lunes, 4 de septiembre de 2017

Kandy: un diente y mucho té.

Vistas desde el Museo del Té en Kandy.
Kandy no es el nombre de una niña, no tiene nada que ver con esos famosos dibujos animados que marcaron a parte de mis compañeras de generación. La Kandy de la que os hablo no tiene pelo rubio con tirabuzones, sin embargo posee un diente archifamoso que es una de las principales reliquias del budismo.
Kandy es una ciudad que se encuentra en el interior de Sri Lanka, muchos la definen como la capital cultural del país y uno de los lugares más importantes para los seguidores de Siddharta Gautama. Todo ello porque tiene un enorme espacio religioso en el que se encuentran varios templos, entre ellos en el que parece que se guarda el famoso incisivo. Eso dicen, porque verse lo que es verse nada de nada, incluso si realmente está el pobre andará mareado de tantas vueltas que ha dado: que si lo encontraron en la pira funeraria, que si lo llevaron para acá, que si lo quitaron, que si lo volvieron a traer, que si los portugueses en su afán por imponer el catolicismo lo quisieron machacar, que si se evitó, que si ahora está en un cofre en el templo o que si no es verdad porque lo que hay es uno falso y el verdadero lo tienen a buen recaudo para evitar sustracciones, aunque tratándose de un diente, habría que decir mejor extracciones. Vamos, que si unos tienen la sangre de San Pantaleón o el brazo incorrupto de Santa Teresa, dando valor religioso al hematólogo y al traumatólogo, aquí le dan a la odontología sagrada.
Exterior del santuario principal del Dalada Maligawa.

Uno de los espacios del templo del diente de Buda.
El Dalada Maligawa, que así se llama el complejo, está repleto de gente que lleva ofrendas florales para honrar al piño de Buda. En las horas punta se camina apretujado, emulando los peores transbordos en los peores momentos del metro de Madrid. No solo se trata del diente, también hay espacios dedicados a Natha, Visnú o Pathini, e incluso a un elefante sagrado que murió hace unos años y que tienen embalsamado. Espacios abiertos se mezclan con los cerrados, en los primeros hay que tener cuidado con los monos que no entienden aquello del "no robarás" ni estando en un templo de tanta alcurnia dental, por tanto hay que estar ojo avizor a sus movimientos y a no dejar las flores aparcadas porque los pequeños simios te las levantan como el famoso vaquilla hacía con el 14-30. Dicho esto, no puedo decir que el espacio me encandilara (enKandylar, siendo original en los juegos de palabras) por su belleza, pero sí por el valor sociológico de la visita, por estar observando un momento de religiosidad tan intenso como equiparable a los besos a un trozo de mármol en la Basílica del Pilar o al toquecito que desgasta el pie de San Pedro en el Vaticano. Tampoco puedo decir que no haya rincones sorprendentes: tejados y columnas de madera que contrastan con otros espacios más anodinos, la cubierta dorada del santuario donde está el diente o algunas de las piezas de madera y orfebrería que forman parte del museo principal.
Esquema con las distintas variedades de té.
A unos tres kilómetros de Kandy, tras hacer una importante subida, llegamos al Museo del Té que, como suponéis, es el principal producto que exporta la antigua Ceilán, y lo hace desde hace más de un siglo y medio cuando los ingleses reconvirtieron el lugar en la mayor plantación del mundo, aprovechando las alturas del interior de la isla y el valor emprendedor, que diríamos hoy, de James Taylor y Thomas Lipton (el segundo os suena fijo... pues ese, el de las bolsitas de té). La antigua fábrica del primero se ha convertido en un ameno espacio en el que se suceden los distintos útiles que sirven para analizar el proceso que va desde la recolección de la planta hasta el consumidor de tan famosa infusión. Zonas de secado, máquinas para cribar, armarios para guardar las distintas variedades,... todo ello explicado en un correcto inglés. El recorrido culmina en la planta superior con unas extraordinarias vistas y con un presente muy predecible: una tetera repleta de té local que nos deja listos para la siguiente aventura.

Paseando por Galle

Murallas, océano, cielo,...
Galle juega a ser una perla con forma de istmo amurallado. Ya en el siglo VI era un importante puerto, después portugueses (siglo XVI) y holandeses (siglos XVII y XVIII) la transformaron en una fortaleza casi inexpugnable con una doble muralla que envuelve a un conjunto urbano catalogado como Patrimonio Mundial. Los ingleses acabaron quedándose con el enclave y con toda la isla, desde 1802 hasta 1948 formó parte del imperio de la Pérfida Albión.
En la parte norte del cogollo histórico se extiende la ciudad nueva, un espacio que nada tiene que ver con la península fortificada, un estadio de críquet se convierte en frontera entre las dos zonas, podríamos decir que en este caso el norte vive del sur, porque el turismo se ha convertido en la ocupación principal de la ciudad. Desde hace varias décadas, Galle era parada de muchos hippies que hacían de su vida un viaje constante, hoy el dinero extranjero hace de la ciudad un catálogo de casas extraordinarias, verdaderos ejemplos de portada de revista de decoración, en las que se combina la estética de la tradición con muebles de maderas nobles, espacios diáfanos y con altísimos techos que se presentan al paseante con las ventanas abiertas, tal vez con la intención de estallar el termómetro de la envidia. El espectáculo en la noche de Galle consiste en pasear por sus calles poco iluminadas y parar junto a las viviendas que se abren a los ojos, solo a los ojos, del viandante. Ese Galle que está muy lejos del Galle del norte, e infinitamente alejado de la mayoría del país, es un espacio absolutamente artificial y en el que por el día te indica dónde estás solo con entrar a sus tiendas de artesanía o de ropa y mirar los precios del género expuesto. Galle es una burbuja que tiene una hermosa capa envolvente en forma de muralla construida inicialmente por los lusos y después por los holandeses, la fortaleza está en un estado impecable y tiene unos tres kilómetros de longitud que se recorren a pie disfrutando de la tranquilidad y del Índico que se hace infinito cada vez que alzas la vista. El paseo está salpicado de paradas en los diferentes bastiones, algunos con maravillosos nombres como Sol, Luna, Aurora, Tritón o Neptuno, y en algunos edificios adosados a la muralla como el antiguo hospital o el Museo Marítimo. En el entramado de calles surgen, además de las ya referidas casas, un par de iglesias con sabor holandés y hoteles para gente de bolsillos profundos.
Las rocas frenan al Índico, calma en la playa. Mientras, unos novios se someten a una sesión fotográfica.
Mientras paseábamos sin rumbo nos encontramos con diversas sesiones fotográficas de futuros esposos, algunas aprovechando los cuidados rincones de sus calles, otras la energía de las aguas chocando contra las rocas... y es que por un momento Galle pareció un decorado. Lástima que, a veces, no sea más que eso.

miércoles, 30 de agosto de 2017

Un viaje en tren (Colombo-Galle).

Vegetación en la ventana.

Nos alejamos de Colombo en un tren casi puntual que había llegado repleto a la estación de Fort. Hubo que hacer un ejercicio de rápida estrategia para lograr asiento y no pasar las casi tres horas de viaje hasta Galle de pie y agarrado para que el traqueteo no te haga perder el equilibrio. Llueve y el calor se aguanta aunque se cierren las ventanas, ahora los ventiladores hacen correctamente su trabajo. De vez en cuando una mujer esquiva viajeros en el pasillo yendo de un lado a otro cantando y pidiendo dinero, lo hace con las manos marcadas por la lepra y la vida por el dolor. A la izquierda de nuestro sentido vemos calles y casas, a la derecha las construcciones se alternan con el océano y la vegetación. Cuando la lluvia afloja se suben las ventanas.

Mirando al mar desde el tren.
Mi sitio da al pasillo y miro a la contra del sentido de la marcha, frente a mi un señor somnoliento y de 60 años sostiene una bolsa de plástico desgastada por el tiempo, en su tez oscura clarea la plata de las canas, en su muñeca izquierda un reloj morado y azul le da un toque estrambótico; una camisa, el dhoti y unas chanclas son su indumentaria. Pegado a nosotros un matrimonio ocupa los sitios de la ventana, ella con cara seria habla con su esposo, han comido algo en el tren y después él ha aprovechado para tomarse un cargamento de pastillas. En el otro lado una niña clava sus ojos en el mar. Vuelve a llover y el ciclo ventana abajo-ventana arriba vuelve a empezar.

No hay asientos para todos.
Un grupo de jóvenes se sientan cerca, tendrán unos dieciséis años, por edad podrían ser mis alumnos en cualquier instituto. Hay dos parejas que se turnan, una se sienta mientras la otra se va al espacio que hay entre vagón y vagón para pegarse el lote, en un catálogo de recomendaciones para viajeros leímos que las señales de afecto en público son mal vistas en la zona, pero los trenes siempre han tenido una estrecha relación con la libertad. La pareja que descansa en el banquillo aprovecha para sacar chucherías y enseñarse dibujos, le echo el ojo a uno en el que aparece un karateka. Miro al chico, presumible autor, con señal de aprobación y una sonrisa que me devuelve con cierto rubor. Es difícil quitarse el uniforme de profesor.
La única que no forma parte de las parejas tal vez sea un año mayor, está algo gordita y lleva una enorme caja de cartón que bien pudiera contener una tarta de cumpleaños, teoría mucho más viable que la posibilidad de que fuese una pamela como las que se usan en Ascot. 

Más verde.
Las paradas se van sucediendo y el vagón va perdiendo, poco a poco, viajeros. No hay asientos vacíos pero los pasillos ya no están atestados; eso sí, han subido algunos turistas que como nosotros buscan llegar a Galle por el menor precio (el billete apenas nos costó un euro). Los jóvenes se bajan y les sustituyen dos mujeres con un quinteto de niños, dos de los varones llegan corriendo para estar junto a la ventana, las niñas son más tranquilas y formales, una parece llevarlo de serie, es la más mayor y a veces hace la tarea de tranquilizar a los otros. La más pequeña nos mira, los blanquitos somos una atracción; la miro y juego a hacer tonterías para obligarla a reír. Lo logro por partida doble porque la madre también se percata de la gracia. Falta poco para el destino y para evitar las prisas, bajamos las maletas y nos preparamos.
Final de trayecto, Galle nos espera.

martes, 29 de agosto de 2017

Colombo, donde los coches te dejan pasar.

Mercado de frutas y verduras en Pettah (Colombo).

Y cambiamos de país. Dimos un aéreo y rápido salto desde la capital de Kerala hasta la ciudad más importante de Sri Lanka. Colombo no es la capital de la antigua Ceilán, pero sí su epicentro económico y tiene unos 800.000 habitantes, siete veces más que el centro político del país que es Sri Jayawardenapura Kotte. Fue subirse a la furgoneta, taxi ilegal como rápidamente nos daríamos cuenta, que nos trasladó del aeropuerto al hotel y entender que estábamos en un país con una diferente forma de vivir la relación entre coches y el resto del universo. En Colombo, y por extensión en Sri Lanka, existen semáforos y se les hace caso, los pasos de cebra son pasos de cebra de verdad, se ven menos motos con tres o más ocupantes y los que las usan entienden que el casco es una medida necesaria de protección. Era imposible no comparar con el gran vecino del norte.
Desde el aeródromo al centro de la ciudad hay algo menos de una hora si vas por una autopista de peaje, conforme te vas acercando toma cuerpo la silueta con un pequeño ramillete de edificios de relevante altura y su torre de comunicaciones, aún sin finalizar, que recibe el nombre de Lotus Tower. El lago Beira atempera un paisaje de bloques anodinos y sin mucho sentido estético, salvo algún edificio oficial con influencia colonial. Portugueses, holandeses e ingleses han controlado el territorio esrilanqués, no es de extrañar por tanto huellas arquitectónicas, lingüísticas o de otro tipo de esa presencia.
La zona sur del puerto es la más activa, en ella se encuentran los barrios de Fort, que es el verdadero centro económico-administrativo, y de Pettah donde el comercio es el rey con decenas de puestos y tiendas de ropa, calzado, juguetes, telas,... También está el llamado Museo Holandés, una antigua casa colonial que desde 1982 se abrió como museo para explicar la influencia neerlandesa en el lugar. Desgraciadamente lo están reformando y no lo pudimos visitar. Sin embargo, el bullicio de esas calles repletas de gente que porteaban mercancías, de compradores en busca de lo necesario e innecesario, con ausencia de turistas, nos dejó la sensación de ciudad muy viva. El paseo por Pettah lo acabamos en su mercado de frutas y verduras, una verdadera explosión de color y olor, con los productos, algunos desconocidos para nosotros, perfectamente ordenados y sensación de amabilidad más que de atosigamiento por parte de los tenderos.
Por la tarde, la lluvia nos recordó dónde estábamos y nos pilló de lleno. Daban igual paraguas y chubasqueros, en esas circunstancias es mejor pasarse al enemigo y mojarse sin ninguna prudencia. Tras una buena comida y el regreso de la calma meteorológica nos fuimos a ver la playa.
Cometas y bandera: playa de Colombo.

Paseo playero con sari.

El mar hace a la gente feliz y Colombo no iba a ser menos. La vida en la especie de paseo marítimo o directamente en la arena se llena de placidez y sonrisas, jovialidad hasta en la gente mayor que disfruta de la brisa como antídoto del calor y la humedad que reinan cuando el sol aprieta. Los niños jugaban a no ser atrapados por los restos de la espuma del último golpe de la ola, los mayores ejercían el control sin presumir de él dentro del agua, sabedores posiblemente de las corrientes traicioneras que se esconden en los límites del Arábigo y el Índico, unos y otros surcaban los vientos con decenas de cometas. Nada de ropa corta de mujer, un concepto que se mueve entre la indecencia y el delito, pero nadie se escandaliza de ver el torso desnudo de un hombre. La tradición y el puritanismo se ceban con las mujeres. En los puestos de comida, algunos casi restaurantes a pie de playa, trabajan verdaderos meteorólogos que conocen perfectamente el ritmo de las lluvias, miran al cielo y deciden en pocos segundos si hay que coger o no los plásticos para tapar el género, las mesas o los mostradores, saben que por estas fechas casi siempre se trata de unos minutos, el chaparrón y el descanso. No fallaron y tras verles preparar el tinglado para no sufrir la tormenta, empezó de nuevo a caer agua como si no hubiera un mañana. Algunos buscaron los edificios del otro lado de la calle, otros los coches, nosotros tuvimos la suerte de encontrar un hueco bajo un improvisado toldo de madera y plástico en el que las gotas hacían un ruido amenazante, pero solo era eso, ruido, nada más que ruido. Volvieron unos tímidos rayos de sol y Colombo nos regaló un arco iris maravilloso. Se hizo de noche y nos acostamos con la sensación de que aquella parada que parecía innecesaria porque las guías turísticas y los foros de internet dicen que la ciudad no tiene nada, no había sido inútil.
El arco iris se deja ver en Colombo.

sábado, 26 de agosto de 2017

Por tierras de Kerala

Tres días y cuatro noches son poco tiempo para conocer un lugar como Kerala, pero sí sirven para dar unas pinceladas de un estado que, como quedó dicho anteriormente, ofrece cierta diversidad con respecto a otros territorios de India. Ya hablé de la cuestión política y del peso que tiene el comunismo en la región: en Kerala llegó y está en el gobierno, siendo el primer estado en el que caía derrotado el archipoderoso Partido del Congreso. La estructura religiosa también ofrece peculiaridades a pesar de la superioridad del hinduismo que sigue el 55% del total de los aproximadamente 35 millones de habitantes de Kerala, los musulmanes representan el 26% y los cristianos el 18%. En este estado nos encontramos con los datos más altos de alfabetización del país con más del 92% y con una economía que empieza a volcarse hacia el turismo gracias a playas como las de Varkala o Kovalam, a los paseos por los backwaters o al boom de las modas ayurvédicas. Sin embargo, la industria sigue siendo débil y el comercio se centra en la red de establecimientos y puestos minoristas que aparecen en cualquier rincón de las calles.
Un grupo de niñas va a la escuela. Con un 92% Kerala tiene la mayor tasa de alfabetización de India.
La primera gran ciudad que visitamos fue Cochin (o Kochi), un lugar que es como un gran rompecabezas compuesto por islas y barrios costeros, los más interesantes coronan una punta de tierra en la que se dan la mano las aguas del Mar Arábigo y las del Lago Vembanad que es el verdadero corazón acuático de toda Kerala. Tres son los puntos más visitables de la ciudad: Ernakulam, Fort Cochin y Mattancherry. El primero es el más moderno y en él se encuentran la mayoría de los hoteles, el segundo y tercero son los más antiguos y en ellos hay varias iglesias como la de St. Francis donde reposaron los restos de Vasco de Gama hasta su traslado definitivo a Lisboa, un cementerio holandés o un extraordinario barrio judío con la Sinagoga Pardesi cuyos primeros restos datan del siglo XVI. Hoy solo quedan cinco ciudadanos judíos en el lugar que se dedican al cuidado del edificio y al comercio. En Fort Cochin también podemos asistir a dos espectáculos repletos de tradición. Por un lado visualizamos una forma de pescar que data del 1400, se trata de los conocidos como "Chinese fishing nets": un entramado de mástiles de madera sirven para sumergir grandes redes en el agua, en apenas unos segundos las redes vuelven a salir a la superficie gracias al contrapeso realizado por piedras y varios pescadores, el resultado suele ser pobre en cada batida (dos o tres peces), pero pez a pez se logra dar empaque a los cercanos puestos de venta. La otra tradición es asistir a una representación de teatro Kathakali en el que el maquillaje y el sorprendente uso de los gestos faciales son los verdaderos protagonistas.
Pescando. Poco a poco.
Tras Cochin nos acercamos a Alleppey con el propósito de realizar una ruta en barco por las famosas zonas pantanosas de Kerala, los conocidos backwaters. Era el 15 de agosto, día de la independencia en India, y las banderas del país aparecían por todos los rincones y vehículos, además hoteles, estaciones, comercios y los diferentes organismos izaban la enseña a primera hora de la mañana para conmemorar la festividad. Por la noche veríamos la cara más reivindicativa en las concentraciones y mítines de partidos de izquierda, nos colamos en algún acto en donde no entendíamos ni papa pero era evidente el descontento con la evolución social, política y económica del país, el discurso (para mi muy coherente) de la mirada crítica frente al boato de la mera celebración.
Pero la vida del turista, por mucho que busque experiencias sociales, está protagonizada por las turistadas como el ansiado paseo acuático. Una maravilla de plácido recorrido con miradas hacia tierra firme en la que la gente lavaba sus ropas y enseres en las aguas del lago, cruzándonos con enormes barcos-casa tradicionales, hoteles que surcan los canales naturales, verdaderas venas de Kerala. Colegios junto al mar con barcazas que son transporte escolar, canoas que se deslizan dejando el rastro de los colores de las telas que visten sus ocupantes, vegetación incontestable, niños que juegan al balón a escasos metros del abismo, tranquilidad de una puesta de sol invisible por el gris y ajetreo de los ocupantes de otros barcos cuando el agua se convierte en autopista.
Deslizándose por las aguas. Mirando a cámara.
Después nos fuimos a la capital, una ciudad fea y de impronunciable nombre: Thiruvananthapuram, también conocida (supongo que para facilitar las cosas) como Trivandrum. Lugar de negocios y asuntos administrativos;  con un templo con pinta estupenda, el Shri Padmanabhaswamy, pero al que solo pueden entrar los hindúes. Nos conformamos con ver a lo lejos su majestuosa torre e intuir relieves parecidos a los de Madurai. Fue muy cerca de ahí, en otro templo llamado Ganapathy, donde presencié una de las escenas más horribles del viaje. Un mendigo tirado en el suelo, enfermo y confuso, junto a él un grupo de señores seguidores del templo con una tela en forma de faldón como única vestimenta le increpaban por estar ahí, por mendigar (diría morir) junto a aquel edificio. Uno de esos escrupulosos hombres de fe sacó una vara de madera y le propinó varios golpes al pobre indefenso. No sé cómo acabaría aquello, el miedo a los varazos y a entrometerse en las tradiciones de los descerebrados fue mayor que el instinto de protección hacia el débil. Lo siento. Cuando se habla de la "espiritualidad" en India se dibuja un país que yo jamás conocí.

sábado, 19 de agosto de 2017

Con la mirilla (parte 2)

EL TÉ

Sigo contando algunas impresiones del viaje entre Madurai y Cochin de hace unos días, en él cruzamos la frontera que separa los estados de Tamil Nadu y Kerala. La primera localidad importante del segundo de los estados es Munnar y de ella destacan sus campos cultivados de té.
Dicen que los ingleses introdujeron el té en India a mediados del siglo XIX, parece que las cosas con esta planta en China no le iban demasiado bien y prefirieron llevarla al territorio que cada vez controlaban de manera más férrea. El capitalismo comercial siempre ha buscado facilidades aunque fuera llevando de aquí para allá los caprichos, como lo es ese tan británico de tomarse la tacita de té a media tarde. Y desde Darjeeling hasta Ceilán buscaron los lugares idóneos para el cultivo.
Los campos de té de Munnar se acuestan sobre las laderas de unas montañas con el hermoso nombre de Montañas Cardamomo, lo normal es que el olor ya nos invite a pensar en infusiones y especias, pero nuestro viaje fue el domingo 13 de agosto, en pleno puente del día de la independencia que es el 15, algo así como nuestro puente de la Constitución, y la carretera se llena de vehículos buscando lugares donde cambiar la rutina. No es una generalidad, la mayoría de la gente bastante tiene con ir tirando en el día a día, no está para viajecitos, pero en India son muchos y una operación salida aunque sea limitada supone que una enorme cantidad de personas se muevan. Y cambia el olor de los campos de té por el de la goma quemada de frenos y neumáticos, o por el del humo apestoso de los tubos de escape. La gente se para a hacer fotos a los cultivos, masas verdes agrietadas como si reprodujeran la superficie de un brócoli, también buscan las caídas de agua y no hay indio que se precie que no busque un selfie con alguna catarata detrás. En algunos momentos el verde del té y nosotros entramos en las nubes, casi se colaban al coche si bajábamos las ventanillas. Y esa India de contraste se transforma en el cultivo monótono de cuento de los campos de Munnar. Os podría poner una foto de la carretera atestada, prefiero que veáis las nubes porque ellas también tienen derecho, como si fueran británicas, a un caprichito de té.

EL COMUNISTA

Los indios engañan con su físico y su edad: de la misma persona puedes decir que tiene unos 50 o ya ronda los 70. Muchos están estropeados más por la dureza del trabajo y de la vida que por los años. Aquel señor estaba ya en Kerala, íbamos en pleno descenso de las Montañas Cardamomo y las hoces y los martillos empezaban a tomar las paredes. De vez en cuando los carteles reproducían la mítica imagen del Che Guevara y junto a él siglas y más siglas. En 1957 Kerala se convirtió en el primer lugar del mundo en el que el Partido Comunista llegaba al poder de forma absolutamente democrática, provocando los celos del archipoderoso Partido del Congreso. Y desde entonces ha repetido en diversas ocasiones, en la actualidad un frente de grupos de izquierda (¡lo que a la izquierda le gusta dividirse!) dirige un lugar donde las calles están algo más limpias de lo normal, el analfabetismo desciende como en ningún otro estado o se promueven asociaciones LGTBI. Aquel señor que salía de esa caseta adornada con la hoz y el martillo igual tenía simpatía por alguna de las siglas del frente, puede que hasta mirase con cierto desprecio a los de las otras siglas, pero es más que probable que supiera que ir juntos es mejor que ir solitos. 

lunes, 14 de agosto de 2017

Con la mirilla (parte 1)

De Madurai a Cochin hay algo menos de 300 km. pero tardamos en coche más de 9 horas. Varias razones hay para tales cifras: el estado de la carretera, el modo de conducción local que permite parar el vehículo donde plazca, las vacas que deciden que su sitio está en la carretera, los atascos al cruzar cualquier localidad de tamaño medio y, la mejor de todas, la necesidad de cruzar las Montañas Cardamomo trazando curvas a diestro y siniestro. El resultado para cualquier visitante puede ser un mareo o una vomitona, afortunadamente preferí otro, ocupar un poco más la memoria de mi teléfono con decenas de imágenes.

EN MOTO









En 2016 se vendieron en India casi 17 millones de motocicletas, ya quedó dicho aquí el valor que tiene este vehículo cuya posesión te puede impedir la obtención de ayudas sociales. El camino por carretera era un constante chorreo de motoristas, algunos solos, otros en pareja, muchos en familia ¡hasta cinco ocupantes llegamos a ver en una! Cuando es una pareja me fijo mucho en la cara y en el modo en el que pone las manos quien ocupa la parte trasera, veo ternura, sumisión, rechazo, inseguridad. Durante un buen rato fuimos casi en paralelo con una, el chico conducía y la chica le agarraba por los hombros, llevaba un vestido de color marfil, un bolso negro de esos en los que le entrará de todo y no encontrará nada, le colgaba una trenza de flores de jazmín en el pelo. Casi nunca miraba al frente, permanecía ajena a la velocidad porque su cabeza estaba en otro lado. Tal vez pensando en lo que dejaba atrás, tal vez dudando sobre lo que podría encontrar delante.


COMERCIO
En India se vende todo. Una carretera es una sinuosa línea de lugares de venta. Lo que en economía se denomina sector terciario ocupa a un 25 por ciento de la población activa, pero se habla mucho de la informática y la tecnología cuando el mayor servicio al que accede la población es al conjunto de tiendecitas, tienduchas, puestos y puestecillos en los que medio país vende a otro medio país. Me encantan los establecimientos en los que se ofrecen tarteras y diversos recipientes metálicos que cuelgan del techo o relucen en las estanterías, donde la falta de luz se compensa con el reflejo de cualquier rayo, vimos muchos, pero recuerdo a ese señor mayor vigilante a la operación de venta que realizaba su señora o la dependienta o la hija... a las palabras alegres que intercambiaba con el joven y moreno comprador quien miraba a cámara sabiéndose espiado, puede que dudando entre finalizar la compra o adquirir la tartera de cuatro pisos, una garantía en cualquier despensa.