domingo, 11 de septiembre de 2016

Ayutthaya, la antigua capital.

Cubiertos de naranja. Buena suerte.
A 76 kilómetros al norte de Bangkok se encuentra Ayutthaya, una ciudad volcada hacia los restos arqueológicos de la antigua y homónima capital de Siam. Desde 1350 y durante 417 años el poder se ejerció desde allí con más efectividad diplomática que potencia militar, aprovechando la privilegiada situación del enclave desde el punto de vista comercial y que se atisba en los recuerdos que portugueses, holandeses y japoneses han dejado en el lugar. Llegamos desde Bangkok en un tren que tardó algo más de una hora y en el que pudimos comprobar el afán por lograr suelos impolutos: un muchacho se encargaba de pasar una rudimentaria fregona para limpiar el vagón, no sé si serían tres o cuatro veces las que en el trayecto hizo su trabajo dando la sensación de poder comer sopas allí mismo.
Las chedis del Wat Phra Si Sanphet.
La mayoría de los restos arqueológicos se encuentran en una isla rodeada de las aguas de los ríos Chao Praya, Pa Sak y Lopburi, en ese espacio se mantienen imperturbables chedis o estupas y restos de los antiguos templos y palacios que hicieron de Ayutthaya un espacio de esplendor arquitectónico y político hasta que los birmanos en 1767 la destruyeron. Las más hermosas y legendarias de las chedis son las que pertenecieron al Wat Phra Si Sanphet y que se han convertido en símbolo de la ciudad. Los 16 metros de altura de cada una de ellas te envían al anonimato, a la insignificancia del humano frente a los dioses. No muy lejos de allí emerge el edificio el Wihaan Phra Mongkhon Bophit, un santuario reconstruido en 1955 gracias, entre otras cosas, a una donación del primer ministro birmano para expiar los pecados históricos y guerreros de su pueblo. El Wat Phra Mahathat y el Wat Ratburana completan lo mejor del interior de la isla en la que podemos pasear con cierta comodidad, movernos plácidamente en bicicleta o hacer la turistada de ir en elefante, aunque para ser sincero no se ve a estos animales especialmente explotados, al contrario, ofrecen muy buen lustre y tienen pinta de estar muy bien cuidados, algo que no ocurre en otros lugares del mundo que ofrecen la misma atracción.
Rodeando la isla ¡ay! ¿quién maneja mi barca,? ¿quién?
Pero Ayutthaya hay que rodearla por agua en las barcas a motor que surcan los ríos, abriéndose camino entre la vegetación que flota y parando en maravillosos lugares como el Wat Phanan Choeng en el que ritos junto a su enorme figura de Buda sirven para conceder suerte a los presentes, y de nuevo la insignificancia de unos hombres que suben a las piernas cruzadas de la imagen en donde reciben telas naranjas que luego extienden hacia quienes alrededor observan para que se cubran y queden protegidos por el "buenrrollismo" oriental. Otras maravillas en forma de chedis de diversos estilos e influencias de la arquitectura khemer se combinan con imágenes casi de dibujos animados: réplicas de gallos de pelea en homenaje a los que tuvo el rey Naresuan y que defendieron la ciudad cuando su dueño estaba apresado por los malvados birmanos, elefantes de diversos tamaños esculpidos en piedra nueva, recién salidos del horno; figuras de Doraemon en los altares... Trazos infantiles en páginas de cultura milenaria. Algunas casas pegan a la orilla del río con sus rudimentarios embarcaderos, sus dueños se afanan por pescar y conviven con algunos varanos acuáticos que a veces se enseñan al público; los turistas, cámara en ristre, buscan la exótica foto.
Gallos protectores, próximos fichajes de Securitas Direct.

Fuera de la isla me quedo con otras dos ruinas espectaculares: el Wat Chai Wattanaram con una prang de 35 metros de altura de estilo khemer y el Wat Yai Chai Mongkhon en cuyo recinto se encuentra un Buda reclinado de 7 metros de largo; eso sí, nada comparable con el de 42 metros que podemos ver en el Wat Lokayatasutharam, este dentro de la isla.
42 metros y tapadito, no vaya a pasar frío.
Sin embargo, no quiero hablar solo de templos y ruinas, porque Ayutthaya fue algo más especial que todo eso. Allí nos castigó el monzón por ser imprudentes, pero fue un castigo hermoso que nos liberó del insoportable calor tropical por unos momentos, caminar en busca del hotel mientras la rabia del cielo suelta litros y litros por metro cuadrado te vuelve vulnerable si no estás acostumbrado, quien allí vive huele las intenciones y prepara sus puestos, medios de locomoción, viviendas o lo que sea menester para soportar el rato. Luego sabes que parará, que todo volverá a pasar con casi la misma puntualidad y añorarás los azotes brutales de las gotas en la espalda.
En la calle Banglan se monta el mercado nocturno, que es el nombre que reciben los mercadillos que se abren a media tarde y duran hasta entrada la noche. La calle queda dividida en dos, a un lado carriles por el que siguen circulando los coches, al otro los puestos forman un camino y tú lo recorres marcando paradas en los puestos que más te interesan, mezclas colores y olores, curiosidad y risas. Circulas como si llevaras una cámara que hace traveling, el mercado está quieto pero tú haces que se mueva y es que en Asia los mercados son vida, vida diaria, igual cenas un pad thai que adquieres un juego para la consola. Y allí probamos los insectos. Los grillos, los gusanos, los saltamontes... se organizan en bandejas en algunos puestos y la gente se acerca como el que va a la tienda de frutos secos a por gominolas. Dice la FAO que es el alimento del futuro y que las proteínas que nos aportan no tienen nada que envidiar a las de un buen chuletón de vacuno. No voy a iniciar ningún debate culinario, pero la curiosidad por conocer llegó al paladar para quedarse.

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