| Una de las tiendas de Bamrung Muang. |
Bamrung Muang Road está al este del Gran
Palacio, se puede transitar a pie si quieres acercarte a la plaza en la que se
encuentra el Sao Ching-Cha, un arco insípido otrora lugar de ritos religiosos,
o subir al artificial Monte Dorado y encontrar una maravillosa vista de la
ciudad junto a su vigilante estupa. Pero la calle no es un enlace, en realidad
ella y sus alrededores son un escaparate continuo de figuras doradas de Buda y
de otros aparejos que sirven para dar forma a los templos. En la acera las imágenes
quietas te atropellan y te piden que guardes en la retina los dorados y sus
formas curvas, algunas están plastificadas como si hubieran sido recientemente
recibidas de la fábrica de budas, que será una factoría como dios manda, o
puede que estén preparadas para hacer el viaje a su definitiva morada,
cualquier rincón en el que ese objeto se convertirá en el guía a seguir por el
camino vital de cada uno. Mientras tanto no deja de ser uno más, un ser único
convertido en una fotocopia de los demás a tamaño ampliado o reducido, con
iguales dimensiones o con un tono diferente en el color. No te puedes reprimir
de sacar la cámara para atestiguar la escena decorativa, a veces rota por los
operarios de las tiendas y almacenes, aunque te sientas observado por inertes
moles a la espera del preferencial acomodo. Pero ¿se venderán todos? y
recuerdas la ley de la oferta y la demanda. Sin duda, Bamrung Muang Road es la
última parada del camino a la perfección.
Erawan es el nombre del elefante que
transportaba a Indra, también era el nombre de un hotel que se construía a
mediados de los años cincuenta. Los tailandeses son bastante escrupulosos con
las fechas de inicio de una obra, por eso muchas veces consultan a los
astrólogos y expertos en los complejos asuntos que no controlan los humanos
antes de iniciar la construcción. Esto lo podemos extrapolar al comienzo de un
negocio o a cualquier otra actividad diferente para la que se necesite suerte.
El caso es que no debieron de hacerlo los promotores del hotel y los días pasaban
y las obras nada más que traían desgracias: obreros muertos, materiales
destruidos, vamos... una ruina. Por tanto, tuvieron que llamar al astrólogo de
turno que propuso construir una estatua de Brahma para ahuyentar los males. Y
parece ser que tuvo éxito porque el hotel se acabó sin incidencias, y el
santuario se convirtió en un punto de gran afluencia de gente deseosa de
retener parte de la suerte que el Erawan recibió a borbotones. Hoy te puedes
alojar en un hotel más moderno que sustituyó al original, pero la tradición
manda y esa esquinita junto al CentralWorld es una visita obligada, no para
contemplar belleza pero sí para pasar un rato viendo al personal quemar
bastones de incienso, adornar la escena con cadenetas de flores naranja,
ofrendar frutas (especialmente cocos), soltar la gallina,... en definitiva,
participar de lo que para unos es espiritualidad y para otros un teatrillo. Eso
sí, las vías del BTS entrelazándose en el cielo dejan una de esas estampas de
mezcla entre la tradición y la modernidad, ingrediente imposible de abandonar
en Tailandia.
El Parque Lumphini es como El Retiro de
Bangkok. Sería necesario permanecer un día entero paseando por él para poder
observar la metamorfosis del lugar. Por la mañana el taichí sirve como excusa a
cientos de personas para acudir al parque y realizar los ejercicios de
concentración y elasticidad de esta modalidad de gimnasia, más adelante el
calor se adueña del espacio, la gente busca cobijo en las sombras y repasan con
sus ojos las siluetas de los edificios colindantes que se reflejan en las aguas
del lago central. Dicen que diversas especies de varanos habitan allí, sin
embargo confieso que no vi ninguno y eso que anduve vigilante. Cuando llega la
tarde los runners, esa especie de deportista amateur que ha globalizado aquello
del "salir a correr al parque" de toda la vida, disputan una carrera
consigo mismos por los caminos asfaltados que rodean al Lumphini, también los
hay que acuden a hacer aerobic al ritmo de música discotequera siguiendo las
palabras animosas del monitor que marca el ritmo con sus movimientos. Al caer
el sol suena el himno nacional y la gente se para en seco para respetar la
música patriótica por excelencia.Luego la actividad sigue, y afirman guías y
entendidos que la noche lejos de ser momento de recogimiento se convierte en
cómplice de quienes pagan y cobran por saltarse el sexto mandamiento.
La State Tower se en encuentra en la
confluencia de Silom Rd. y Charoen Krung Rd. Tiene 247 metros de altura y está
rematada con una cúpula dorada. Es junto a ella donde se desarrolla la
actividad más conocida del edificio: hacer fotos a una de las vistas más
impresionantes de la urbe. En realidad las capturas panorámicas se realizan en
un restaurante y bar de copas de estilo fino y estirado, pero el turisteo
básicamente va a por la foto. Una legión de camareros junto a unas elegantes
señoritas te controlan en todo momento los movimientos para evitar que molestes
a los que sí van a cenar a la azotea. Desconozco si será muy cómodo comer
teniendo a escasos metros a una muchedumbre intentando hacerse selfies o
buscando el encuadre perfecto de la noche. Obviamente peor será tener a los
susodichos individuos en la sopa, pero tranquilo lo que se dice tranquilo no
es. En el rincón de los fotógrafos (aunque cualquier rincón es bueno si escapas
a la vigilancia) se encuentra una barra donde sirven cócteles y en la que
muchos deciden darse un lujo tomándose un pelotazo al mayor precio de la
ciudad. No me pareció necesario, tanto por caro (una consumición equivale a
cenar dos personas con mojito incluído y taxi en otros lugares terrestres de
Bangkok) como por incómodo, en este caso los susodichos individuos arriba
mencionados no están en la sopa, pero sí en la copa.
En las guías asustan mucho con la ropa a
llevar en tan insigne lugar, hablan de etiqueta. Todo lo contrario, basta con
vestir un pantalón largo (en mi caso uno estilo jipi perrofláutico) y unas
zapatillas que dieran un poco el pego (negras y limpias). Vamos que ni fui de
traje ni gasté un baht, algunos pensaréis que soy tan perrofláutico como mis
pantalones. Ni confirmo ni desmiento.