lunes, 29 de agosto de 2016

Bangkok, ciudad de ciudades (II)

Una de las tiendas de Bamrung Muang.
Bamrung Muang Road está al este del Gran Palacio, se puede transitar a pie si quieres acercarte a la plaza en la que se encuentra el Sao Ching-Cha, un arco insípido otrora lugar de ritos religiosos, o subir al artificial Monte Dorado y encontrar una maravillosa vista de la ciudad junto a su vigilante estupa. Pero la calle no es un enlace, en realidad ella y sus alrededores son un escaparate continuo de figuras doradas de Buda y de otros aparejos que sirven para dar forma a los templos. En la acera las imágenes quietas te atropellan y te piden que guardes en la retina los dorados y sus formas curvas, algunas están plastificadas como si hubieran sido recientemente recibidas de la fábrica de budas, que será una factoría como dios manda, o puede que estén preparadas para hacer el viaje a su definitiva morada, cualquier rincón en el que ese objeto se convertirá en el guía a seguir por el camino vital de cada uno. Mientras tanto no deja de ser uno más, un ser único convertido en una fotocopia de los demás a tamaño ampliado o reducido, con iguales dimensiones o con un tono diferente en el color. No te puedes reprimir de sacar la cámara para atestiguar la escena decorativa, a veces rota por los operarios de las tiendas y almacenes, aunque te sientas observado por inertes moles a la espera del preferencial acomodo. Pero ¿se venderán todos? y recuerdas la ley de la oferta y la demanda. Sin duda, Bamrung Muang Road es la última parada del camino a la perfección.
 
En Erawan Shrine. Ofrendas bajo el BTS.
Erawan es el nombre del elefante que transportaba a Indra, también era el nombre de un hotel que se construía a mediados de los años cincuenta. Los tailandeses son bastante escrupulosos con las fechas de inicio de una obra, por eso muchas veces consultan a los astrólogos y expertos en los complejos asuntos que no controlan los humanos antes de iniciar la construcción. Esto lo podemos extrapolar al comienzo de un negocio o a cualquier otra actividad diferente para la que se necesite suerte. El caso es que no debieron de hacerlo los promotores del hotel y los días pasaban y las obras nada más que traían desgracias: obreros muertos, materiales destruidos, vamos... una ruina. Por tanto, tuvieron que llamar al astrólogo de turno que propuso construir una estatua de Brahma para ahuyentar los males. Y parece ser que tuvo éxito porque el hotel se acabó sin incidencias, y el santuario se convirtió en un punto de gran afluencia de gente deseosa de retener parte de la suerte que el Erawan recibió a borbotones. Hoy te puedes alojar en un hotel más moderno que sustituyó al original, pero la tradición manda y esa esquinita junto al CentralWorld es una visita obligada, no para contemplar belleza pero sí para pasar un rato viendo al personal quemar bastones de incienso, adornar la escena con cadenetas de flores naranja, ofrendar frutas (especialmente cocos), soltar la gallina,... en definitiva, participar de lo que para unos es espiritualidad y para otros un teatrillo. Eso sí, las vías del BTS entrelazándose en el cielo dejan una de esas estampas de mezcla entre la tradición y la modernidad, ingrediente imposible de abandonar en Tailandia. 
 
Haciendo taichí en el Parque Lumphini.
El Parque Lumphini es como El Retiro de Bangkok. Sería necesario permanecer un día entero paseando por él para poder observar la metamorfosis del lugar. Por la mañana el taichí sirve como excusa a cientos de personas para acudir al parque y realizar los ejercicios de concentración y elasticidad de esta modalidad de gimnasia, más adelante el calor se adueña del espacio, la gente busca cobijo en las sombras y repasan con sus ojos las siluetas de los edificios colindantes que se reflejan en las aguas del lago central. Dicen que diversas especies de varanos habitan allí, sin embargo confieso que no vi ninguno y eso que anduve vigilante. Cuando llega la tarde los runners, esa especie de deportista amateur que ha globalizado aquello del "salir a correr al parque" de toda la vida, disputan una carrera consigo mismos por los caminos asfaltados que rodean al Lumphini, también los hay que acuden a hacer aerobic al ritmo de música discotequera siguiendo las palabras animosas del monitor que marca el ritmo con sus movimientos. Al caer el sol suena el himno nacional y la gente se para en seco para respetar la música patriótica por excelencia.Luego la actividad sigue, y afirman guías y entendidos que la noche lejos de ser momento de recogimiento se convierte en cómplice de quienes pagan y cobran por saltarse el sexto mandamiento.
 
La cúpula de la State Tower.
La State Tower se en encuentra en la confluencia de Silom Rd. y Charoen Krung Rd. Tiene 247 metros de altura y está rematada con una cúpula dorada. Es junto a ella donde se desarrolla la actividad más conocida del edificio: hacer fotos a una de las vistas más impresionantes de la urbe. En realidad las capturas panorámicas se realizan en un restaurante y bar de copas de estilo fino y estirado, pero el turisteo básicamente va a por la foto. Una legión de camareros junto a unas elegantes señoritas te controlan en todo momento los movimientos para evitar que molestes a los que sí van a cenar a la azotea. Desconozco si será muy cómodo comer teniendo a escasos metros a una muchedumbre intentando hacerse selfies o buscando el encuadre perfecto de la noche. Obviamente peor será tener a los susodichos individuos en la sopa, pero tranquilo lo que se dice tranquilo no es. En el rincón de los fotógrafos (aunque cualquier rincón es bueno si escapas a la vigilancia) se encuentra una barra donde sirven cócteles y en la que muchos deciden darse un lujo tomándose un pelotazo al mayor precio de la ciudad. No me pareció necesario, tanto por caro (una consumición equivale a cenar dos personas con mojito incluído y taxi en otros lugares terrestres de Bangkok) como por incómodo, en este caso los susodichos individuos arriba mencionados no están en la sopa, pero sí en la copa.

En las guías asustan mucho con la ropa a llevar en tan insigne lugar, hablan de etiqueta. Todo lo contrario, basta con vestir un pantalón largo (en mi caso uno estilo jipi perrofláutico) y unas zapatillas que dieran un poco el pego (negras y limpias). Vamos que ni fui de traje ni gasté un baht, algunos pensaréis que soy tan perrofláutico como mis pantalones. Ni confirmo ni desmiento.

sábado, 27 de agosto de 2016

Bangkok, ciudad de ciudades (I)

Pasear por Bangkok, si eres un recién llegado a la urbe, es una lotería. Cada barrio, cada calle, cada rincón ofrece una experiencia tan distinta a la de cualquier otro punto urbano, que escoger un espacio de exploración supone llevar un número para el hermoso premio de la sorpresa. Incluso lo que pueda parecer más corriente tiene visos de ofrecer una pedrea de fotografías repletas de sugerencias sensoriales.
Bangkok es un laberinto de comercios chinos, una maraña de puestos y mercados que marcan un ritmo perpetuo para quienes por allí transitan, una batalla de templos por ofrecer la mejor estampa, una concatenación de imponentes centros comerciales, un BTS (tren urbano en altura) interminable, un río tranquilo que no se contagia del resto de la ciudad.

Los dorados del Wat Phra Kaew y del Gran Palacio son la estampa turística, pero son espacios que ponen frente a frente su estética barroca con lo artificial del un "turistódromo" en el que los dichosos palos de selfie se convierten en perversas espadas láser del eje del mal.
El Wat Pho es mitad templo, mitad escuela; aulas y niños se complementan con el habitante más ilustre del lugar: el espectacular Buda reclinado al que, cuando por allí pasamos, le estaban haciendo una restauradora pedicura. Pero la mayor tentación es, sin duda, proponerse un masaje tailandés en donde esta tradicional práctica se mantuvo para no desaparecer gracias a la intervención real de Rama III.
A través de la ventana, los 46 metros de Buda reclinado del Wat Pho.

Al otro lado del río Mae Nam Chao Phraya está el Wat Arun con su torre jemer de más de ochenta metros decorada con filigranas, porcelanas y relieves dignos de cátedra artesanal.


Si el triángulo de templos ya mencionados suponen el espacio artístico-patrimonial de Bangkok, Siam y su estación del BTS concentran los puntos neurálgicos comerciales en forma de modernos centros donde el lujo y el culto al consumismo sustituyen a la curiosidad y religiosidad de turistas y creyentes que impregnaron nuestras primeras paradas. El MBK Center, el Siam Center, el Siam Discovery, el Paragon o el estratosférico CentralWorld se concatenan haciendo un todo de franquicias en las que puedes hacer el día comiendo y gastando con la ventaja de abandonar el calor y humedad de las calles por el frío del aire acondicionado. 
Dos limpiacristales parecen competir en las paredes de uno
de los impolutos centros comerciales de Bangkok.

Por cierto, se rumorea que si estos grandes almacenes, y otras tiendas y supermercados mantuvieran abiertas de par en par sus puertas la temperatura media de la ciudad bajaría varios grados, llegando a convertirse, tal vez, en un trozo de Siberia en Indochina.

El bullicioso barrio chino. Fregando platos a pie de calle.
El barrio chino de Bangkok se articula alrededor de las calles Yaowarat y Charoen Krung, allí las tiendas, restaurantes y especialmente los puestos de comida activan de forma constante el entramado urbano. Para el visitante neófito en productos locales impactan de sopetón las frutas tropicales desconocidas en otras latitudes terrestres, me refiero a productos como el rambután o el durián, este último tan alabado por su sabor como demonizado por su olor "capaz de provocar mareos y náuseas a muchas personas". En muchos locales públicos, incluyendo hoteles, se penaliza su posesión con cuantiosas multas anunciadas convenientemente en las puertas de los establecimientos. Y debe ser horrible vivir un rato junto a un durián libre del envoltorio de plástico con el que te venden sus porciones, porque los anuncios en los aeropuertos sobre su tenencia son más patentes que los de cualquier otro producto peligroso.
Pero Chinatown alberga como ilustre vecino al Buda de Wat Traimit, una mole de tres metros y más de cinco toneladas de oro macizo. Se expone enseñando su material original desde hace menos de medio siglo porque antes estaba recubierta para evitar dar alas a las codicias humanas, y más concretamente birmanas ya que las históricas invasiones desde el vecino del norte sitúa a ese territorio como patria de los malos muy malos. Alrededor de tan descomunal pieza se han creado una serie de construcciones para dar al recinto del templo un cariz más orientado a ser un "sacacuartos" que a un espacio de recogimiento. Una oficina de cambio de divisas es un fiel ejemplo de lo que menciono.

El barrio chino queda delimitado en el este por las vías férreas y la estación de Hualamphong, en la que este humilde paseante encontró regocijo gracias a su climatización y un nuevo elemento para la sorpresa al ver cómo los monjes, esas copias de los lamas pero con diversidad de edades y tallajes, se sentaban en los espacios acotados para las personas con movilidad reducida, ocupando bancos de madera frente a los metálicos del resto de la humanidad, no sé si dando a entender que ser monje equivale a tener un problema físico y, por tanto, ser lentos en los caminos divinos.

Uno de los rincones de la Casa  Museo de Jim Thompson
Al otro lado de las vías está la mencionada zona de Siam y sus espacios comerciales, no muy lejos de ella podemos acercarnos a la Casa Museo de Jim Thompson, un americano cercano al servicio de inteligencia americano que encontró en Tailandia el prometedor negocio de la seda, gracias al que vivió muy holgadamente hasta que el misterio, no sabemos si en forma de asesinato o de tigre, le escondió hasta la eternidad. En su casa, que es un puzzle de casas traídas directamente de Ayyuthaya, se puede sentir el modo de vida refinado y sin perder cierto poso tradicional que llevó el avispado señor Thomson.


Encontramos un Bangkok muy alejado del que conoció el amigo Jim, pero no dejan de sorprender sus escenarios y protagonistas. Por eso, un simple relato de algunos de sus rincones no sirve para cumplir las expectativas notariales de este turista que sigue deseando ser viajero.