

jueves, 8 de agosto de 2013

Hirosima, lecciones de historia

El pasado día 6 fue el 68 aniversario de "ese día". Flores y silencio de recuerdo.

Lo intentaron pero no pudieron hacerlo. Tras la caída de la primera bomba atómica de la historia americanos y británicos trataron de esconder la realidad llegando incluso a arrancar las páginas de libros y otras publicaciones que hablaban del terrible episodio, la intención era evidente: ocultar una decisitón premeditada que acabaría con miles de vidas, de consecuencias incalculables y que representa, sin lugar a dudas, una de las más negras páginas de la historia de la humanidad.
Maqueta de Hirosima antes de las 8:15 del 6 de agosto del 45
Hirosima tiene por historia una fecha, la del 6 de agosto de 1945, ese día (sus habitantes asi se refieren para evitar pronunciar el dato exacto) a las 8:15 de la mañana un B-52 del ejército estadounidense, el Enola Gay, dejaba caer una bomba atómica que explotó a 600 m del suelo y que de forma instantánea acabó con 100.000 vidas, digo bien: de forma instantánea. Después murieron muchos más y otros miles quedaron gravemente heridos y marcados para siempre. La ciudad quedó totalmente destrozada, apenas un puñado de edificios se mantuvieron en pie, el resto que especialmente eran viviendas endebles quedó arrasado por el fuego y las radiaciones.
Maqueta de Hirosima tras la bomba atómica
Llegar a Hirosima es algo especial, solo el nombre ya infunde respeto y te sobrecoje tanto como lo puedan hacer otros como Auswitch o Mauthausen. Nada es histórico, la ciudad de por sí ya era bastante joven cuando sufrió su herida casi mortal, fue fundada a finales del siglo XIX, después de la bomba hubo que rehacerla. Hasta entonces tenía como principales funciones ser un centro educativo, especialmente de formación secundaria, y cierto valor militar por estar aquí ubicada una división de la armada japonesa. El primer paseo fue ayer, ya de noche, por el Parque de la Paz que es una pequeña isla situada casi en el epicentro de la explosión, muy cerca de ella está la famosa cúpula que se ha convertido en símbolo de la barbarie y en testigo mudo de lo que nunca debe volver a ocurrir. Pertenece a un edificio semiderruido y que era sede de comercio de la prefectura, un arquitecto checo lo había construido en 1915 y destacaba por el verde que desprendía la cúpula, otros edificios relativamente nuevos en el 45 como la sede en la ciudad del Banco de Japón o una escuela elemental quedaron en pie. Todo esto se explica perfectamente en el Museo de la Paz también situado en el parque. Vidas de las víctimas y muertes de los que sobrevivieron, frialdad extrema para elegir los objetivos, supervivientes oficiales y supervivientes extraoficiales, ropas sin piel porque la piel la levantó los miles de grados de temperatura que generó el artefacto mortal, lluvia negra y cartas sin respuesta. Estas últimas las del alcalde de Hirosima que desde mediados de los sesenta cada vez que hay una prueba nuclear manda una al dirigente del país que la organiza. Curioso que de las diez últimas nueve tengan como destinatario a un premio Nobel de la Paz.
También vimos el castillo con su torre en forma de pagoda de cinco pisos y el precioso jardín Shukkelen, pero que nadie se alarme: son reconstrucciones (eso si, bien logradas) de los que la bomba machacó, que nadie piense que un artilugio tan moderno vaya a quedar en evidencia ante un edificio de madera y unos cuantos árboles.
En uno de los paneles explicativos del museo había un texto titulado "Lecciones de historia" en el que se decía que para todos lo ocurrido en agosto del 45 era una lección para no olvidar, pero que los primeros en aprenderla tenían que ser los propios japoneses que durante décadas habían demostrado un enorme ardor guerrero y militarista. Las catanas se dieron la vuelta, la humanidad no puede olvidar.

miércoles, 7 de agosto de 2013

Nikko, entre la historia y el turismo

Siempre con la escuela pública
Nikko es muy bonico. Ahora, tras la tontería del día, podéis seguir leyendo si queréis. A un par de horas aproximadamente de Tokyo (trasbordo incluido) se encuentra la pequeña ciudad de Nikko, uno de los principales centro turísticos japoneses. Esta localidad, que roza los cien mil habitantes y que fue capital nipona, tiene una tradición histórica que pasa, sobre todo, por ser la tumba de Tokugawa Ieyasu (el apellido aquí se pone delante) que fue el gran señor feudal del Japón del siglo XVII y que, con el título de Shogun, acumuló poderes superiores al del propio emperador. No fue hasta 1868 cuando la familia Tokugawa dejó de ser la más poderosa.

La historia se mezcla con la naturaleza porque los templos se sitúan entre enormes árboles y montañas que incluso superan los dos mil metros. Sin embargo, Nikko es un parque temático porque los turistas se agolpan en la puerta de sus edificios y hacen que sus senderos a veces tengan más concurrencia que algunas de las calles céntricas de la capital, en ese sentido es una Santillana del Mar o un San Gimigniano.


Dragones por todos los sitios
Sus tres templos más importantes son los de Toshogu Shrine, Futarasan Shrine y Rinnoji, el último contiene los tres budas más grandes de madera del país, sin embargo no pudimos verlos puesto que estaba cerrado. El primero es un recinto enorme, repleto de edificios de madera, con la tumba de Ieyasu, con un pequeño gato durmiente esculpido en una piedra que a los japoneses parece impresionarles mucho pero que a mí no me impresionó nada, también hay un gran salón cuyo techo está decorado con un dragón que cuando un monje golpea entre sí dos palos el eco dicen que contiene el rugido del animal (he de decir que hay que tener bastante imaginación auditiva para percatarse y yo no la debo tener) cierto es que la sala es realmente hermosa y decorada de forma intensa, de hecho cuentan que su hermosura era tal que para evitar el enfado de los  dioses, que nunca han debido llevar bien que los humanos hicieran cosas tan bellas como sus obras,  se colocó una columna al revés y así evitar la perfección. También podemos ver en la sala de culto y en sus puertas pinturas de dragones y de un kirin que es un animal mitológico mitad jirafa y mitad dragón. Dicen que aparecerá cuando haya paz en el mundo, mientras tanto da nombre a una conocida marca de cerveza local. Vamos que la paz solo se logra bebiendo cerveza, o si bebes mucha cerveza acabarás viendo un kirin.

Una pagoda "rascacielos"
Antes de entrar al recinto del templo de Toshogu hay una pagoda de cinco pisos y casi 35 metros de altura. Sin embargo, aquí explotan más los metros sobre el nivel del mar que parece ser que son casi los mismos que los de la torre de comunicaciones de Tokyo, le dan tanto bombo al asunto que hasta aparecen ambos edificios en posters. La pagoda es del siglo XVI, pero como ocurre con otros lugares está reconstruida, en este caso en el XIX, y de ella es destacable que la columna central de sujeción no toca el suelo, esto puede parecer un contrasentido pero es así, hay otras cuatro que sí lo hacen pero la central se queda a 10 cm de la base de piedra, un arcaico pero imaginativo sistema para evitar los destrozos de posibles terremotos, es como si la torre tuviera un amortiguador.

Podría contar más cosas de esta visita, especialmente desde el punto de vista artístico, iconográfico, histórico y demás, pero no es plan de aburrir. Además después decidimos irnos hacia la montaña, en concreto a Chuzenji ko, para ello hubo que tomar un autobús, bastante caro por cierto, que serpenteando entre las nubes y la carretera nos dejó en un pueblo de montaña cercano a un lago (cuando aparece la palabra o fin de palabra ko es que hay un lago de por medio). Visitamos unas conocidas cascadas, las de Kegono-taki de unos 100 metros de caída rodeadas de verde por todos los lados. Olor a montaña y a naturaleza. Después vuelta al hotel y a descansar que Hirosima y un viaje de varios trasbordos esperan.

martes, 6 de agosto de 2013

Entokiados

Un lago, una casa de té, tranquilidad en la ciudad.
El primer lunes en Japón sirvió para descansar porque no conviene ir concatenando excesivas jornadas de palizón, que luego el cuerpo se resiente y las últimas etapas pueden convertirse en verdaderos infiernos. A última hora de la mañana salimos hacia la estación central para hacer todas las gestiones posibles con respecto a nuestros posteriores viajes, he de decir que el modo de organizarse en este país nos hizo tramitar en media hora casi todo lo que teníamos planificado para las próximas semanas. Cosas de las que aprender.

Después decidimos ir a ver una exposición con lo mejor del “mundo flotante”,  la corriente artística de algunos de los mejores pintores y grabadores que ha dado Japón desde mediados del siglo XIX. La desgracia se apoderó de nosotros puesto que era el día de la semana en el que cierra y puesto que finaliza el día 11 y ya no estamos en la capital no la podremos ver. Habrá buenas alternativas.

La primera parada turística de la jornada fue el Jardín de Hama-rikyu que, aunque reconstruido, proviene de la época Tokugawa que era la antigua familia gobernante. Su estanque está conectado directamente a la bahía con lo cual se convierte en el único del lugar con agua salada, en medio de él se encuentra el salón de té, una casita de madera que hace esa función, eso sí pagando unos tres euros y medio por un té verde tradicional y una especie de dulce muy parecido a las famosas yemas de Ávila. Mereció la pena porque el paraje es realmente precioso, de nuevo mezclando lo tradicional y la tranquilidad del jardín con el bullicio que se podía percibir de fondo donde los grandes edificios reinan.


Una de las vistas desde las torres del gobierno municipal tokiota
Tras el verde del parque nos fuimos hacia la Torre de Tokyo, una hermana de color rojo de la Torre Eiffel pero algo más alta y más moderna puesto que data de 1958. Sinceramente para lo que es el tema torres mucho mejor París. No subimos puesto que hicimos una nueva parada en las torres de las oficinas municipales en Shinjuku aunque con algo más de luz y vida inferior que en el día anterior y de nuevo pudimos disfrutar de unas más que impresionantes vistas. Tras las alturas volvimos a  la calle para pasear por el distrito, uno de los más activos, modernos  y comerciales de Tokyo. Su barrio de tiendas electrónicas, o barrio eléctrico (no confundir con la calle eléctrica), con enormes letreros iluminados nos dejan una de las típicas fotos tokiotas, o los típicos cruces junto a la estación de Shinjuku que por las mañanas concentran a miles de uniformados oficinistas que al cambio de semáforo se cruzan como hormiguitas en busca del hormiguero laboral. Por la noche es un derroche lumínico que le sirve para competir con el Time Square neoyorquino. La estación es la más concurrida del mundo y como la central da la sensación que se ha construido como excusa para poner en marcha un enorme centro comercial, claro que ninguno como el que visitamos por la noche para cenar: el Roppongi Hills en el distrito de Roppongi y que son varios edificios conectados con más de 200 tiendas, un montón de restaurantes, una emisora de televisión, un museo, unos cines, una cascada, una copia de la araña de Louise Bourgeois del Guggenheim bilbaino… necesitas casi de una guía para poder moverte por la zona.

Hoy es 6 de agosto, se cumplen 68 años del lanzamiento de la primera bomba atómica en Hiroshima donde dormiremos mañana tras pernoctar hoy en Nikko (ahora mismo vamos de camino). Con el recuerdo a todas las víctimas innecesarias de aquel episodio os  dejo  para disfrutar de las vistas desde el tren bala. Sayonara.

lunes, 5 de agosto de 2013

Fuji por aquí, Fuji por allí ¿dónde está el Fuji?


El monte Fuji es uno de los símbolos de Japón, este volcán de 3776 metros se puede encontrar en cualquier rincón del país en forma de postal, camiseta, grabado o forjado en hierro encima de un semáforo (adjunto imagen), especialmente ocurre en los lugares más cercanos a la montaña donde explotan su valor icónico a turistas tanto extranjeros como nacionales.
Como veis el Fuji también junto a un semáforo (aquí son semáforos horizontales)
Para ver el Fuji elegimos acercarnos a la localidad de Kawaguchiko, a casi dos horas en autobús desde Tokyo. Otra opción hubiera sido intentar ascender a la cumbre o a algunas de las estaciones intermedias del Fuji, pero en vez de realizar semejante esfuerzo nos decantamos por verlo desde un privilegiado mirador en una zona de lagos y bosques. Al menos eso pensábamos, sin embargo la realidad no fue como la imaginaba puesto que había mirador, había bosques, había lagos pero rodeados de esa especie de personaje que se repite en muchos lugares del mundo: los domingueros. Gente que va a pasar el fin de semana a una zona con agua o campo, con el coche monovolumen y la familia al completo. Me dio la sensación que Kawaguchiko es una ciudad muy apta para los domingueros que tienen la mejor de sus áreas en las zonas cercanas a los lagos. Con ellos, turistas (como nosotros) y veraneantes que para eso estamos a primeros de agosto hemos conformado el paraje humano del día de hoy en la zona.

El lago Kawaguchiko desde el teleférico
Los lagos, sobre todo cuando se alejan de la zona urbana, son de postal; lo eran hoy que hacía un día de poco sol y bastante nublado, así que debe ser impresionante la fotografía diaria cuando los rayos lleguen con mayor nitidez. Recorrimos dos de ellos con un servicio de autobús parecido al turístico de las ciudades, de esos en los que te puedes subir y bajar cuando quieras, claro que la frecuencia era bastante mala y no daba para muchas florituras. Interesante es la visita a alguna de las cuevas de lava que hay en la zona, en alguna de ellas se conservan grandes bloques de hielo que hace descender la temperatura hasta los cero grados. Menos mal que llevábamos los chubasqueros verdes de la “Escuela pública” que nos sirvieron para no quedarnos pajarito y poder aguantar el paseo subterráneo.
Las nubes no nos impidieron subir al mirador a través de un teleférico tuneado con personajes parecidos a los dibujos animados, ya en él había conejitos y osos de plástico y unos altares estilo sintoísta con más conejos en piedra, tras ver esto uno se plantea que igual Kipling tenía razón cuando decía eso de que los japoneses son un pueblo infantil. Esta anécdota no me separa de lo realmente interesante: la vista del Fuji. Pues bien, no lo vimos. Las nubes no nos dejaban ni intuirlo. Una pena.
Con esa espina nos fuimos de Kawaguchiko, pero ahí no acababa el día porque el trayecto de vuelta se hizo realmente pesado porque no anduvimos muy espabilados en elegir el día y el medio de locomoción para salir de la gran urbe, la inesperada operación retorno y los dichosos domingueros nos hicieron vivir desde dentro un atasco tokiota de unos cien kilómetros. Ahí es nada.
Sin embargo, no podíamos volver al hotel con un sabor de boca tan amargo. Ya que estábamos en la zona de Shinjuku decidimos subir a uno de los edificios más altos del lugar, las torres gemelas donde se encuentra el gobierno de la ciudad, vamos nuestro Ayuntamiento, y no puedo decir otra cosa que nos quitamos la espina. Una ciudad inmensa y espectacular a nuestros pies desde un piso 45.

sábado, 3 de agosto de 2013

De templos y dineros


Lo más importante para las religiones podrán ser los dioses, o similares, pero lo segundo más importante siempre es el dinero. Los templos de estas tierras, bien sintoístas o budistas, tienen en primera línea de altar un enorme cajón con ranuras para que el que allí llege pueda depositar su aportación económica a la causa. Después juntan las manos, agachan la cabeza, dan una o dos palmadas… pero la moneda que no falte. Lo he podido ver hoy realizando una de las actividades más interesantes de las que se pueden hacer en los alrededores de Tokyo, en concreto me refiero a la llamada ruta Daibutsu, un camino por zona boscosa en los alrededores de Kamakura (a una hora en tren desde Tokyo) en el que vas encontrando diversos templos y santuarios. Si encima acompaña el buen tiempo puedes decir que la jornada sale perfecta, y eso es justamente lo que nos ha pasado. El recorrido acaba en el templo en el que se encuentra el segundo Buda más grande de Japón, y que da nombre a la ruta, una enorme mole de bronce con 850 toneladas y casi once metros y medio de altura. Siendo interesante la última visita, no es a mi gusto lo mejor de lo que se puede ver, ni siquiera lo más curioso.
Daibutsu
Uno de los puntos intermedios del camino es el santuario sintoísta de Zeniarai-benten, el del Lavado de Dinero, en el que decenas y decenas de personas repiten un rito consistente en introducir billetes y monedas en un cestillo de mimbre y luego con una cazoleta echarles agua de uno de los cursos canalizados de agua que recorre el lugar. Eso supone, es lo que creen, que tendrán éxito económico. Vamos que alguno que yo me sé igual al oír eso del “lavado de dinero” se tiraría horas y horas limpiando y blanqueando. Claro que puede que no le dejen salir de Soto del Real o directamente prefiera Suiza y la ingeniería financiera.
Al principio de la ruta pasamos por el templo de Shokozan-Tokeiji que es el templo en el que se acogía a las aspirantes a ser divorciadas y donde los hombres perdían los privilegios. La historia del lugar se resume a ser un sitio en el que las mujeres obtenían el divorcio tras estar tres años allí, obviamente eso ya no ocurre desde el fin de la era Edo (1603-1867) y hoy no es otra cosa que un punto de visita y un cementerio rodeado de piedras con musgo dentro de un hermoso paraje natural. Buen lugar para reflexionar.

En el cesto un billete y con la cazoleta lavando dinero. No es Suiza es Japón.
Muy interesantes las visitas a los templos de Tsurugaoka Hachiman-gû, sintoísta, y de Kenchô-ji, budista, ambos ya fuera del camino Daibutsu y muy cerca de Kamakura. Del primero me resultó curiosa la zona de ofrendas en la que había una especie de estantería al aire libre con decenas de recipientes, tal vez hechos con tela de saco, pintados de forma exquisita junto a los que había otras ofrendas menos tradicionales como paquetes de aceite de sésamo o de cerveza, vamos, todo un tesoro teniendo en cuenta que aquí una cerveza normal puede costar unos 400-600 yenes (entre 3,5 y 5 euros). Del segundo templo destacaría la extensión, ya que es uno de los cinco budistas más grandes del país. Advierto que cuando hablo de entrar a un templo me refiero a entrar al recinto en el que hay varios edificios (templos, santuarios u otras dependencias), es como si entráramos a un monasterio románico y tuviera en su recinto ocho o nueve iglesias de distinto tamaño.
El paseo por las calles de la ciudad de Kamakura tuvo una interesante parada en un restaurante coreano y una leve visita a la playa local, era como estar en Benidorn pero con la muchachada japonesa alrededor aplaudiendo en un concierto o vete tú a saber qué podrían estar tramando en la oscuridad de una noche que no mucho más tarde nos veía entrar en Tokyo con ganas de descansar y de seguir preparando más aventuras.