| Plaza de Figueira con un tranvía en primer término |
Amalia Rodrígues fue una fadista portuguesa y es una de las glorias nacionales del país. Ella cantaba los fados como nadie y se puede decir que puso las normas de cómo interpretarlos. Hoy estuve en los jardines que llevan su nombre, que no son otra cosa que un pequenho apartado dentro de los de Eduardo VII situados junto a la Plaça Marqués de Pombal. Desde allí se puede ver una maravilloso panorama de Lisboa en el que la Avenida de la Liberdade parece un tobogán que muere en el Tejo que queda al fondo.
Hoy disfruto de la última jornada completa en la ciudad puesto que manhana regreso a la realidad de Madrid y lo hago como siempre: pateando y parándome, disfrutando pausadamente del instante. Pasé por la plaça de la Alegría en el que había un diminuto mercado de artesanía, en uno de los cuatro puestecillos que había sonaba fado. Curioso un fado, generalmente tristón y melancólico, en la Alegría.
| Vista de Lisboa desde el Parque Eduardo VII. |
Fui al Baixo, la zona más turística en donde hice las compras que tenía previsto parándome en algunos rincones otrora desapercibidos, vi por tecera vez a un joven disfrazado de payaso tirando de su perro en busca de un lugar donde hacer malabares. Le vi triste, es un payaso triste que cuando interpreta da algo de lástima. Su cara está pintada a trozos y descolorida como si fuera la chaqueta de aquel payaso al que el detergente le ponía en ridículo ante otro companhero que usaba uno mejor (eso decía el anuncio).
El color lo pone Bollywood, que ayer por la noche me tragué una peli entera del género que tanto furor hace en La India. La pusieron dentro de unas jornadas que llaman "Lisboa en la rua" y diréis qué hacía yo tragándome casi tres horitas de película previsible, de mala calidad, en versión original y con subtítulos en portugués. Lo primero es que el lugar elegido es un sitio mágico dentro de la ciudad: bajo el arco de Augusta que es la entrada principal a la Plaça do Comerço, lo segundo era que los comentarios de algunas parejas espanholas que había a mi alrededor eran mejores que la propia proyección, lo tercero es que la famosa empresa de muebles que los vende a trocitos para que tú los montes puso unas cómodas butacas de plástico con un colorido cojín y se estaba de muerte sintiendo la brisa del Tajo... y, por último, porque me gustaba el cojín y pensé que igual te lo dejaban llevar. Error. Al acabar la función (sin aplausos, por cierto) un maromo que parecía un armario empotrado se dedicó a vigiliar si había alguien llevándose los cojines y pasito a pasito los iba guardando en una caja para evitar hurtos.
Hoy espero tener más suerte (con el espectáculo porque en lo relativo a lo del cojín renuncio) y en un par de horitas iré a ver un concierto en plena avenida. Después quiero hacer la despedida gastronómica y ya le he echado el vistazo a un par de sitios interesantes y a buen precio, y que además están abiertos en domingo.
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