sábado, 27 de agosto de 2016

Bangkok, ciudad de ciudades (I)

Pasear por Bangkok, si eres un recién llegado a la urbe, es una lotería. Cada barrio, cada calle, cada rincón ofrece una experiencia tan distinta a la de cualquier otro punto urbano, que escoger un espacio de exploración supone llevar un número para el hermoso premio de la sorpresa. Incluso lo que pueda parecer más corriente tiene visos de ofrecer una pedrea de fotografías repletas de sugerencias sensoriales.
Bangkok es un laberinto de comercios chinos, una maraña de puestos y mercados que marcan un ritmo perpetuo para quienes por allí transitan, una batalla de templos por ofrecer la mejor estampa, una concatenación de imponentes centros comerciales, un BTS (tren urbano en altura) interminable, un río tranquilo que no se contagia del resto de la ciudad.

Los dorados del Wat Phra Kaew y del Gran Palacio son la estampa turística, pero son espacios que ponen frente a frente su estética barroca con lo artificial del un "turistódromo" en el que los dichosos palos de selfie se convierten en perversas espadas láser del eje del mal.
El Wat Pho es mitad templo, mitad escuela; aulas y niños se complementan con el habitante más ilustre del lugar: el espectacular Buda reclinado al que, cuando por allí pasamos, le estaban haciendo una restauradora pedicura. Pero la mayor tentación es, sin duda, proponerse un masaje tailandés en donde esta tradicional práctica se mantuvo para no desaparecer gracias a la intervención real de Rama III.
A través de la ventana, los 46 metros de Buda reclinado del Wat Pho.

Al otro lado del río Mae Nam Chao Phraya está el Wat Arun con su torre jemer de más de ochenta metros decorada con filigranas, porcelanas y relieves dignos de cátedra artesanal.


Si el triángulo de templos ya mencionados suponen el espacio artístico-patrimonial de Bangkok, Siam y su estación del BTS concentran los puntos neurálgicos comerciales en forma de modernos centros donde el lujo y el culto al consumismo sustituyen a la curiosidad y religiosidad de turistas y creyentes que impregnaron nuestras primeras paradas. El MBK Center, el Siam Center, el Siam Discovery, el Paragon o el estratosférico CentralWorld se concatenan haciendo un todo de franquicias en las que puedes hacer el día comiendo y gastando con la ventaja de abandonar el calor y humedad de las calles por el frío del aire acondicionado. 
Dos limpiacristales parecen competir en las paredes de uno
de los impolutos centros comerciales de Bangkok.

Por cierto, se rumorea que si estos grandes almacenes, y otras tiendas y supermercados mantuvieran abiertas de par en par sus puertas la temperatura media de la ciudad bajaría varios grados, llegando a convertirse, tal vez, en un trozo de Siberia en Indochina.

El bullicioso barrio chino. Fregando platos a pie de calle.
El barrio chino de Bangkok se articula alrededor de las calles Yaowarat y Charoen Krung, allí las tiendas, restaurantes y especialmente los puestos de comida activan de forma constante el entramado urbano. Para el visitante neófito en productos locales impactan de sopetón las frutas tropicales desconocidas en otras latitudes terrestres, me refiero a productos como el rambután o el durián, este último tan alabado por su sabor como demonizado por su olor "capaz de provocar mareos y náuseas a muchas personas". En muchos locales públicos, incluyendo hoteles, se penaliza su posesión con cuantiosas multas anunciadas convenientemente en las puertas de los establecimientos. Y debe ser horrible vivir un rato junto a un durián libre del envoltorio de plástico con el que te venden sus porciones, porque los anuncios en los aeropuertos sobre su tenencia son más patentes que los de cualquier otro producto peligroso.
Pero Chinatown alberga como ilustre vecino al Buda de Wat Traimit, una mole de tres metros y más de cinco toneladas de oro macizo. Se expone enseñando su material original desde hace menos de medio siglo porque antes estaba recubierta para evitar dar alas a las codicias humanas, y más concretamente birmanas ya que las históricas invasiones desde el vecino del norte sitúa a ese territorio como patria de los malos muy malos. Alrededor de tan descomunal pieza se han creado una serie de construcciones para dar al recinto del templo un cariz más orientado a ser un "sacacuartos" que a un espacio de recogimiento. Una oficina de cambio de divisas es un fiel ejemplo de lo que menciono.

El barrio chino queda delimitado en el este por las vías férreas y la estación de Hualamphong, en la que este humilde paseante encontró regocijo gracias a su climatización y un nuevo elemento para la sorpresa al ver cómo los monjes, esas copias de los lamas pero con diversidad de edades y tallajes, se sentaban en los espacios acotados para las personas con movilidad reducida, ocupando bancos de madera frente a los metálicos del resto de la humanidad, no sé si dando a entender que ser monje equivale a tener un problema físico y, por tanto, ser lentos en los caminos divinos.

Uno de los rincones de la Casa  Museo de Jim Thompson
Al otro lado de las vías está la mencionada zona de Siam y sus espacios comerciales, no muy lejos de ella podemos acercarnos a la Casa Museo de Jim Thompson, un americano cercano al servicio de inteligencia americano que encontró en Tailandia el prometedor negocio de la seda, gracias al que vivió muy holgadamente hasta que el misterio, no sabemos si en forma de asesinato o de tigre, le escondió hasta la eternidad. En su casa, que es un puzzle de casas traídas directamente de Ayyuthaya, se puede sentir el modo de vida refinado y sin perder cierto poso tradicional que llevó el avispado señor Thomson.


Encontramos un Bangkok muy alejado del que conoció el amigo Jim, pero no dejan de sorprender sus escenarios y protagonistas. Por eso, un simple relato de algunos de sus rincones no sirve para cumplir las expectativas notariales de este turista que sigue deseando ser viajero.

No hay comentarios:

Publicar un comentario