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| Mujer vendiendo hortalizas. Jaisalmer. |
Inicio con esta una serie de entradas en las que quiero repasar algunos aspectos de mi reciente viaje a la India, abandono el formato de diario de viaje para relatar de forma temática cuestiones que, a mi parecer, son interesantes y que sirven para acercarse a la realidad de un país que vive entre los contrastes más absolutos.
La India tiene según los últimos datos 1160 millones de habitantes, en siete años se convertirá en el país con mayor población del mundo superando a China, un 48% de ellos son mujeres lo cual ya nos indica algo raro puesto que lo habitual desde el punto de vista demográfico (y más en lugares con grandes cantidades de población) es que haya igualdad entre sexos con una ligera superioridad femenina. En la India ser mujer significa tener los mismos derechos que ser hombre en el papel de las leyes, pero también supone que esas leyes sean, más que en cualquier otro lugar, papel mojado. Se podrán dar muchos datos para reforzar esa idea, pero no es necesario porque un simple paseo por cualquiera de las ciudades o pueblos ya nos da pistas sobre la situación real de las indias. En las tres semanas que he estado recorriendo algunas zonas del país raras han sido las mujeres que me han atendido en establecimientos (hoteles, restaurantes, tiendas...), sin embargo un 95% de ellas trabaja, pero lo hace de forma invisible y para nada reconocida., y sin contar que se hace responsable absoluta, como en tantos y tantos sitios, de la cría de los hijos. Por eso, me chocó de forma evidente una de las pocas que atendió a mi grupo de compañeros de viaje en un restaurante, hablaba inglés con desparpajo y buen acento, superaba con creces los 50 años, conocía intolerancias alimenticias y mimaba con exacerbado cariño a los turistas desconocedores de los recovecos gastronómicos locales. Fue en Jaisalmer, en un restaurante llamado "8 de Julio", jamás se me olvidará porque coincide con mi cumpleaños, y todo tenía su explicación: ella y su esposo habían pasado muchos años viviendo en Australia y allí daba la sensación se había dejado buena parte de las ataduras tradicionales que la gran mayoría de las mujeres de la India mantienen. Por cierto, las pakoras que comí en ese "8 de julio" aún hoy, solo con rememorar su crujiente sabor, me generan un excelso recuerdo gustativo.
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| Rehabilitando un palacio (Orchha) |
Hablaba antes de tradición y es que da la sensación que es ella la que mantiene el modo de convivencia dejando, como decía antes, en papel mojado el marco legislativo. Tal vez asistamos a un proceso de fractura entre esa tradición y una modernidad, sustentada en valores occidentales, que promueve la libertad individual frente al valor de lo colectivo y familiar. El choque de ambas situaciones acaba maltratando a las mujeres. Si la tradición la ha convertido en subsidiaria del esposo y su familia, esclava de la dote (la cantidad que debe pagar la familia de la novia a la del novio tras la boda) haciéndola económicamente poco rentable, la modernidad la ha convertido en objeto sexual (no hay más que ver las películas de Bollywood o los muchísimos caso de tocamientos y violaciones que se producen en las grandes ciudades). Es además difícil de lograr el objetivo de la libertad si no se ofrecen herramientas para alcanzarla, empezando por la educación y la posibilidad de independencia económica: en la India la tasa de alfabetización femenina es del 53,7% lo que supone 22 puntos por debajo que la masculina.
Aún más doloroso es conocer cómo se siguen produciendo abortos selectivos, de hecho se ha prohibido informar del sexo del hijo antes del nacimiento para evitarlos; además el número de suicidios femeninos es espectacular, detrás de muchos de ellos está la presión de la familia del marido por lograr una dote mejor, y eso que el 80% de los matrimonios son concertados entre los padres de uno y otra.
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| Danzando en Udaipur |
En el propio folclore se puede observar el duro trabajo de la mujer para mantener económicamente a la familia, en concreto en la zona más cercana al desierto muchos bailes consisten en mujeres llevando sobre sus cabezas vasijas de barro y girando como los famosos derviches. Esas vasijas no son otra cosa que el recipiente en el que ellas portaban el agua, podríamos decir que siguen portando porque mujeres con cacharros en la cabeza se ven por doquier, especialmente en zonas rurales, tras sacar agua de un pozo o tras llenarlos en la fuente más cercana a su hogar.
No podemos obviar el papel de la religión, en el caso de la India las religiones, ya que se perpetúa con ella la preponderancia masculina. Los templos se llenan de fieles y todos, ellos y ellas, colaboran en las fiestas y ritos, pero es ella la que lleva la escoba, la que moldea las figuritas de barro que son ofrenda. Se calcan patrones y se repiten de forma superlativa, algunos no nos pueden resultar extraños en nuestro mundo "occidental" puesto que han sido los mismos, si es que no lo son, mientras lo profundamente religioso ha comido buena parte del espacio social. La India laica de Nerhu no deja de estar comprometida al máximo con los dioses, dioses plurales, religiones diversas y mujeres con papel secundario.
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| Mujeres y escobas en el Fuerte de Amber (Jaipur) |
Entre tanta inmensidad de injusticia y desigualdad, siempre hay puntos de esperanza y buenas intenciones, me gustaría destacar de forma especial un proyecto que conocí de primera mano en Udaipur, se trata de una cooperativa de mujeres artesanas del sector textil que comenzó a funcionar hace unos años con 15 miembros y hoy tiene 657. Se llama Sadhna y distribuye sus productos en tres tiendas cuyo precio es fijo, por lo tanto no es preciso poner en marcha la excitante para unos, cansada para otros, tarea del regateo. Recomiendo un vistazo a su
página web. También quiero hacer mención a la Fundación Vicente Ferrer, de cuya web he sacado
algunos datos y que ha puesto en marcha
proyectos para ayudar a la independencia económica de mujeres y a recuperarse de los problemas sociales que sufren.
Es evidente que muchas de las cuestiones relacionadas con el funcionamiento de sociedades lejanas no se pueden medir desde los
parámetros occidentales. No tiene sentido alguno usar nuestro modo de vida como regla infalible. Sin embargo, asumiendo esa irregularidad casi permanente en los ojos occidentales, no podemos obviar las grandes diferencias de género que hay en países como la India, cierto es que una parte de la sociedad reacciona con contundencia ante las violaciones y ataques a los derechos humanos que sufren muchas de sus mujeres, pero no deja de ser menos cierto que las desigualdades existen. Posiblemente son más contundentes esas diferencias en lugares donde se ha abandonado buena parte de la tradición (que lo suele dejar todo atado y bien atado, para bien y para mal) como algunas de las grandes ciudades, en ellas la sumisión de la mujer se mezcla con lo peor de los valores occidentales.
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| Mujer sola (Orchha) |
La India es conocida como la mayor democracia del mundo, lo es por su sistema político avalado por la constitución. Durante 15 años de su corta democracia nacida de la independencia en 1947 una mujer, Indira Gandhi, fue primera ministra, millones de hombres y mujeres la dieron su confianza, hoy en día hay ministras, gobernadoras de estados y provincias, incluso la líder del principal partido de la oposición (el que casi siempre gobernó, Partido del Congreso) es una mujer, Sonia Gandhi que es nuera de Indira y que si no fue Primera Ministra es por sus raíces italianas y no por su condición de mujer. El caso es que mujeres han roto barreras que pueden parecer infranqueables, tal vez sean ejemplos que debieran repetirse en lo cotidiano, donde esas barreras son tan visibles como casi imposibles. La India tiene ojos de mujer con la cara cubierta de un colorido sari, dar poder, independencia, educación y futuro a la mujer india es dar poder a todo un país.