domingo, 11 de septiembre de 2016

Ayutthaya, la antigua capital.

Cubiertos de naranja. Buena suerte.
A 76 kilómetros al norte de Bangkok se encuentra Ayutthaya, una ciudad volcada hacia los restos arqueológicos de la antigua y homónima capital de Siam. Desde 1350 y durante 417 años el poder se ejerció desde allí con más efectividad diplomática que potencia militar, aprovechando la privilegiada situación del enclave desde el punto de vista comercial y que se atisba en los recuerdos que portugueses, holandeses y japoneses han dejado en el lugar. Llegamos desde Bangkok en un tren que tardó algo más de una hora y en el que pudimos comprobar el afán por lograr suelos impolutos: un muchacho se encargaba de pasar una rudimentaria fregona para limpiar el vagón, no sé si serían tres o cuatro veces las que en el trayecto hizo su trabajo dando la sensación de poder comer sopas allí mismo.
Las chedis del Wat Phra Si Sanphet.
La mayoría de los restos arqueológicos se encuentran en una isla rodeada de las aguas de los ríos Chao Praya, Pa Sak y Lopburi, en ese espacio se mantienen imperturbables chedis o estupas y restos de los antiguos templos y palacios que hicieron de Ayutthaya un espacio de esplendor arquitectónico y político hasta que los birmanos en 1767 la destruyeron. Las más hermosas y legendarias de las chedis son las que pertenecieron al Wat Phra Si Sanphet y que se han convertido en símbolo de la ciudad. Los 16 metros de altura de cada una de ellas te envían al anonimato, a la insignificancia del humano frente a los dioses. No muy lejos de allí emerge el edificio el Wihaan Phra Mongkhon Bophit, un santuario reconstruido en 1955 gracias, entre otras cosas, a una donación del primer ministro birmano para expiar los pecados históricos y guerreros de su pueblo. El Wat Phra Mahathat y el Wat Ratburana completan lo mejor del interior de la isla en la que podemos pasear con cierta comodidad, movernos plácidamente en bicicleta o hacer la turistada de ir en elefante, aunque para ser sincero no se ve a estos animales especialmente explotados, al contrario, ofrecen muy buen lustre y tienen pinta de estar muy bien cuidados, algo que no ocurre en otros lugares del mundo que ofrecen la misma atracción.
Rodeando la isla ¡ay! ¿quién maneja mi barca,? ¿quién?
Pero Ayutthaya hay que rodearla por agua en las barcas a motor que surcan los ríos, abriéndose camino entre la vegetación que flota y parando en maravillosos lugares como el Wat Phanan Choeng en el que ritos junto a su enorme figura de Buda sirven para conceder suerte a los presentes, y de nuevo la insignificancia de unos hombres que suben a las piernas cruzadas de la imagen en donde reciben telas naranjas que luego extienden hacia quienes alrededor observan para que se cubran y queden protegidos por el "buenrrollismo" oriental. Otras maravillas en forma de chedis de diversos estilos e influencias de la arquitectura khemer se combinan con imágenes casi de dibujos animados: réplicas de gallos de pelea en homenaje a los que tuvo el rey Naresuan y que defendieron la ciudad cuando su dueño estaba apresado por los malvados birmanos, elefantes de diversos tamaños esculpidos en piedra nueva, recién salidos del horno; figuras de Doraemon en los altares... Trazos infantiles en páginas de cultura milenaria. Algunas casas pegan a la orilla del río con sus rudimentarios embarcaderos, sus dueños se afanan por pescar y conviven con algunos varanos acuáticos que a veces se enseñan al público; los turistas, cámara en ristre, buscan la exótica foto.
Gallos protectores, próximos fichajes de Securitas Direct.

Fuera de la isla me quedo con otras dos ruinas espectaculares: el Wat Chai Wattanaram con una prang de 35 metros de altura de estilo khemer y el Wat Yai Chai Mongkhon en cuyo recinto se encuentra un Buda reclinado de 7 metros de largo; eso sí, nada comparable con el de 42 metros que podemos ver en el Wat Lokayatasutharam, este dentro de la isla.
42 metros y tapadito, no vaya a pasar frío.
Sin embargo, no quiero hablar solo de templos y ruinas, porque Ayutthaya fue algo más especial que todo eso. Allí nos castigó el monzón por ser imprudentes, pero fue un castigo hermoso que nos liberó del insoportable calor tropical por unos momentos, caminar en busca del hotel mientras la rabia del cielo suelta litros y litros por metro cuadrado te vuelve vulnerable si no estás acostumbrado, quien allí vive huele las intenciones y prepara sus puestos, medios de locomoción, viviendas o lo que sea menester para soportar el rato. Luego sabes que parará, que todo volverá a pasar con casi la misma puntualidad y añorarás los azotes brutales de las gotas en la espalda.
En la calle Banglan se monta el mercado nocturno, que es el nombre que reciben los mercadillos que se abren a media tarde y duran hasta entrada la noche. La calle queda dividida en dos, a un lado carriles por el que siguen circulando los coches, al otro los puestos forman un camino y tú lo recorres marcando paradas en los puestos que más te interesan, mezclas colores y olores, curiosidad y risas. Circulas como si llevaras una cámara que hace traveling, el mercado está quieto pero tú haces que se mueva y es que en Asia los mercados son vida, vida diaria, igual cenas un pad thai que adquieres un juego para la consola. Y allí probamos los insectos. Los grillos, los gusanos, los saltamontes... se organizan en bandejas en algunos puestos y la gente se acerca como el que va a la tienda de frutos secos a por gominolas. Dice la FAO que es el alimento del futuro y que las proteínas que nos aportan no tienen nada que envidiar a las de un buen chuletón de vacuno. No voy a iniciar ningún debate culinario, pero la curiosidad por conocer llegó al paladar para quedarse.

domingo, 4 de septiembre de 2016

Bangkok, ciudad de ciudades (y III)

Dos colegialas ante "Mirror Nº5" de Ummarin Bupparisi. MOCA.

MOCA es el nombre por el que se conoce al Museo de Arte Contemporáneo de Bangkok, por el que se conoce quien lo conoce, porque intentar ir es una aventura si se piensa que cualquier habitante de la capital tailandesa sabe dónde están las mayores inversiones culturales de la ciudad. Sería impensable preguntar a algún parisino por el Louvre y que no tuviera ni idea de qué es eso, o a algún londinense por el British,... pues en Bangkok sí pasa. Aunque lo del MOCA tiene disculpa porque está en el quinto pino, junto a una maraña de carreteras en obras, totalmente apartado de cualquiera de los centros urbanos y difícilmente accesible si no vas en coche. Los taxistas desconocían qué era eso de museo, qué narices es arte y ya lo de contemporáneo ni os cuento porque al llegar a esa palabra ya se habían bloqueado. La Lonely Planet no solo no ayudaba, al contrario, nos equivocó aún más dejando claro que el redactor no fue al museo o, tal vez lo sigue buscando y publicó una forma de llegar tan ridícula como decir que para ir a Getafe te tienes que bajar en Legazpi. Tuvimos la suerte de dar con un extranjero, posiblemente estadounidense, que intuía algo y con dos tailandeses, tal vez los únicos conocedores del destino, que nos vieron tan despistados que se apiadaron de nosotros e indicaron al taxista cómo llegar. Y llegamos.
Corado Feroci fue un escultor italiano nacido en Florencia, su carrera prometía y en los años 20 fue seleccionado para poner en marcha un proyecto del rey Rama VI para occidentalizar la escultura oficial tailandesa y enseñar arte en la antigua Siam. El caso es que Feroci llegó para quedarse. Durante la II Guerra Mundial, y tras el cambio de bando de los italianos en el 43, temió por su vida porque era posible objetivo de los japoneses, pero el gobierno tailandés le concedió la nacionalidad y le dio un nuevo nombre: Silpa Bhirasri. Tras una breve estancia en su italia natal retornó a Tailandia y hoy es considerado como el padre del arte contemporáneo en el país. La importancia de este hombre, fallecido en 1962, queda patente en el mismo hall de entrada al museo en el que también hay una escultura de Dalí pintando frente a un espejo.
Dalí me pinta en el MOCA.
Tras este apunte biográfico no me quedan ya más narices que explicar un poco qué hay dentro del moderno edificio del MOCA. Obviamente se centra en los autores tailandeses, mayormente pintores aunque también hay escultura, pondré algún nombre aunque los tenéis todos en la web de la institución que aquí os enlazo. Hay algunos que mantienen en sus obras una temática religiosa, con figuras budistas por doquier, tal vez el más conocido sea Chaleomchai Kositpipat. Su pintura no me gusta nada, aunque he de reconocer que la construcción del Templo Blanco de Chiang Rai me impresionó (hablaré de ese templo en otra entrada). También aparecen obras con temática tradicional: escenas de la vida cotidiana o leyendas también entroncadas con la religión.
La pintura tailandesa contemporánea hace paradas en muchas de las corrientes de los dos últimos siglos: toques impresionistas, surrealistas y bastante realismo llegando al hiperrealismo casi fotográfico que a mi es lo que más me gustó (Chairat Sangthong, Pradit Tangprasatwong, Ummarim Bupparisi o Weeresak Sassadee). Muchos autores nuevos parecen romper con  ese toque religioso y tradicional arriba expuesto, pero se mantiene la masculinización del arte: la mujer aparece mucho en el soporte (especialmente enseñando su cuerpo libre de ropa) sin embargo hay que rebuscar para encontrar féminas como autoras (destaco a Lumpu Kausanoa). Estos pintores no sonarán a casi nadie, aunque algunos de ellos han realizado exposiciones fuera del país y no quedan alejados de las corrientes pictóricas más actuales. Vamos, que a quien no le guste no diferenciará mucho una "mierdaca seca" tailandesa de otra de Estados Unidos, por ejemplo. Y viceversa.
"Calummny" de Pratheep Kotchabua. MOCA.

"Dharma Normal Nature" de Chairat Sangthong. MOCA.

"Old man" de Pradit Tangprasatwong. MOCA.

"Dark ness" de Weerasak Sassadee. MOCA.

"Toys in 2008" de Suradej Wallanapraditchai. MOCA.

"Boat Life" de Worasan Supup. MOCA.

"Songkran" de Lumpu Kausanoa. MOCA.

"Two-dimensional village" de Sompong Adulyaraphan. MOCA.
Yo, no sé vosotros,  aquí veo a El Bosco.

La escultura tampoco ha escapado de la tradición en cuanto a la temática y los materiales. Aunque si tengo que destacar una obra es la rompedora "Body Mine Peaceful" de Wachara Prayukam, que presenta a personajes de la historia contemporánea, Pol Pot, Stalin o Hitler, como si fueran marionetas.
"Body mine peaceful" de Wachara Prayukam. MOCA.

"Body mine peaceful" de Wachara Prayukam. MOCA.
Las marionetas son intercambiables: Negro y blanco.

Salir del MOCA es mucho más fácil que llegar porque la única manera de hacerlo es con un taxi que amablemente solicitan desde la puerta del museo los miembros de seguridad. Parece que las obras de alrededor incluyen una parada de BTS, porque el plan actual del museo no solo parece exclusivista en cuanto a su temática (como muchos museos de este tipo), también lo es por su acceso y su precio. 

Interior del Bangkok Art&Culture Center.
Mucho mejor situado que el MOCA, junto a Siam, se encuentra el Bangkok Art & Culture Center que funciona casi como un pequeño centro comercial dedicado al arte y la cultura. Hay tiendas, algún café, librerías,... es un pequeño paraíso del gafapastismo local con muy buen gusto. Suele haber exposiciones, en nuestro caso vimos tres, una de un dibujante que hacía paisajes con grafito, otra sobre el sonido de la electricidad (una mezcla de arte y tecnología con dudoso impacto en el visitante) y otra de arte contemporáneo que en buena medida daba continuidad a lo visto en el MOCA. Tal vez aquí vimos más obras que se salían de lo académico, con cierta crítica social, pero nunca tocando a la figura de su jefe de estado, el rey Bhumibol, que es casi un dios. Incluso algunas composiciones eran una loa casi ridícula al monarca. No solo había pintura o escultura, también había hueco para lo audiovisual y la performance, como la boda de un artista en Chiang Mai con su muñeca hinchable.
Este cocodrilo no muerde, pero da respeto... En el Bangkok A&C Center.
Miradas,

secretos...

y ternura.

Por último, reseño la visita al Museo Nacional, que por muy importante que parezca (y es) tampoco lo conocía el taxista y eso que está en uno de los puntos neurálgicos de la ciudad. Es un conjunto de edificios, algunos de estilo muy tradicional, con obras básicamente religiosas (te hartas a ver Buddas de todos los estilos escultóricos de la historia artística tailandesa) y relacionadas con los reyes. Buena parte del museo está en obras. En lo que está abierto te encuentras alguna sala estilo "almacén" que estará a la espera de que le llegue el turno restaurador.
Una de las salas del Museo Nacional. Bangkok.

La mayoría de las guías apenas hacen referencia a los museos de Bangkok, sin embargo no es una mala opción para aquellos que quieran profundizar en la ciudad y en su contexto. El arte contemporáneo te ayuda a entender muchas de las cosas que pasan en el día a día tailandés y el valor de la transformación social que vive un país tan cerca del exterior gracias al turismo y muy cerca de sí mismo gracias al recuerdo constante de sus costumbres. Además se está fresquito.

lunes, 29 de agosto de 2016

Bangkok, ciudad de ciudades (II)

Una de las tiendas de Bamrung Muang.
Bamrung Muang Road está al este del Gran Palacio, se puede transitar a pie si quieres acercarte a la plaza en la que se encuentra el Sao Ching-Cha, un arco insípido otrora lugar de ritos religiosos, o subir al artificial Monte Dorado y encontrar una maravillosa vista de la ciudad junto a su vigilante estupa. Pero la calle no es un enlace, en realidad ella y sus alrededores son un escaparate continuo de figuras doradas de Buda y de otros aparejos que sirven para dar forma a los templos. En la acera las imágenes quietas te atropellan y te piden que guardes en la retina los dorados y sus formas curvas, algunas están plastificadas como si hubieran sido recientemente recibidas de la fábrica de budas, que será una factoría como dios manda, o puede que estén preparadas para hacer el viaje a su definitiva morada, cualquier rincón en el que ese objeto se convertirá en el guía a seguir por el camino vital de cada uno. Mientras tanto no deja de ser uno más, un ser único convertido en una fotocopia de los demás a tamaño ampliado o reducido, con iguales dimensiones o con un tono diferente en el color. No te puedes reprimir de sacar la cámara para atestiguar la escena decorativa, a veces rota por los operarios de las tiendas y almacenes, aunque te sientas observado por inertes moles a la espera del preferencial acomodo. Pero ¿se venderán todos? y recuerdas la ley de la oferta y la demanda. Sin duda, Bamrung Muang Road es la última parada del camino a la perfección.
 
En Erawan Shrine. Ofrendas bajo el BTS.
Erawan es el nombre del elefante que transportaba a Indra, también era el nombre de un hotel que se construía a mediados de los años cincuenta. Los tailandeses son bastante escrupulosos con las fechas de inicio de una obra, por eso muchas veces consultan a los astrólogos y expertos en los complejos asuntos que no controlan los humanos antes de iniciar la construcción. Esto lo podemos extrapolar al comienzo de un negocio o a cualquier otra actividad diferente para la que se necesite suerte. El caso es que no debieron de hacerlo los promotores del hotel y los días pasaban y las obras nada más que traían desgracias: obreros muertos, materiales destruidos, vamos... una ruina. Por tanto, tuvieron que llamar al astrólogo de turno que propuso construir una estatua de Brahma para ahuyentar los males. Y parece ser que tuvo éxito porque el hotel se acabó sin incidencias, y el santuario se convirtió en un punto de gran afluencia de gente deseosa de retener parte de la suerte que el Erawan recibió a borbotones. Hoy te puedes alojar en un hotel más moderno que sustituyó al original, pero la tradición manda y esa esquinita junto al CentralWorld es una visita obligada, no para contemplar belleza pero sí para pasar un rato viendo al personal quemar bastones de incienso, adornar la escena con cadenetas de flores naranja, ofrendar frutas (especialmente cocos), soltar la gallina,... en definitiva, participar de lo que para unos es espiritualidad y para otros un teatrillo. Eso sí, las vías del BTS entrelazándose en el cielo dejan una de esas estampas de mezcla entre la tradición y la modernidad, ingrediente imposible de abandonar en Tailandia. 
 
Haciendo taichí en el Parque Lumphini.
El Parque Lumphini es como El Retiro de Bangkok. Sería necesario permanecer un día entero paseando por él para poder observar la metamorfosis del lugar. Por la mañana el taichí sirve como excusa a cientos de personas para acudir al parque y realizar los ejercicios de concentración y elasticidad de esta modalidad de gimnasia, más adelante el calor se adueña del espacio, la gente busca cobijo en las sombras y repasan con sus ojos las siluetas de los edificios colindantes que se reflejan en las aguas del lago central. Dicen que diversas especies de varanos habitan allí, sin embargo confieso que no vi ninguno y eso que anduve vigilante. Cuando llega la tarde los runners, esa especie de deportista amateur que ha globalizado aquello del "salir a correr al parque" de toda la vida, disputan una carrera consigo mismos por los caminos asfaltados que rodean al Lumphini, también los hay que acuden a hacer aerobic al ritmo de música discotequera siguiendo las palabras animosas del monitor que marca el ritmo con sus movimientos. Al caer el sol suena el himno nacional y la gente se para en seco para respetar la música patriótica por excelencia.Luego la actividad sigue, y afirman guías y entendidos que la noche lejos de ser momento de recogimiento se convierte en cómplice de quienes pagan y cobran por saltarse el sexto mandamiento.
 
La cúpula de la State Tower.
La State Tower se en encuentra en la confluencia de Silom Rd. y Charoen Krung Rd. Tiene 247 metros de altura y está rematada con una cúpula dorada. Es junto a ella donde se desarrolla la actividad más conocida del edificio: hacer fotos a una de las vistas más impresionantes de la urbe. En realidad las capturas panorámicas se realizan en un restaurante y bar de copas de estilo fino y estirado, pero el turisteo básicamente va a por la foto. Una legión de camareros junto a unas elegantes señoritas te controlan en todo momento los movimientos para evitar que molestes a los que sí van a cenar a la azotea. Desconozco si será muy cómodo comer teniendo a escasos metros a una muchedumbre intentando hacerse selfies o buscando el encuadre perfecto de la noche. Obviamente peor será tener a los susodichos individuos en la sopa, pero tranquilo lo que se dice tranquilo no es. En el rincón de los fotógrafos (aunque cualquier rincón es bueno si escapas a la vigilancia) se encuentra una barra donde sirven cócteles y en la que muchos deciden darse un lujo tomándose un pelotazo al mayor precio de la ciudad. No me pareció necesario, tanto por caro (una consumición equivale a cenar dos personas con mojito incluído y taxi en otros lugares terrestres de Bangkok) como por incómodo, en este caso los susodichos individuos arriba mencionados no están en la sopa, pero sí en la copa.

En las guías asustan mucho con la ropa a llevar en tan insigne lugar, hablan de etiqueta. Todo lo contrario, basta con vestir un pantalón largo (en mi caso uno estilo jipi perrofláutico) y unas zapatillas que dieran un poco el pego (negras y limpias). Vamos que ni fui de traje ni gasté un baht, algunos pensaréis que soy tan perrofláutico como mis pantalones. Ni confirmo ni desmiento.

sábado, 27 de agosto de 2016

Bangkok, ciudad de ciudades (I)

Pasear por Bangkok, si eres un recién llegado a la urbe, es una lotería. Cada barrio, cada calle, cada rincón ofrece una experiencia tan distinta a la de cualquier otro punto urbano, que escoger un espacio de exploración supone llevar un número para el hermoso premio de la sorpresa. Incluso lo que pueda parecer más corriente tiene visos de ofrecer una pedrea de fotografías repletas de sugerencias sensoriales.
Bangkok es un laberinto de comercios chinos, una maraña de puestos y mercados que marcan un ritmo perpetuo para quienes por allí transitan, una batalla de templos por ofrecer la mejor estampa, una concatenación de imponentes centros comerciales, un BTS (tren urbano en altura) interminable, un río tranquilo que no se contagia del resto de la ciudad.

Los dorados del Wat Phra Kaew y del Gran Palacio son la estampa turística, pero son espacios que ponen frente a frente su estética barroca con lo artificial del un "turistódromo" en el que los dichosos palos de selfie se convierten en perversas espadas láser del eje del mal.
El Wat Pho es mitad templo, mitad escuela; aulas y niños se complementan con el habitante más ilustre del lugar: el espectacular Buda reclinado al que, cuando por allí pasamos, le estaban haciendo una restauradora pedicura. Pero la mayor tentación es, sin duda, proponerse un masaje tailandés en donde esta tradicional práctica se mantuvo para no desaparecer gracias a la intervención real de Rama III.
A través de la ventana, los 46 metros de Buda reclinado del Wat Pho.

Al otro lado del río Mae Nam Chao Phraya está el Wat Arun con su torre jemer de más de ochenta metros decorada con filigranas, porcelanas y relieves dignos de cátedra artesanal.


Si el triángulo de templos ya mencionados suponen el espacio artístico-patrimonial de Bangkok, Siam y su estación del BTS concentran los puntos neurálgicos comerciales en forma de modernos centros donde el lujo y el culto al consumismo sustituyen a la curiosidad y religiosidad de turistas y creyentes que impregnaron nuestras primeras paradas. El MBK Center, el Siam Center, el Siam Discovery, el Paragon o el estratosférico CentralWorld se concatenan haciendo un todo de franquicias en las que puedes hacer el día comiendo y gastando con la ventaja de abandonar el calor y humedad de las calles por el frío del aire acondicionado. 
Dos limpiacristales parecen competir en las paredes de uno
de los impolutos centros comerciales de Bangkok.

Por cierto, se rumorea que si estos grandes almacenes, y otras tiendas y supermercados mantuvieran abiertas de par en par sus puertas la temperatura media de la ciudad bajaría varios grados, llegando a convertirse, tal vez, en un trozo de Siberia en Indochina.

El bullicioso barrio chino. Fregando platos a pie de calle.
El barrio chino de Bangkok se articula alrededor de las calles Yaowarat y Charoen Krung, allí las tiendas, restaurantes y especialmente los puestos de comida activan de forma constante el entramado urbano. Para el visitante neófito en productos locales impactan de sopetón las frutas tropicales desconocidas en otras latitudes terrestres, me refiero a productos como el rambután o el durián, este último tan alabado por su sabor como demonizado por su olor "capaz de provocar mareos y náuseas a muchas personas". En muchos locales públicos, incluyendo hoteles, se penaliza su posesión con cuantiosas multas anunciadas convenientemente en las puertas de los establecimientos. Y debe ser horrible vivir un rato junto a un durián libre del envoltorio de plástico con el que te venden sus porciones, porque los anuncios en los aeropuertos sobre su tenencia son más patentes que los de cualquier otro producto peligroso.
Pero Chinatown alberga como ilustre vecino al Buda de Wat Traimit, una mole de tres metros y más de cinco toneladas de oro macizo. Se expone enseñando su material original desde hace menos de medio siglo porque antes estaba recubierta para evitar dar alas a las codicias humanas, y más concretamente birmanas ya que las históricas invasiones desde el vecino del norte sitúa a ese territorio como patria de los malos muy malos. Alrededor de tan descomunal pieza se han creado una serie de construcciones para dar al recinto del templo un cariz más orientado a ser un "sacacuartos" que a un espacio de recogimiento. Una oficina de cambio de divisas es un fiel ejemplo de lo que menciono.

El barrio chino queda delimitado en el este por las vías férreas y la estación de Hualamphong, en la que este humilde paseante encontró regocijo gracias a su climatización y un nuevo elemento para la sorpresa al ver cómo los monjes, esas copias de los lamas pero con diversidad de edades y tallajes, se sentaban en los espacios acotados para las personas con movilidad reducida, ocupando bancos de madera frente a los metálicos del resto de la humanidad, no sé si dando a entender que ser monje equivale a tener un problema físico y, por tanto, ser lentos en los caminos divinos.

Uno de los rincones de la Casa  Museo de Jim Thompson
Al otro lado de las vías está la mencionada zona de Siam y sus espacios comerciales, no muy lejos de ella podemos acercarnos a la Casa Museo de Jim Thompson, un americano cercano al servicio de inteligencia americano que encontró en Tailandia el prometedor negocio de la seda, gracias al que vivió muy holgadamente hasta que el misterio, no sabemos si en forma de asesinato o de tigre, le escondió hasta la eternidad. En su casa, que es un puzzle de casas traídas directamente de Ayyuthaya, se puede sentir el modo de vida refinado y sin perder cierto poso tradicional que llevó el avispado señor Thomson.


Encontramos un Bangkok muy alejado del que conoció el amigo Jim, pero no dejan de sorprender sus escenarios y protagonistas. Por eso, un simple relato de algunos de sus rincones no sirve para cumplir las expectativas notariales de este turista que sigue deseando ser viajero.

lunes, 28 de marzo de 2016

Skopie y el "pretensionismo macedónico"

A la derecha el Museo Arquelógico, en primer plano el puente de la historia de Macedonia, al fondo el puente de piedra.
"¿Qué he hecho yo para merecer esto?" dirá este antiguo macedonio.
"Ya habréis visto algo de la ciudad, es un poco... Disneyword, hay a quien le gusta..." Más o menos con estas palabras, y en un aceptable inglés, nos recibía Viki en Skopie. Ella se encargaba de explicarnos los detalles del apartamento en el que íbamos a residir unos días y, de paso, nos informaba de qué hacer, qué ver y dónde comer en la capital de Macedonia. Podríamos definir de muchas formas lo que está ocurriendo en el centro urbano, pero "Disneyword" no sería una mala forma de hacerlo, si bien habría que aceptar que es un poco benevolente. No estaría mal decir que es una ciudad de cartón piedra, un "pastiche city"o un engendro arquitectónico. El caso es que quien ha ideado en su mente la transformación de Skopie ha caído en el exceso, lo pretencioso y la pretensión, por eso mis compañeros de viaje, con estupendo criterio, bautizaron al esperpento como "pretensionismo macedónico".
Al fondo la Macedonia Gate (Arco del Trinunfo en el XXI)
Póngame usted un poco de París y construyeron un arco del triunfo al que llaman "Macedonia Gate" exactamente igual al de la parisina plaza Charles de Gaulle, póngame usted un poco de Atenas y construyeron grandes edificios con columnas clásicas, ¿podría ser un poquito de Roma? ¿y de Viena? y pusieron edificios y puentes que nos recuerdan a algunos de los rincones de estas capitales, ¿de Londres tenemos algo? por supuesto: los autobuses de dos pisos. Todo un decorado, todo de pega. La ciudad se tunea y se revisten fachadas para que parezcan más ostentosos los edificios, o se construyen usando materiales que simulan el mármol o el granito.

Autobuses "made in China" pero muy londinenses.
Piso a piso...
Pero ahí no queda la cosa. En cada rincón te encuentras con una estatua, o dos o tres. Esto es tan evidente y exagerado que se acaba convirtiendo en un esperpento. Es como si ser escultor en Sklopie fuera la profesión deseada por aquellos que buscan labrarse un cómodo futuro. Estatuas las hay de todo tipo, destacando las ecuestres (empezando por la de Alejandro Magno, ya mencionada en el anterior artículo), las alegóricas, las conmemorativas, las de personajes famosos, las de seres anónimos, las colectivas, las de animales (como una réplica mansa del famoso toro de Wall Street). Los puentes no se libran de la pandemia, solo resiste el medieval Puente de Piedra, el más antiguo de los que cruzan el río Vardar y que une la plaza de Macedonia con el barrio turco, pero los nuevos tienen a ambos lados y cada pocos metros una escultura y hacen una imitación estrafalaria de estructuras como la de Sant`Angelo, cambiando a los famosos ángeles de Bernini por personajes de la cultura, la historia o las artes locales. El derroche escultórico me provocó una mezcla de incredulidad e hilaridad a partes iguales. En las imágenes inferiores dejo algún ejemplo de esta prolijidad.

Esta operación de cirugía estética parece obedecer a la necesidad de poner "guapa" a la ciudad para acoger al turismo, tanto local como exterior, intentando que sea una de las fuentes importantes de ingresos, al mismo tiempo sirve para poner en valor una historia que muchos griegos pensarían que les quieren robar. Paralelamente la construcción se convierte en otro potencial económico puesto que Skopie está lleno de grúas, que igual te hacen una enorme columna dórica, como te instalan un trozo de puente o te fabrican un barco "de obra" para albergar una gran discoteca. Por las carreteras del país se observan decenas y decenas de canteras, es decir, a la mano de obra se suma la materia prima, y a estas la puesta en marcha de proyectos constructivos.

Este Skopie del que he hablado, y criticado con severidad, no deja de ser curioso y hasta visitable. Al menos tiene que quedar constancia de que esta forma de "hacer ciudad" existe por muy extraña que nos parezca.
Mercado. Verduras, frutas, hortalizas... ¡ciudad viva!
Pero hay otro Skopie, al menos otro que yo he visto, que es el que se encuentra en el barrio turco, y es una ciudad mucho más auténtica, con calles enlosadas y sin coches, con centenares de tiendas destinadas a ropa femenina en las que trajes de boda y para la boda se asoman sin pudor en los escaparates, con locales de marcha nocturna que se mezclan con otros tradicionales en el que los hombres, y solo hombres, se toman el té o el café mientras juegan. En algunos rincones surgen puestos callejeros en los que te ofrecen "antigüedades" de todo tipo vigiladas por la mirada atenta de algún cuadro de Tito. Las mezquitas emergen en este paisaje urbano que es un gran bazar y que se acaba uniendo al gran mercado, dicen que en la zona solo es superado en extensión por el de Estambul. Y esa parte se convierte en un gran mercadillo de barrio con frutas, calcetines, juguetes o tintes para el pelo, en el que los tenderos te preguntan de dónde eres si no les suena tu cara, pero no te atosigan salvo con alguna mención a los equipos de fútbol que tanta fama dan a España (a falta de muchos premios Nobel) y te cobran lo mismo que a los demás. No hay malas intenciones ni picardía, lo notas y decides que Skopie, a pesar del "pretensionismo", también merece la pena. 
Dórico de cartón piedra.



Una moza hablando por el móvil, un toro "a lo Wall Street" pero en manso
Homenaje a las víctimas del holocausto.
La catedral "estilo OVNI otomano". Fue construida tras el terremoto de 1963.
La mezquita mayor de Skopie.

sábado, 26 de marzo de 2016

Haciendo Macedonia

La plaza de Macedonia en Skopie, a la izquierda la estatua ecuestre de Alejandro Magno.
Una descomunal estatua de Alejandro Magno preside la plaza de Macedonia en Skopie, la capital del país. La obra, inaugurada hace poco más de cuatro años coincidiendo con el vigésimo aniversario de la independencia, mide 22 metros y pesa casi 50 toneladas, su precio rondó los 10 millones de euros. Magníficas cifras para un monumento que todos sabemos a quién representa y que, sin embargo, debe recibir el genérico nombre de "guerrero a caballo". Y todo por el principal problema de Macedonia que es, ni más ni menos, su nombre.
Oír hablar de Macedonia nos hace recordar las gestas militares de Alejandro Magno o la etapa helenística de la expansión griega que llevaron la cultura de la Hélade hasta el mismo río Indo, mezclándose con las tradiciones y costumbres de otros territorios. Pero aquel histórico Reino de Macedonia, considerado por las otras polis como un lugar de griegos de segunda fila, no se corresponde casi en nada con el actual país que lleva el nombre. La mayoría del terriotrio está en otra Macedonia, la que se encuentra al noreste de la actual Grecia y que tiene capital en Tesalónica, y los diversos gobiernos de Atenas no han aceptado nunca que la denominación sea usada por otro país. Por eso, lo que para la mayoría del personal es República de Macedonia, en las reuniones y actos internacionales se llama FYROM (en inglés, Antigua República Yugoslava de Macedonia). 
Los 10 millones de euros que costó la estatua no tienen una finalidad ornamental, es simple y llanamente una inversión de autoafirmación nacional  ya que se busca, de todas las formas posibles, enlaces a la historia que conecten con los sentimientos y la justificación para sentirse de un país. La misma intención tiene llamar al aeropuerto principal "Alejandro Magno" o la de construir un pretencioso Museo Arqueológico. 
Como diría aquel la idea es crear "macedonios, muy macedonios y mucho macedonios" que asuman ser de un país que tiene como objetivos ser aceptado en las más importantes organizaciones internacionales (especialmente la OTAN y la UE) y bandear con éxito los problemas de convivencia y representatividad que genera un estado multiétnico con una minoría albanesa de más del 25% de la población.
Actual bandera de Macedonia. La anterior tuvo que cambiarse porque hería la sensibilidad griega.
Lo que hoy es la República de Macedonia ha estado siempre englobado en otros territorios: imperios romano, bizantino o turco, y Yugoslavia, un país que ha dejado en herencia muchos conflictos y siete países (si contamos a Kosovo). Cuenta con una población de poco más de 2 millones de habitantes y una extensión de unos 25.000 kilómetros cuadrados, más o menos la extensión de la Comunidad Valenciana y la población de Castilla-La Mancha. No tiene salida al mar y se sitúa como un tapón en medio de vecinas incómodas, además de la ya citada Grecia, tiene fronteras con Albania y Kosovo (cuyas influencias políticas e ideológicas en los albaneses macedonios han sido y son muy importantes), Serbia (a quién perteneció desde 1912 hasta el final de la II Guerra Mundial) y Bulgaria (quien controló el territorio durante buena parte de la Edad Media y que influyó en cuestiones culturales de Macedonia como el propio idioma). Fronteras todas cerradas para los refugiados y, por eso, se justifican los macedonios "nosotros no abrimos las fronteras porque los demás tampoco las abren, nosotros somos un país pequeño y con poca gente" nos decían en Ohrid, al sur del país.
Uno trabaja y cinco miran. La construcción tira de una economía con el 30% de paro
La tasa de desempleo en el año 2005 rondaba el 37%, aunque ahora la cifra se sitúa alrededor del 30%, da la sensación que la crisis no ha provocado efectos negativos en el país, de hecho la construcción (hablaré de ella cuando escriba de la capital) y el turismo parecen tirar de una economía que intenta desarrollarse en un complicado panorama internacional. Uno de los taxistas con los que pudimos hablar nos decía que "cuando a un hermano le van bien las cosas, los demás tienen envidia. Grecia tiene miedo a que Macedonia entre en la UE y se desarrolle económicamente porque la Macedonia griega podría querer venirse con nosotros". 
Cuando se habla de los Balcanes suele surgir la frase de Churchill en la que hablaba de la capacidad de producir historia por parte de la región y que luego, ésta, era incapaz de digerir. Tal vez en Macedonia, la Macedonia actual, suceda lo contrario y estén deseosos de producir historia para poder digerirla. Intentaré ir contando poco a poco algunas de las cosas que he vivido en un pequeño pero intenso viaje por las tierras de un Alejandro Magno de 22 metros de altura.