lunes, 28 de marzo de 2016

Skopie y el "pretensionismo macedónico"

A la derecha el Museo Arquelógico, en primer plano el puente de la historia de Macedonia, al fondo el puente de piedra.
"¿Qué he hecho yo para merecer esto?" dirá este antiguo macedonio.
"Ya habréis visto algo de la ciudad, es un poco... Disneyword, hay a quien le gusta..." Más o menos con estas palabras, y en un aceptable inglés, nos recibía Viki en Skopie. Ella se encargaba de explicarnos los detalles del apartamento en el que íbamos a residir unos días y, de paso, nos informaba de qué hacer, qué ver y dónde comer en la capital de Macedonia. Podríamos definir de muchas formas lo que está ocurriendo en el centro urbano, pero "Disneyword" no sería una mala forma de hacerlo, si bien habría que aceptar que es un poco benevolente. No estaría mal decir que es una ciudad de cartón piedra, un "pastiche city"o un engendro arquitectónico. El caso es que quien ha ideado en su mente la transformación de Skopie ha caído en el exceso, lo pretencioso y la pretensión, por eso mis compañeros de viaje, con estupendo criterio, bautizaron al esperpento como "pretensionismo macedónico".
Al fondo la Macedonia Gate (Arco del Trinunfo en el XXI)
Póngame usted un poco de París y construyeron un arco del triunfo al que llaman "Macedonia Gate" exactamente igual al de la parisina plaza Charles de Gaulle, póngame usted un poco de Atenas y construyeron grandes edificios con columnas clásicas, ¿podría ser un poquito de Roma? ¿y de Viena? y pusieron edificios y puentes que nos recuerdan a algunos de los rincones de estas capitales, ¿de Londres tenemos algo? por supuesto: los autobuses de dos pisos. Todo un decorado, todo de pega. La ciudad se tunea y se revisten fachadas para que parezcan más ostentosos los edificios, o se construyen usando materiales que simulan el mármol o el granito.

Autobuses "made in China" pero muy londinenses.
Piso a piso...
Pero ahí no queda la cosa. En cada rincón te encuentras con una estatua, o dos o tres. Esto es tan evidente y exagerado que se acaba convirtiendo en un esperpento. Es como si ser escultor en Sklopie fuera la profesión deseada por aquellos que buscan labrarse un cómodo futuro. Estatuas las hay de todo tipo, destacando las ecuestres (empezando por la de Alejandro Magno, ya mencionada en el anterior artículo), las alegóricas, las conmemorativas, las de personajes famosos, las de seres anónimos, las colectivas, las de animales (como una réplica mansa del famoso toro de Wall Street). Los puentes no se libran de la pandemia, solo resiste el medieval Puente de Piedra, el más antiguo de los que cruzan el río Vardar y que une la plaza de Macedonia con el barrio turco, pero los nuevos tienen a ambos lados y cada pocos metros una escultura y hacen una imitación estrafalaria de estructuras como la de Sant`Angelo, cambiando a los famosos ángeles de Bernini por personajes de la cultura, la historia o las artes locales. El derroche escultórico me provocó una mezcla de incredulidad e hilaridad a partes iguales. En las imágenes inferiores dejo algún ejemplo de esta prolijidad.

Esta operación de cirugía estética parece obedecer a la necesidad de poner "guapa" a la ciudad para acoger al turismo, tanto local como exterior, intentando que sea una de las fuentes importantes de ingresos, al mismo tiempo sirve para poner en valor una historia que muchos griegos pensarían que les quieren robar. Paralelamente la construcción se convierte en otro potencial económico puesto que Skopie está lleno de grúas, que igual te hacen una enorme columna dórica, como te instalan un trozo de puente o te fabrican un barco "de obra" para albergar una gran discoteca. Por las carreteras del país se observan decenas y decenas de canteras, es decir, a la mano de obra se suma la materia prima, y a estas la puesta en marcha de proyectos constructivos.

Este Skopie del que he hablado, y criticado con severidad, no deja de ser curioso y hasta visitable. Al menos tiene que quedar constancia de que esta forma de "hacer ciudad" existe por muy extraña que nos parezca.
Mercado. Verduras, frutas, hortalizas... ¡ciudad viva!
Pero hay otro Skopie, al menos otro que yo he visto, que es el que se encuentra en el barrio turco, y es una ciudad mucho más auténtica, con calles enlosadas y sin coches, con centenares de tiendas destinadas a ropa femenina en las que trajes de boda y para la boda se asoman sin pudor en los escaparates, con locales de marcha nocturna que se mezclan con otros tradicionales en el que los hombres, y solo hombres, se toman el té o el café mientras juegan. En algunos rincones surgen puestos callejeros en los que te ofrecen "antigüedades" de todo tipo vigiladas por la mirada atenta de algún cuadro de Tito. Las mezquitas emergen en este paisaje urbano que es un gran bazar y que se acaba uniendo al gran mercado, dicen que en la zona solo es superado en extensión por el de Estambul. Y esa parte se convierte en un gran mercadillo de barrio con frutas, calcetines, juguetes o tintes para el pelo, en el que los tenderos te preguntan de dónde eres si no les suena tu cara, pero no te atosigan salvo con alguna mención a los equipos de fútbol que tanta fama dan a España (a falta de muchos premios Nobel) y te cobran lo mismo que a los demás. No hay malas intenciones ni picardía, lo notas y decides que Skopie, a pesar del "pretensionismo", también merece la pena. 
Dórico de cartón piedra.



Una moza hablando por el móvil, un toro "a lo Wall Street" pero en manso
Homenaje a las víctimas del holocausto.
La catedral "estilo OVNI otomano". Fue construida tras el terremoto de 1963.
La mezquita mayor de Skopie.

sábado, 26 de marzo de 2016

Haciendo Macedonia

La plaza de Macedonia en Skopie, a la izquierda la estatua ecuestre de Alejandro Magno.
Una descomunal estatua de Alejandro Magno preside la plaza de Macedonia en Skopie, la capital del país. La obra, inaugurada hace poco más de cuatro años coincidiendo con el vigésimo aniversario de la independencia, mide 22 metros y pesa casi 50 toneladas, su precio rondó los 10 millones de euros. Magníficas cifras para un monumento que todos sabemos a quién representa y que, sin embargo, debe recibir el genérico nombre de "guerrero a caballo". Y todo por el principal problema de Macedonia que es, ni más ni menos, su nombre.
Oír hablar de Macedonia nos hace recordar las gestas militares de Alejandro Magno o la etapa helenística de la expansión griega que llevaron la cultura de la Hélade hasta el mismo río Indo, mezclándose con las tradiciones y costumbres de otros territorios. Pero aquel histórico Reino de Macedonia, considerado por las otras polis como un lugar de griegos de segunda fila, no se corresponde casi en nada con el actual país que lleva el nombre. La mayoría del terriotrio está en otra Macedonia, la que se encuentra al noreste de la actual Grecia y que tiene capital en Tesalónica, y los diversos gobiernos de Atenas no han aceptado nunca que la denominación sea usada por otro país. Por eso, lo que para la mayoría del personal es República de Macedonia, en las reuniones y actos internacionales se llama FYROM (en inglés, Antigua República Yugoslava de Macedonia). 
Los 10 millones de euros que costó la estatua no tienen una finalidad ornamental, es simple y llanamente una inversión de autoafirmación nacional  ya que se busca, de todas las formas posibles, enlaces a la historia que conecten con los sentimientos y la justificación para sentirse de un país. La misma intención tiene llamar al aeropuerto principal "Alejandro Magno" o la de construir un pretencioso Museo Arqueológico. 
Como diría aquel la idea es crear "macedonios, muy macedonios y mucho macedonios" que asuman ser de un país que tiene como objetivos ser aceptado en las más importantes organizaciones internacionales (especialmente la OTAN y la UE) y bandear con éxito los problemas de convivencia y representatividad que genera un estado multiétnico con una minoría albanesa de más del 25% de la población.
Actual bandera de Macedonia. La anterior tuvo que cambiarse porque hería la sensibilidad griega.
Lo que hoy es la República de Macedonia ha estado siempre englobado en otros territorios: imperios romano, bizantino o turco, y Yugoslavia, un país que ha dejado en herencia muchos conflictos y siete países (si contamos a Kosovo). Cuenta con una población de poco más de 2 millones de habitantes y una extensión de unos 25.000 kilómetros cuadrados, más o menos la extensión de la Comunidad Valenciana y la población de Castilla-La Mancha. No tiene salida al mar y se sitúa como un tapón en medio de vecinas incómodas, además de la ya citada Grecia, tiene fronteras con Albania y Kosovo (cuyas influencias políticas e ideológicas en los albaneses macedonios han sido y son muy importantes), Serbia (a quién perteneció desde 1912 hasta el final de la II Guerra Mundial) y Bulgaria (quien controló el territorio durante buena parte de la Edad Media y que influyó en cuestiones culturales de Macedonia como el propio idioma). Fronteras todas cerradas para los refugiados y, por eso, se justifican los macedonios "nosotros no abrimos las fronteras porque los demás tampoco las abren, nosotros somos un país pequeño y con poca gente" nos decían en Ohrid, al sur del país.
Uno trabaja y cinco miran. La construcción tira de una economía con el 30% de paro
La tasa de desempleo en el año 2005 rondaba el 37%, aunque ahora la cifra se sitúa alrededor del 30%, da la sensación que la crisis no ha provocado efectos negativos en el país, de hecho la construcción (hablaré de ella cuando escriba de la capital) y el turismo parecen tirar de una economía que intenta desarrollarse en un complicado panorama internacional. Uno de los taxistas con los que pudimos hablar nos decía que "cuando a un hermano le van bien las cosas, los demás tienen envidia. Grecia tiene miedo a que Macedonia entre en la UE y se desarrolle económicamente porque la Macedonia griega podría querer venirse con nosotros". 
Cuando se habla de los Balcanes suele surgir la frase de Churchill en la que hablaba de la capacidad de producir historia por parte de la región y que luego, ésta, era incapaz de digerir. Tal vez en Macedonia, la Macedonia actual, suceda lo contrario y estén deseosos de producir historia para poder digerirla. Intentaré ir contando poco a poco algunas de las cosas que he vivido en un pequeño pero intenso viaje por las tierras de un Alejandro Magno de 22 metros de altura.