Pasear
por Bangkok, si eres un recién llegado a la urbe, es una lotería. Cada barrio,
cada calle, cada rincón ofrece una experiencia tan distinta a la de cualquier
otro punto urbano, que escoger un espacio de exploración supone llevar un
número para el hermoso premio de la sorpresa. Incluso lo que pueda parecer más
corriente tiene visos de ofrecer una pedrea de fotografías repletas de
sugerencias sensoriales.
Bangkok
es un laberinto de comercios chinos, una maraña de puestos y mercados que
marcan un ritmo perpetuo para quienes por allí transitan, una batalla de
templos por ofrecer la mejor estampa, una concatenación de imponentes centros
comerciales, un BTS (tren urbano en altura) interminable, un río tranquilo que
no se contagia del resto de la ciudad.
Los
dorados del Wat Phra Kaew y del Gran Palacio son la estampa turística, pero son
espacios que ponen frente a frente su estética barroca con lo artificial del un
"turistódromo" en el que los dichosos palos de selfie se convierten
en perversas espadas láser del eje del mal.
El
Wat Pho es mitad templo, mitad escuela; aulas y niños se complementan con el
habitante más ilustre del lugar: el espectacular Buda reclinado al que, cuando
por allí pasamos, le estaban haciendo una restauradora pedicura. Pero la mayor
tentación es, sin duda, proponerse un masaje tailandés en donde esta
tradicional práctica se mantuvo para no desaparecer gracias a la intervención
real de Rama III.
| A través de la ventana, los 46 metros de Buda reclinado del Wat Pho. |
Al
otro lado del río Mae Nam Chao Phraya está el Wat Arun con su torre jemer de
más de ochenta metros decorada con filigranas, porcelanas y relieves dignos de
cátedra artesanal.
Si
el triángulo de templos ya mencionados suponen el espacio artístico-patrimonial
de Bangkok, Siam y su estación del BTS concentran los puntos neurálgicos
comerciales en forma de modernos centros donde el lujo y el culto al consumismo
sustituyen a la curiosidad y religiosidad de turistas y creyentes que
impregnaron nuestras primeras paradas. El MBK Center, el Siam Center, el Siam
Discovery, el Paragon o el estratosférico CentralWorld se concatenan haciendo
un todo de franquicias en las que puedes hacer el día comiendo y gastando con
la ventaja de abandonar el calor y humedad de las calles por el frío del aire
acondicionado.
| Dos limpiacristales parecen competir en las paredes de uno de los impolutos centros comerciales de Bangkok. |
Por cierto, se rumorea que si estos grandes almacenes, y otras
tiendas y supermercados mantuvieran abiertas de par en par sus puertas la
temperatura media de la ciudad bajaría varios grados, llegando a convertirse,
tal vez, en un trozo de Siberia en Indochina.
| El bullicioso barrio chino. Fregando platos a pie de calle. |
El
barrio chino de Bangkok se articula alrededor de las calles Yaowarat y Charoen
Krung, allí las tiendas, restaurantes y especialmente los puestos de comida
activan de forma constante el entramado urbano. Para el visitante neófito en
productos locales impactan de sopetón las frutas tropicales desconocidas en
otras latitudes terrestres, me refiero a productos como el rambután o el
durián, este último tan alabado por su sabor como demonizado por su olor
"capaz de provocar mareos y náuseas a muchas personas". En muchos
locales públicos, incluyendo hoteles, se penaliza su posesión con cuantiosas
multas anunciadas convenientemente en las puertas de los establecimientos. Y
debe ser horrible vivir un rato junto a un durián libre del envoltorio de
plástico con el que te venden sus porciones, porque los anuncios en los
aeropuertos sobre su tenencia son más patentes que los de cualquier otro
producto peligroso.
Pero
Chinatown alberga como ilustre vecino al Buda de Wat Traimit, una mole de tres
metros y más de cinco toneladas de oro macizo. Se expone enseñando su material
original desde hace menos de medio siglo porque antes estaba recubierta para
evitar dar alas a las codicias humanas, y más concretamente birmanas ya que las
históricas invasiones desde el vecino del norte sitúa a ese territorio como
patria de los malos muy malos. Alrededor de tan descomunal pieza se han creado
una serie de construcciones para dar al recinto del templo un cariz más
orientado a ser un "sacacuartos" que a un espacio de recogimiento.
Una oficina de cambio de divisas es un fiel ejemplo de lo que menciono.
El
barrio chino queda delimitado en el este por las vías férreas y la estación de
Hualamphong, en la que este humilde paseante encontró regocijo gracias a su
climatización y un nuevo elemento para la sorpresa al ver cómo los monjes, esas
copias de los lamas pero con diversidad de edades y tallajes, se sentaban en
los espacios acotados para las personas con movilidad reducida, ocupando bancos
de madera frente a los metálicos del resto de la humanidad, no sé si dando a
entender que ser monje equivale a tener un problema físico y, por tanto, ser
lentos en los caminos divinos.
| Uno de los rincones de la Casa Museo de Jim Thompson |
Al
otro lado de las vías está la mencionada zona de Siam y sus espacios comerciales,
no muy lejos de ella podemos acercarnos a la Casa Museo de Jim Thompson, un
americano cercano al servicio de inteligencia americano que encontró en
Tailandia el prometedor negocio de la seda, gracias al que vivió muy
holgadamente hasta que el misterio, no sabemos si en forma de asesinato o de
tigre, le escondió hasta la eternidad. En su casa, que es un puzzle de casas
traídas directamente de Ayyuthaya, se puede sentir el modo de vida refinado y
sin perder cierto poso tradicional que llevó el avispado señor Thomson.
Encontramos
un Bangkok muy alejado del que conoció el amigo Jim, pero no dejan de
sorprender sus escenarios y protagonistas. Por eso, un simple relato de algunos
de sus rincones no sirve para cumplir las expectativas notariales de este
turista que sigue deseando ser viajero.
No hay comentarios:
Publicar un comentario