domingo, 14 de agosto de 2011

Camino a la nariz Ibérica

Plano de los barrios lisboetas
Llevaba ya un tiempo con la idea de escaparme en solitario, de hacer un retiro no muy largo (que lo de la vida social y en sociedad me encanta) pero lo suficiente para desaparecer del verano madrileño totalmente cubierto por las actividades del JMJ. Como quise cuadrar el tema económico, el tiempo, la lejanía, el idioma y las ganas me decidí por Lisboa, capital de una Portugal que sufre como nadie los efectos de eso que llaman crisis y que, cada vez más, pienso que es una estrategia fielmente planeada para los ricos tengan más y los pobres estén más jodidos. El caso es que me escapo a Lisboa y me la imagino con la luz de sus atardeceres de siempre, y con su olor a estuario del Tajo. Con el estilo manuelino y las pastelerías. Con los tranvías trepando hacia el Castelo de San Jorge y la Torre de Belem vigilante.
Me imagino un país con sensación de haber participado en un casting de rehenes, en el que los atracadores van pasando uno detrás de otro: te suben un 15 por ciento el transporte, te quitan la mitad de la paga de Navidad, te multiplican por cuatro el IVA del gas y la electricidad... y todo para tapar agujeros y pagar créditos... ¡y a esto le llaman rescate!
No sé cómo estará Lisboa, si sentada y melancólica escuchando un fado, o empuñando claveles con la Grândola Vila Morena de fondo.

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