domingo, 13 de agosto de 2017

El templo y el supermercado

Parvati es la consorte de Shiva, el destructor del universo para los seguidores del hinduismo. Es una de las pocas deidades femeninas que tienen un gran templo en su honor y está en Madurai, es el de Meenakshi Amman. En realidad Meenakshi es uno de los nombres por los que también se conoce a Parvati. La construcción actual data del siglo XVII, aunque se encuentra donde antes hubo otras con la misma finalidad, y cuenta con más de 30.000 esculturas. Esa cifra ya os puede hacer una idea de la ambición decorativa de los constructores. El templo realmente es un recinto compuesto por varios edificios y estructuras de entre las que destacan los torreones que marcan sus entradas, esas torres están repletas de relieves que son periódicamente policromados y son la principal atracción de la ciudad. Sería el equivalente en el sur a lo que es el Taj Mahal en el norte, y si os soy sincero a mi me ha causado mejor impresión, tal vez sea porque el día que vi la joya de Agra el sol jugaba al escondite y sin su presencia el edificio no puede formalizar la comunión dorada y casi perfecta entre belleza artificial y luz. El templo de Madurai está repleto de vida, al pisarlo (y lo pisas de verdad porque debes quitarte hasta los calcetines) entras en la dimensión paranoica y obsesiva de las religiones que se mimetiza con un pasar el rato con los tuyos, la gente va de un lado hacia otro depositando ofrendas en forma de ceniza o flores, hace cola para entrar en los espacios reservados exclusivamente para hindúes, visita el museo que hay dentro, compra recuerdos, comida o las propias ofrendas, se sienta en las escaleras que dan al lago de uno de sus patios. Parece que hacen allí la vida, por momentos parecemos estar en un parque de atracciones o un zoológico en el que un elefante, que habrá recibido muchos mandobles para ser debidamente adiestrado, te coloca la trompa en la cabeza en forma de bendición siempre y cuando le hayas dado un billete, así como os lo cuento: le das al elefante el billete, el paquidermo a su dueño y seguidamente te da un golpecito en la cabeza. Alrededor mucha curiosidad, algún llanto de los más pequeños, leves carcajadas y mucho dichoso selfie. De vez en cuando una especie de procesión simula el encuentro entre Meenakshi y  Shiva, te das cuentas de los parecidos razonables. Al salir estaba lloviendo y nuestros pies desnudos y cubiertos de agua hasta los tobillos dijeron adiós a uno de esos rincones excelsamente tocados por la belleza y la irracionalidad humanas.
Entrando al templo por la puerta norte

Niño aterrado a punto de recibir elefantina bendición.

Para mi Madurai también es un supermercado en el que presencié en varias ocasiones un sistema de gestión de recursos humanos tan poco operativo como estanco. El comprador entra al local, imaginen por ejemplo al que esto escribe deseoso de dos botellas de agua mineral de litro, busca en el estante correspondiente el producto deseado y lo deposita, guardando el debido turno, en la línea de caja donde se da cuenta que es línea pero no es caja, porque el chico o chica que le atiende le da el ticket con el precio de la compra pero no la compra. Después con el ticket tienes que ir a un mostrador donde un señor examina el documento, te cobra (las dos botellas eran 35 Rps o 45 cts al cambio), te sella en dos ocasiones el papel y tacha en un cuadrante repleto de números el correspondiente a la operación realizada (vamos, eso creo yo), luego hay que volver a la línea de "no caja" para que el chico que te ha atendido revise otra vez el ticket, lo vuelva a sellar por dos veces, te meta la compra en una bolsa y te de tu ticket y las gracias con el gesto tan indio de movimiento lateral de la cabeza. No contentos con eso, antes de salir y en un nuevo mostrador, otro señor te pedirá el justificante debidamente sellado (recordad que son cuatro veces ya) para revisarlo y perforarlo con un rústico taladrador de papel similar al sacabocados de los zapateros para que quede claro que ya no puedes usarlo para intentar engañar a tal maquiavélica telaraña de operarios. Si tenemos en cuenta que hay varios puestos de cobro, varias líneas de "no caja" con diversos mozos en cada una de ellas, unos cuantos empleados cerca de los estantes (digo yo que para reponer) y un número indeterminado de personas apoyadas permanente en los mostradores que no se mueven de allí bien por dar palique, bien por tener algo que ver en el negocio, la suma de gente que está para no comprar supera de largo la veintena. Una manera como otra cualquiera de generar empleo y usar la psicología: si ves un sitio lleno es que es bueno.

Salvo el muchacho de barba, el resto trabaja en la frutería del supermercado, a la derecha
la "no cajera" orgullosa de ser la más guapa. 

Colindante al supermercado está la frutería, en este caso atendida básicamente por mujeres pero con el mismo sistema, allí a uno de nosotros se le ocurrió decir a una "no cajera" que era muy guapa, ella totalmente orgullosa se lo espetaba con risita tonta y sin disimulo a sus compañeras "el turista me ha dicho que soy muy guapa", las otras con cara de envidia de las malas de Bollywood refunfuñaban. Hubo que intervenir para que constara que todas eran guapas. Dio igual "a mi me lo ha dicho primero, a mí me lo ha dicho primero,..." Todo en correcto tamil, idioma que como supondréis domino a la perfección.

sábado, 12 de agosto de 2017

El botones del bigote y la sonrisa perpetua

Se llama Mutú y es el botones del hotel de Madurai donde nos hospedamos. No pude escribir esto antes porque el wifi nos ha funcionado regular y había otras prioridades como la de ver los maravillosos templos locales o conocer calles de una verdadera ciudad india en la que los turistas extranjeros somos rara avis. Aquí la gente te quiere ayudar, los establecimientos son más auténticos y, a pesar del calor (afortunadamente seco), los paseos se hacen agradables dentro de la limitada escala que tenemos los blanquitos para medir el confort. Obviamente el bullicio no para en Madurai y más ayer que fue festivo y la gente sale a la calle para celebrar el día junto a los templos.
Pero os hablaba de Mutú. Al entrar al hotel, y os aseguro que no entramos con buen pie, vi en él gesto de buena persona, al principio lo asocias a la profesionalidad de un botones que trata de agradar para obtener propina, después cuando la sonrisa se mantiene y el gesto nunca se tuerce a pesar de la ausencia de "tips" te das cuenta de que hay algo más que interés legítimo. Mutú en el hall de entrada del hotel ve a los clientes como la gallina que tiene que cuidar de los pollitos pero de forma discreta, milimétrico en los gestos, totalmente alejado de sus colegas de profesión que confunden sequedad con respeto o que llevan la pomposidad de sus uniformes hasta la máxima expresión; él lleva el suyo, aclimatado al país en el que estamos,  Mutú podría dirigir el hotel siendo un botones solo con su mirada de buena persona, su sonrisa de humanidad y el inevitable sentido común que emana de cada uno de sus actos. Da igual que sea encender el ventilador junto al sofá en el que te has sentado, o quitarlo cuando te vas, o llevarte el papel higiénico (que buena falta hace cuando el picante hace efecto), o llamar al tuctuc. Da lo mismo. Está y no se le ve hasta que necesitas algo. Hubo un momento de cierta tensión que presencié, los encargados de recepción parecían bloqueados pero Mutú dijo dos o tres cosas, siempre al oído de sus superiores y éstos ya sabían lo que tenían que hacer, servía con hacerle caso. Y ahí sigue él sin sus medallas, pero creciendo de forma incontestable.
Albondiguilla con gafas y Mutú.
Hace un rato me acerqué a él, le pedí con cierto disimulo que se hiciera una foto conmigo, él sonrió y me dijo "after" porque andaba llevando maletas a otros clientes. Cuando pudo se acercó, le dije en mi inglés casi inexistente que en su ojos había visto que era buena persona, lo agradeció sin estridencias, posamos: yo con cara de albóndiga con gafas y él mitigando la sonrisa para dar aire de prestigio al momento. Le di propina, sé lo que cuestan determinadas cosas aquí y lo que unas rupias pueden ayudar, lo agradeció pero no me equivoco si digo que si no le hubiera dado nada me hubiera vuelto a sonreír y seguiría siendo Mutú, el botones de bigote con sonrisa perpetua.

martes, 8 de agosto de 2017

LisGoa

Eran casi las siete de la tarde y hasta entonces habíamos aprovechado perfectamente el día recorriendo Old Goa, la ciudad donde se concentran los edificios católicos más importantes de toda la India, un grupo de iglesias que conforman un exquisito y curioso lote patrimonio de la humanidad. La antigua capital de esta región cuando era portuguesa ya no es lo que fue, de hecho desde mitad del siglo XIX perdió la condición capitalina a manos de Panaji, un siglo antes el cólera y la malaria fueron despoblando un lugar que hasta entonces tenía más habitantes que Lisboa e incluso que Londres. La Basílica del Bom Jesus, la Sé o Catedral (edificio católico más grande de Asia), iglesias como las de San Cayetano y San Francisco de Asís, conforman un conjunto que hace que el lugar reciba el pretencioso nombre de "la Roma del Este". Desde el templo Nuestra Señora de la Montaña se puede contemplar la exuberancia vegetal mezclada con la religiosa, esta última sale perdiendo ante el despliegue tropical de la naturaleza.
Las iglesias de Old Goa rodeadas de la inmensidad de la naturaleza.
También habíamos visto una plantación de especias donde nos explicaron cómo eran los árboles y plantas que dan origen al clavo, canela, vainilla, café o cardamomo. Una interesante turistada muy bien organizada que incluía la comida, intensos olores y muchos sudores. Entramos en templos hindúes en los que se veneraban a deidades regionales y sin presencia en otros lugares. Parecían recién hechos, con un color blanco como el de las tartas de boda, y es que lo eran porque eran reconstrucciones de otros más antiguos, algo que se explica por la obsesión portuguesa de borrar la competencia al catolicismo. Y eso en la India es complicado.
Sonia Sirshat en pleno ensayo, el público al otro lado de la cortina. 
Pero casi eran las siete. Faltaban ocho minutos para ser exactos. Estábamos paseando por el barrio de Fontinhas que es donde nos hospedamos y que junto al de Altinho conforma el conjunto más original de Panaji. Las casas, algunas extraordinariamente pintadas, tienen puesto el apellido de sus dueños, apellidos portugueses que dan al lugar un toque muy cercano para nosotros, vecinos de una Portugal que siempre suele tratar bien al que a ella se acerca. Un señor hacía ejercicios con un violín mientras buscábamos una escalera para ir a la zona alta. Pasamos delante de un callejón que nos atrapó porque de él salía una voz potente y melódica que regalaba un fado al viento y a nuestros oídos. Sin saber si era una realidad o un cd nos adentramos hasta encontrar una puerta semiabierta junto a la que unos azulejos indicaban que los de allí se apellidaban Meneses. Una mujer morena salió a nuestro encuentro y nos explicó "estáis escuchando a una cantante de Fado, la mejor de la India", valdría con haber dicho que era la mejor de Goa o podría haber dicho que era la mejor de Asia (Macao?). "Pasado mañana canta en Margao y está ensayando, podéis pasar", y pasamos. Un par de sillas y un banquito en el vestíbulo de entrada fueron nuestras butacas, detrás de una cortina se abría un cuarto de estar, de frente estaba la fadista rodeada de tres guitarras (una de ellas portuguesa), una muchacha retiró la cortina para que viésemos mejor porque oír mejor era casi imposible. Estábamos ante una de esas sorpresas inesperadas con las que un viaje te soborna para que nunca te olvides de él. Sonia Sirshat nos cantó parte de su repertorio durante 40 minutos, tristeza y melancolía en un callejón de Goa que bien pudiera haber sido un rincón de Lisboa.


lunes, 7 de agosto de 2017

El valor de tener una lavadora

Estamos en Goa, aquí las palmeras y demás vegetación nos ha devuelto el verde a los ojos. El pasado portugués, muy reciente puesto que los lusos se fueron en 1961 de la región, se nota en muchas calles que se llaman ruas, en los nombres de esas mismas vías o de los comercios: Fernandes, Teixeira, Bento,... Aquí las farmacias se llaman farmacias y en muchos restaurantes y licorerías se vende oporto. Sus edificios, de colores los mejor conservados, nos trasladan al mismísimo Brasil colonizado o nos transmiten la misma decadencia de la Lisboa más melancólica (bueno, sin pasarse). El mundo hippie encontró en Goa un paraíso, ahora a partir de noviembre es un nido de turistas locales y extranjeros que buscan playas y buena vida. También los hay que se enganchan al juego porque en el lugar se instalan varios casinos. La capital del estado es Panaji y en ella nos encontramos hospedados en una preciosa y bien cuidada casa histórica que recibe la denominación de hospedería. Ya hemos probado el pescado (hemos abandonado la propuesta de hacernos vegetarianos) y conocemos el mercado principal, las calles de la zona nueva donde la arquitectura se afea y aparecen tiendas muy occidentales, y la catedral, herencia de la semilla cristiana que dejaron los portugueses.

Mercado de Panaji: frutas, verduras, especias,...

Aquí hay muchas motos, por la noche hay calles en las que el espacio para que pase un coche es mínimo porque a un lado y a otro las motos se aparcan en batería haciendo que las aceras queden incomunicadas de la calzada. Lo de tener una moto no es baladí, en la India es sinónimo de posesión valiosa, incluso si eres dueño de una, además de un frigorífico y una lavadora, ya estarías excluido como receptor de ayudas sociales. Lo mismo ocurre si puedes permitirte un coche o un simple equipo de aire acondicionado. Saber que en muchas ciudades la mitad de la población podría recibir, otra cosa es que lo haga, esas ayudas no deja de poner a cada uno en su sitio, y lo digo en primera persona del singular. Valorar lo que se tiene no está reñido con el conformismo y es un ejercicio sano, como también lo es asumir que las prioridades propias pueden estar muy alejadas de las ajenas.

Transporte escolar.

domingo, 6 de agosto de 2017

Descubriendo rincones

La revolución industrial del siglo XIX y sus consecuencias han convertido al ser humano en dioses de sí mismos. Hoy somos reflejo, ciertamente algo lejano, de aquellos que fueron capaces de moverse cientos y cientos de kilómetros sin necesidad de energía animal y que empezaron a conectar mundos,  en muchos casos con el propósito malintencionado de hacer notar en los otros la superioridad tecnológica propia. La arquitectura de entonces nos deja templos dedicados a esas nuevas deidades y en Bombay los ingleses construyeron la verdadera catedral de los ferrocarriles a la que llamaron Estación Victoria. Como es lógico no se trataba de poner un altar al caballo de hierro, era algo así como un "aquí estoy yo" o un "mira qué grande soy, indio". Por eso no es de extrañar que, como ha pasado en otros casos, los indios ya independizados hayan cambiado el nombre al edificio y ahora se denomine Chhatrapati Shivaji Terminus. Sin embargo, sigue siendo el más grande de estilo neogótico victoriano no religioso del mundo en el que gárgolas, arcos, vidrieras, torreones, rejas... te transportan por los raíles de la imaginación al mundo de Harry Potter, eso sí con toques muy indios como la representación de las castas en algunas de sus esculturas. La Universidad de Bombay, la Corte Suprema de Justicia, la Escuela de Arte y arquitectura o los colleges de Dadabhai Naoroji Road son pistas muy reales de la grandeza urbanística que los ingleses quisieron dar a la ciudad.
                                       Mirada India con estación de fondo.                                                

Hoy es domingo y algunas actividades están a medio gas, una de ellas es el comercio. Muchas tiendas de los bazares callejeros estaban cerradas y los puestos del mercado Crawford tenían menos afluencia de lo habitual, por eso los vendedores se cebaban con nosotros que éramos los únicos turistas del lugar. Ha sido el único sitio de Bombay, junto con la Puerta de la India, en el que me he sentido perseguido hasta el cansinismo, sin embargo la ciudad nos ha tratado bien, como si fuéramos elementos necesarios de un cosmopolitismo orientalizante. 
La visita al mercado de pescado, poco activo porque llegamos más tarde de las 11, nos dejó un olor más que profundo y muchas ganas de hacernos vegetarianos temporales. Pero el lugar más curioso de la jornada ha sido la mayor lavandería humana del mundo: Dhobi Ghat.

El lavadero de los Dhobi.
                                                    
Los Dhobi pertenecen a una subcasta de los intocables y su tarea principal es la de lavar ropa, para ello todos los días se juntan en un lavadero, alquilan su correspondiente piedra y dejan las cosas como los chorros del oro usando sosa cáustica, luego tienden sin usar pinzas porque agarran la ropa a las trenzas de la cuerda. Hoy apenas había puestos activos, pero la imagen de la ropa tendida (sábanas posiblemente de hospitales y todo tipo de prendas) y la atmósfera del lugar nos dejó la sensación de estar en un rincón regido por otro reloj. Y si no deja de ser medieval la división de castas, legal pero existente, más lo es cuando solo lavan hombres.
 Puesta de sol junto a la bahía.
                             
Domingueros, playeros y de Bombay.

Por las tardes, y más si es domingo, muchos bombaitíes se van a Marine Drive, algo así como un paseo marítimo al que se asoman para ver la puesta de sol y pasear en familia o se hacen fotos con la ciudad de fondo. La calle rodea la Back Bay y se llena de coches, muchos de ellos camino a la playa... y allí que fuimos. A pesar de la toxicidad del agua de la que advierten las guías turísticas decenas de chicos y alguna chica se refrescan con la ropa puesta. Otros se sientan en la arena o bien se acercan a los chiringuitos a cenar sentados en taburetes, en bancos corridos o descalzos en unas esterillas a modo de nuestras terrazas... y allí que cenamos siendo la atracción, no es fácil encontrar a europeos haciendo esos "sacrificios". Un placer compartirlo.
Mañana dejamos la ciudad y hemos encontrado su encanto (y bien que lo tiene), sigue sin ser el paraíso de la canción, pero no deja de engancharte porque no deja de sorprenderte. Como siempre que llega el adiós a las grandes ciudades, hoy puedo decir eso de "soy (un poquito) bombaití". 

Bombay, muchas indias.

Bombay, ciudad fantasma.
A Bombay (oficialmente Mumbai) le recubre una sobrecogedora nube que la convierte en un fantasma si te alejas por el mar, esa sensación he tenido hoy cuando el barco que nos ha llevado a la Isla Elefanta empezó a surcar las aguas. La bruma, el calor y la pésima calidad del aire nos regaló la imagen de un sky line indefinido y borroso, es como si olvidáramos de un plumazo la civilización y quisiéramos cambiar de mundo buscando un escenario diametralmente opuesto a las calles llenas de actividad urbana.
Bombay, ya de mañana, se nos había mostrado sorprendente, siempre con la mezcla como protagonista. Colleges tan británicos como los  británicos, iglesias católicas tan católicas como las ibéricas, pobreza tan pobre como la de los últimos de la última casta y riqueza como la de la élite más asquerosamente insoportable. Entre la historia y la economía se han encargado de pulir una sociedad perversamente compleja en la que puedes pasar en un abrir y cerrar de ojos de un slum al hotel Taj Mahal, un emblema de la ciudad, repleto de mármol y platas, con tiendas de lujo ofensivo y ceremoniosidad en el trato a la clientela. Allí se hospeda una India que, como buena imitadora de lo occidental o foráneo ultradesarrollado, se pone el antifaz para no ver a la hermana que pasa penurias.
En un edificio universitario los muchachos hacían cola para echar su matrícula, los vimos varias veces porque recorrimos varios bancos en busca de cambio. Los muchachos (y muchachas) miraban los papeles con ilusión, en las oficinas bancarias se amontona personal sin más función que la de mirar o estar por ahí. Otras dos indias, la que se ilusiona y la que no quiere cambiar.
Conseguimos cambio en una oficina de viajes en la que pedir la vez consistía en que un señor con una escopeta te mandara sentarte y luego te ordenara acudir a uno de los mostradores, entre turno y turno toqueteaba su móvil como todo hijo de vecino obviando la presencia del arma que sostenía más por inercia que por otra cosa. El pésimo cambio y las dichosas comisiones solo se entienden como necesidad de repartir beneficios con escopeteros y demás fauna.

Mono inspector de basuras.

A la Isla Elefanta se tarda una hora en llegar, recibe el nombre por las esculturas de elefantes que descubrieron al llegar a ella los portugueses, ahora hay muy pocos habitantes, parece que una comunidad de pescadores y algunos comerciantes dedicados al turismo viven en ella. Si Bombay tiene solo un 3% de zonas verdes, la isla por momentos se hace salvaje y ofrece una vegetación  espectacular (más contrastes); sin embargo, son sus templos cueva con relieves de unos 1000 años de antigüedad los que suponen el mayor atractivo del lugar, destacando la escultura de Trimurti-Sadashiva, una imagen que representa a las tres deidades principales del hinduismo. Hermoso lugar que tiene precio: 30 rupias para los indios y 500 para los foráneos. También pudimos ver un par de cañones, ya sin uso, situados estratégicamente para la defensa costera y decenas de monos muy avispados para quitar cualquier cosa a los descuidados turistas y si no consiguen su botín ya rebuscan en la basura botellas o cualquier otro premio.
Después del barco de vuelta tocó comer o cenar (?) y lo hicimos en un restaurante local. Sí, aquí todo (o casi todo) pica, os lo aseguro, pero mereció la pena: el arroz con verduras diversas, las salsas (todas en sus justa medida) y, especialmente, las pakoras saben a gloria.


Mañana toca seguir en esta India que son muchas indias.

viernes, 4 de agosto de 2017

Bombay no es un paraíso

Bombay no es el paraíso de la canción de Mecano. Apenas llevo unas horas en la ciudad y ya me he dado cuenta de ello, el tráfico y la contaminación dejan el suspiro de Ana Torroja en un quejido constante en forma de claxon de vehículo. Bombay es, como toda urbe monstruosa, una amalgama de olores, sonidos y colores, y eso que solo la he visto de noche porque el vuelo que nos debería haber traído de Delhi nos dejó en tierra y la alternativa más honrosa partía 4 horas más tarde.
Hemos cruzado la ciudad en taxi y de norte a sur, una curiosa experiencia del mundo al revés que diría Galeano: el norte es más pobre que el sur. Primero vimos las chabolas, después algo un poco más arregladito y, por último, la zona de Colaba donde el turismo (poco en realidad) se mezcla con los autóctonos menos autóctonos. Eso sí, los pasos de cebra son pura decoración salvo aquellos en los que un guardia hace que el código de circulación sea una orden.
Orden, justo lo contrario de lo que aquí hay. Resulta curioso encontrar en un periódico La foto del primer ministro indio con la canciller Merkel bajo el siguiente titular: "India y Alemania: hechos el uno para el otro". Doña Ángela no duraba aquí ni un cuarto de hora, o tal vez prefiera esto al orden natural teutón. Igual sería su paraíso.
Camino al sur (de Bombay).