| Sanitario tecnológico |
Japón nos esperaba tras más de 16 horas de viaje, incluyendo la conexión desde Helsinki. Silencio, ya nos dijeron que no eran ruidosos y ciertamente no lo son, en los trayectos de metro, tren o autobús solo alguna conversación en nuestro tono normal hispano se hace notar por encima de los susurros de la gran mayoría. Humedad, también nos advirtieron de ese inconveniente y es que, sin hacer hoy un calor excesivo, los sudores a poco que te muevas te hacen sentirte asqueroso. Da igual, nos acostumbraremos.
Tokyo tiene 35 millones de habitantes (incluyo toda su área metropolitana) y da la sensación que circular hacia sus entrañas supone un obligatorio atasco. Cierto, la ciudad se hace interminable casi desde el aeropuerto de Narita. Se hace monótona, con edificios regulares y casi encajados como el juego de tetris. Las furgonetas y camiones se hacen inmediato hueco en el recorrido desde el aeródromo, muestra de la intensa actividad comercial que inunda esta potencia que quiso ser imperio territorial y que hoy lo es a base de tecnología. Digo bien lo de tecnología, porque a ella se huele en muchos rincones de la ciudad con pantallas gigantes o con los dedos pegados a los móviles de última generación.
Llegamos muy cansados a un hotel que no era el nuestro. El dichoso idioma, las dichosas denominacones y la diferencia a la hora de orientarse: los nombres de las calles se encuentran invisibles a los ojos occidentales, al menos en su primer día de estancia. Cuando acertamos tuvimos que esperar un buen rato a que fueran las 14 horas para que nos dieran la llave de la habitación. Descansamos.
Luego hubo paseo por "nuestro" barrio, muy cercano a la estación central de ferrocarriles (a unos 20 minutos a pie) en él se combina los moderno y lo tradicional, los altos edificios con algunas calles que mantienen el trazado de la época Edo. Un espectacular cruce en altura de cuatro carreteras nacionales nos traslada inmediatamente a un mundo futurista y gris donde la contaminación, igual que la humedad, se agarra con las manos.
Los ejecutivos van y vienen. No lo sé. Tal vez salgan de la oficina, tal vez regresen a ella. Puede que vayan a dormir a uno de esos hoteles cápsula que les deja aparcado cerca del trabajo, o se acerquen a la comida rápida local. Les imitamos en la cena: noodels con brotes de soja y ese sabor picante de no sé cuántas especias.
Ahora toca dormir, este día que han sido dos por el cambio horaro necesita de un descanso en condiciones, que nosotros no tenemos interiorizado todavía ese sentimiento de batalla diaria con el espacio y el tiempo que aquí gastan.
Dejo como fotografía anecdótica la taza del váter (¡ay esos váteres!) con esos mandos laterales para atinar con el agua en el lugar justo y en el momento justo, un verdadero ejercicio de precisión, limpieza y tecnología hasta en las situaciones más cotidianas. Sayunara.