lunes, 4 de septiembre de 2017

Kandy: un diente y mucho té.

Vistas desde el Museo del Té en Kandy.
Kandy no es el nombre de una niña, no tiene nada que ver con esos famosos dibujos animados que marcaron a parte de mis compañeras de generación. La Kandy de la que os hablo no tiene pelo rubio con tirabuzones, sin embargo posee un diente archifamoso que es una de las principales reliquias del budismo.
Kandy es una ciudad que se encuentra en el interior de Sri Lanka, muchos la definen como la capital cultural del país y uno de los lugares más importantes para los seguidores de Siddharta Gautama. Todo ello porque tiene un enorme espacio religioso en el que se encuentran varios templos, entre ellos en el que parece que se guarda el famoso incisivo. Eso dicen, porque verse lo que es verse nada de nada, incluso si realmente está el pobre andará mareado de tantas vueltas que ha dado: que si lo encontraron en la pira funeraria, que si lo llevaron para acá, que si lo quitaron, que si lo volvieron a traer, que si los portugueses en su afán por imponer el catolicismo lo quisieron machacar, que si se evitó, que si ahora está en un cofre en el templo o que si no es verdad porque lo que hay es uno falso y el verdadero lo tienen a buen recaudo para evitar sustracciones, aunque tratándose de un diente, habría que decir mejor extracciones. Vamos, que si unos tienen la sangre de San Pantaleón o el brazo incorrupto de Santa Teresa, dando valor religioso al hematólogo y al traumatólogo, aquí le dan a la odontología sagrada.
Exterior del santuario principal del Dalada Maligawa.

Uno de los espacios del templo del diente de Buda.
El Dalada Maligawa, que así se llama el complejo, está repleto de gente que lleva ofrendas florales para honrar al piño de Buda. En las horas punta se camina apretujado, emulando los peores transbordos en los peores momentos del metro de Madrid. No solo se trata del diente, también hay espacios dedicados a Natha, Visnú o Pathini, e incluso a un elefante sagrado que murió hace unos años y que tienen embalsamado. Espacios abiertos se mezclan con los cerrados, en los primeros hay que tener cuidado con los monos que no entienden aquello del "no robarás" ni estando en un templo de tanta alcurnia dental, por tanto hay que estar ojo avizor a sus movimientos y a no dejar las flores aparcadas porque los pequeños simios te las levantan como el famoso vaquilla hacía con el 14-30. Dicho esto, no puedo decir que el espacio me encandilara (enKandylar, siendo original en los juegos de palabras) por su belleza, pero sí por el valor sociológico de la visita, por estar observando un momento de religiosidad tan intenso como equiparable a los besos a un trozo de mármol en la Basílica del Pilar o al toquecito que desgasta el pie de San Pedro en el Vaticano. Tampoco puedo decir que no haya rincones sorprendentes: tejados y columnas de madera que contrastan con otros espacios más anodinos, la cubierta dorada del santuario donde está el diente o algunas de las piezas de madera y orfebrería que forman parte del museo principal.
Esquema con las distintas variedades de té.
A unos tres kilómetros de Kandy, tras hacer una importante subida, llegamos al Museo del Té que, como suponéis, es el principal producto que exporta la antigua Ceilán, y lo hace desde hace más de un siglo y medio cuando los ingleses reconvirtieron el lugar en la mayor plantación del mundo, aprovechando las alturas del interior de la isla y el valor emprendedor, que diríamos hoy, de James Taylor y Thomas Lipton (el segundo os suena fijo... pues ese, el de las bolsitas de té). La antigua fábrica del primero se ha convertido en un ameno espacio en el que se suceden los distintos útiles que sirven para analizar el proceso que va desde la recolección de la planta hasta el consumidor de tan famosa infusión. Zonas de secado, máquinas para cribar, armarios para guardar las distintas variedades,... todo ello explicado en un correcto inglés. El recorrido culmina en la planta superior con unas extraordinarias vistas y con un presente muy predecible: una tetera repleta de té local que nos deja listos para la siguiente aventura.

Paseando por Galle

Murallas, océano, cielo,...
Galle juega a ser una perla con forma de istmo amurallado. Ya en el siglo VI era un importante puerto, después portugueses (siglo XVI) y holandeses (siglos XVII y XVIII) la transformaron en una fortaleza casi inexpugnable con una doble muralla que envuelve a un conjunto urbano catalogado como Patrimonio Mundial. Los ingleses acabaron quedándose con el enclave y con toda la isla, desde 1802 hasta 1948 formó parte del imperio de la Pérfida Albión.
En la parte norte del cogollo histórico se extiende la ciudad nueva, un espacio que nada tiene que ver con la península fortificada, un estadio de críquet se convierte en frontera entre las dos zonas, podríamos decir que en este caso el norte vive del sur, porque el turismo se ha convertido en la ocupación principal de la ciudad. Desde hace varias décadas, Galle era parada de muchos hippies que hacían de su vida un viaje constante, hoy el dinero extranjero hace de la ciudad un catálogo de casas extraordinarias, verdaderos ejemplos de portada de revista de decoración, en las que se combina la estética de la tradición con muebles de maderas nobles, espacios diáfanos y con altísimos techos que se presentan al paseante con las ventanas abiertas, tal vez con la intención de estallar el termómetro de la envidia. El espectáculo en la noche de Galle consiste en pasear por sus calles poco iluminadas y parar junto a las viviendas que se abren a los ojos, solo a los ojos, del viandante. Ese Galle que está muy lejos del Galle del norte, e infinitamente alejado de la mayoría del país, es un espacio absolutamente artificial y en el que por el día te indica dónde estás solo con entrar a sus tiendas de artesanía o de ropa y mirar los precios del género expuesto. Galle es una burbuja que tiene una hermosa capa envolvente en forma de muralla construida inicialmente por los lusos y después por los holandeses, la fortaleza está en un estado impecable y tiene unos tres kilómetros de longitud que se recorren a pie disfrutando de la tranquilidad y del Índico que se hace infinito cada vez que alzas la vista. El paseo está salpicado de paradas en los diferentes bastiones, algunos con maravillosos nombres como Sol, Luna, Aurora, Tritón o Neptuno, y en algunos edificios adosados a la muralla como el antiguo hospital o el Museo Marítimo. En el entramado de calles surgen, además de las ya referidas casas, un par de iglesias con sabor holandés y hoteles para gente de bolsillos profundos.
Las rocas frenan al Índico, calma en la playa. Mientras, unos novios se someten a una sesión fotográfica.
Mientras paseábamos sin rumbo nos encontramos con diversas sesiones fotográficas de futuros esposos, algunas aprovechando los cuidados rincones de sus calles, otras la energía de las aguas chocando contra las rocas... y es que por un momento Galle pareció un decorado. Lástima que, a veces, no sea más que eso.