martes, 23 de agosto de 2011

Lo mejor, lo peor

Lisboa quedó más activa de lo que la saludé a mi entrada, entonces la calma reinaba en casi todas sus calles en día de fiesta a pesar de actividades deportivas y culturales. Ayer, lunes, la ciudad empezaba a moverse, especialmente en la parte baja de la Avenida de la Liberdade, junto a Rossío, en las calles de la Prata o Aurea, junto a la Plaça do Municipio... Hoy la ciudad se movía a golpe de acelerador y de ojeadores de escaparates. De bancos que empezaban a despertarse de un agosto que, como las finanzas del país, se ha tornado demasiado gris.

Lo que más me gustó de este viaje lisboeta:
-Ciudad Puzzle. Eso es Lisboa, un lugar formado por muchos lugares, por muchas piezas casi sin contacto pero que conforman un cuadro especial. El Baixo no sería nada sin el Chiado, Alfama no sería igual sin la zona del Castelo, Pombal no tendría valor sin la avenida que le une a Rossío. Pero cada pieza tiene un encanto por sí misma. Patear Lisboa es patear muchas Lisboas.

Una pieza del puzzle desde uno de los miradores

-La comida. Pescado como en pocos sitios, el bacalao es un escándalo, dulces exactacmente igual. Ponerse ante un simple plato de sardinas o ante el más sofisticado de los dulces es un lujo al alcance de todo el mundo en la capital portuguesa... y si se acompaña de un buen vino mejor.
-La Torre de Belem. Porque la añoraba, porque quería conocerla por dentro, porque vigila la ciudad y hace frente al enemigo que llega desde el Atlántico. Por sus esferas manuelinas y sus remates recordando a los árabes y a Marrakech. Es el más conocido de los símbolos arquitectónicos de Lisboa aunque no es el mejor, pero es que la tengo cariño.

Lo que menos me ha gustado:
¡Aquí podría vivir gente! (y así en muchos sitios)
-Tener fama de decadente es un punto, pero llevar la decadencia como señal de identidad es un vicio. Muchas casas en mal estado, edificios pésimamente conservados y muchos de ellos vacíos lo que hace que algunos grupos políticos y ciudadanos pidan con insistencia que se utilicen. Lisboa necesita que su eterna decadencia no se convierta en heridas permanentes en las rúas.
-El transporte es necesario para vivir en una ciudad como Lisboa pero es caro. La crisis ha hecho que los precios hayan subido aún más pero 2.85 por un billete de tranvía me parece excesivo, al igual que 1.75 por uno de autobús. Cierto es que hay combinados que lo hacen más barato pero un billete sencillo no puede ser sencillamente un atraco.
-Si eres andarín las cosa se pone complicada. Con las cuestas ya se cuenta ¡y son muchas! que las siete colinas dan mucho desí... pero los adoquines y mosaicos de calzada y aceras además de ser ya de por sí incómodos, muchas veces están levantados y parece que el mantenimiento brilla por su ausencia. Además los semáforos tardan muy poco en cerrarse. La vida del peatón es muy mejorable en Lisboa.

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